Charlie Watts, el discreto metrónomo de los Stones

Nunca aparatoso, jamás protagónico, enemigo del estrépito, el baterista que murió ayer a los 80 años fue el pulso esencial del sonido de los Rolling Stones.
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¿Y qué hicimos de estas rebeldías?
Pues nutrir las viejas agonías
Y engordar las mismas jerarquías
Hasta de tontos anarquistas
Los Rolling Stones nos culparían.

“Los Rolling Stones nos culparían”, Jaime López y Roberto González

 

¿Por quién doblan las campanas? ¿Por quién retumban el bombo y los toms de Charlie Watts? Quizá no por todos los que alguna vez se bambolearon con “Satisfaction”, “Brown Sugar” o “Start Me up”, pero sí por millones en todo el mundo que vinculamos epifanías de nuestras vidas con los pasos de la así apodada “banda más grande de rock and roll en el mundo”.  

Ahora resulta que la muerte del discreto y sereno baterista nos hace caer en cuenta que su pulso, su palpitar, eran una parte esencial, indisoluble, del sonido de The Rolling Stones, tanto como la voz (y los movimientos) de Mick Jagger y la guitarra de Keith Richards. O siempre lo supimos, pero aceptamos los dictados de un circo mediático en el que Jagger y Richards han sido niños terribles, matrimonio bien o mal avenido, jet-setters, rock stars, consumidores de cuanta sustancia legal o ilegal los ponga hasta arriba, cazadores de divas, actrices y modelos, ambiciosos hombres de negocios y mancuerna compositora de rolas memorables a pesar de los pesares.

Porque ni el éxito, ni la fortuna, ni la fama, empañan la poderosa leyenda, bien sustentada, que los Stones forjan, sobre todo, en la segunda mitad de los 60 y la primera de los 70. Pocos que en verdad amen al rock pueden regatearle méritos a álbumes como Let it bleed, Beggars banquet, Sticky fingers y Exile on Main Street (alguno hasta querrá sumar Some girls). El punk desdeñó a los Stones, los hizo trizas y escupió sobre ellas, pero la agrupación que basó toda una carrera en el blues, Chuck Berry y la pura ambición, ya había inscrito su nombre en la historia.

A la luz de su muerte, se hace evidente la excepcionalidad de la figura de Charles Robert Watts, un hombre al que en México siempre vimos tocar en vivo peinando canas. Daba ternura verlo ponerse de pie para agradecer los aplausos con una modestia que conquistó hasta a los más cínicos e incrédulos. Aunque en los años 80 libró batallas contra el alcohol y la heroína, jamás fue protagonista de escándalos o arrestos. Nunca se sintió cómodo en el traje de estrella de rock. Duró 57 años casado con Shirley Ann Sheperd, desde 1964 hasta su muerte, este martes 24 de agosto de 2021.

Watts se formó musicalmente con el jazz, que adoraba, al grado de que armó al menos una big band y un quinteto de manera paralela a los estadios llenos y las escenografías aparatosas de los Stones. Idolatraba a Charlie Parker y prefería por mucho a Igor Stravinsky y Miles Davis que a Elvis Presley (no estaba solo). Su vía de acceso al rock fue a través del blues, que empezó a tocar profesionalmente con Alexis Korner Blues Incorporated, una agrupación seminal que baby boomers, generación X, millennials y Z harían bien en revisitar.

Lo sabíamos muy bien quienes lo vimos en el Foro Sol o tratamos de cazarlo en el Four Seasons capitalino: Charlie fue un animal muy distinto a bestias legendarias e indómitas como Keith Moon, John “Bonzo” Bonham y Ginger Baker. Si bien tenía un estilo más refinado que el de Ringo Starr, se asemejaba más a este que a aquellos por su concisión y economía; nunca aparatoso, jamás protagónico y enemigo del estrépito, fue, sin embargo, el mejor metrónomo que pudieron tener los Stones. Get yer ya-yas out! The Rolling Stones in concert, de 1970, lo exhibe con frenético y jubiloso pulso cardiaco impreso en los tambores. Autodidacta, estudiante de puro oído, Watts jamás aprendió a leer música.

El adolescente que yo era en los prehistóricos años 70 lo recuerda con una melena lacia, raya de lado, desgarbado, sin mayor glamour. Ahí estaba, en la pantalla grande de la sala Cuevas o Godard, atrás de Plaza Satélite, en la película Ladies and gentlemen: The Rolling Stones. Casi había que adivinarlo a él y al bajista original de la banda, Bill Wyman. Jagger y Richards robaban cámara. Hasta Mick Taylor, el requintista que reemplazó a Brian Jones, parecía salir más. Con los años, Watts asumió cabalmente el look que había admirado en los grandes jazzistas. El pelo corto y peinado hacia atrás, los trajes de al menos dos piezas, algunos con raya de gis, el calzado de ante. Un gentleman.

Otra imagen del baterista que se ha fijado en mi memoria es de cuando los Stones revisan el pietaje del fatídico concierto de Altamont en Gimme Shelter, el documental de David y Albert Maysles y Charlotte Zwerin. Visiblemente intoxicado y algo fastidiado por el trágico desenlace del festival, Watts recalca, con su actitud, que el sueño de los años 60 terminó, y no felizmente.

No hay canción emblemática de sus satánicas majestades que uno vuelva a escuchar en estos momentos sin ser capaz de apreciar, en toda su grandeza y claridad, la sólida columna vertebral rítmica de Charlie Watts. Hay que decirlo con jerga jazzística: las rolas de los Stones tienen swing, bailan, se contonean, y eso es responsabilidad fundamental del baterista. Sin vanidades ni estrellismos, el también diseñador gráfico, que llegó a trabajar en una agencia de publicidad antes de emplearse en el rock profesional, le aporta a cada canción lo que necesita, ni más, ni menos. Cada quien tendrá sus recuerdos y redobles favoritos de Charlie Watts. En “Under my thumb” hay un suave palpitar casi a la Motown. El inicio de “Sympathy for the devil” es tribal, mefistofélico, casi a ritmo de oscuro ritual vudú; el galopar frenético de la versión en vivo que se recoge en el ya mencionado Get yer ya-yas out es sintomático de una época de guerras, revueltas, revoluciones y sonados magnicidios; pura adrenalina. El de “Miss You” es un compás que desea ser disco, pero asoma languidez blusera, tan elemental como eficaz. “Start me up” es un combat rock en modo hormonal y ritmo ochentero. Y no quisiera desdeñar, porque por alguna razón me toca muy cerca, al seco latigazo de las batacas que sigue a los primeros acordes de “Beast of Burden”.

Aquellos, los de entonces –diría José Emilio Pacheco–, ya no somos los mismos. Los Rolling Stones nos culparían; y nosotros a ellos. Ha muerto uno de los más modestos y consistentes arquitectos sonoros de eso que llamamos rock. A los 80 años de edad se le adelantó a Richards. No es sorpresa: Keith nos sobrevivirá a todos.