Javier Calvo Torrecilla

Eloy Fernández Clemente: evocación de un sabio curioso al que le interesó todo

Historiador, profesor, periodista y escritor, su huella es indeleble: era un hombre apasionado, al que nada le era ajeno; llegaba a todas partes y a un sinfín de asuntos.
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La madrugada del viernes al sábado fallecía en Zaragoza el historiador, profesor, periodista y escritor Eloy Fernández Clemente (Andorra, Teruel, 1942-Zaragoza, 2022), que ha sido capital para entender de manera decisiva la historia de Aragón y, muy especialmente, la contemporánea. Su huella es indeleble: era un hombre apasionado, curioso, al que nada le era ajeno; llegaba a todas partes y a un sinfín de asuntos. Una de sus pasiones era compartir conocimientos, contagiar su curiosidad, sus deseos de vivir más a través de la emoción, la belleza, la amistad y el humor. Creía, con su paisano y casi vecino Luis Buñuel, que un día sin risa era un día perdido, y era profundamente mitómano, cinéfilo, un lector voraz, de casi todo, pero especialmente de novela negra. Una de sus inclinaciones, en todos los medios en los que colaboraba, era leer a los jóvenes y reseñar sus libros, con entrega y respeto, sin vinagre ni ira en el ordenador. En ese sentido siempre tendió puentes con las generaciones más jóvenes. Dueño de una curiosidad insaciable, abrazó la Historia, el Periodismo y la Educación y se sintió cómodo en esas tres disciplinas, que para él eran auténticas vocaciones. De hecho, cursó tres carreras: Magisterio, Letras y Periodismo. Y son muchos los periodistas, pedagogos e historiadores que lo tienen como un referente: Mariano Gistaín, Luis Alegre, José Luis Melero, Jorge Sanz Barajas, Cristina Grande, Irene Vallejo o Víctor Juan Borroy, pero historiadores de amplio recorrido como Carmelo Romero, Julián Casanova, Miguel Ángel Ruiz Carnicer, Alberto Sabio, Pedro Rújula, Antonio Peiró, Ignacio Peiró, etc. La nómina sería bastante amplia.

Un puñado de hitos marcan su vida: durante los años 60 coincidió en Teruel, en el Instituto Ibáñez Martín y el colegio San Pablo, con José Antonio Labordeta y Juana de Grandes, con José Sanchís Sinisterra y Magüi Mira, y con jóvenes estudiantes tan conocidos como el periodista y escritor Federico Jiménez Losantos y el cantautor y escritor Joaquín Carbonell; cofundó con Labordeta la revista y también periódico Andalán, que perduró desde 1972 a 1987, fue director en dos ocasiones y estuvo una semana en la cárcel de Torrero. El proyecto Andalán, que recibió este año el Premio Aragón del Gobierno socialista de Javier Lambán, fue importante no solo en Zaragoza y Aragón, sino en todo el país: integró a profesores, políticos, historiadores, escritores y artistas, algunos tan conocidos como el catedrático de Literatura José-Carlos Mainer, el historiador de la Antigüedad Guillermo Fatás, los historiadores del mundo contemporáneo Juan José Carreras y Carlos Forcadell, el estudioso del mudéjar Gonzalo Borrás, y algunos narradores y poetas como Javier Delgado y José Luis Rodríguez, entre muchos otros, además, claro, del citado José Antonio Labordeta. Allí Eloy Fernández Clemente escribió de casi todo y en más de una ocasión la revista lidió con la censura y estuvo varias veces en el alambre del secuestro. Hace una década, con Cuco y Ramón Salanova y otros colaboradores, se creó una versión digital, Andalán.es y Eloy era uno de sus columnistas más activos.

Fue miembro fundador del Partido Socialista de Aragón, que luego se integró en PSOE, y dirigió, entre otros proyectos, la Gran Enciclopedia Aragonesa (1978-1982) de doce tomos, y la Biblioteca de Cultura Aragonesa (2001-2006), que publicó 50 tomos de asuntos muy variados: literatura, política, antropología, arte, memorias, música o cine; como cosa curiosa, José Antonio Román redactó para la serie la biografía de Julio Alejandro Castro, poeta, dramaturgo y guionista de Luis Buñuel, que realizó el grueso de su carrera en México y fue, además, el director de arte de Pedro Páramo de Carlos Velo.

Con todo, la trayectoria de Eloy Fernández Clemente excedió la materia aragonesa (alguno lo denominó “el inventor de Aragón” en su necrológica): se interesó por la política, la historia y la economía de Grecia (como se vio en Ulises en el siglo XX. Crisis  y modernización en Grecia, 1900-1930) y Portugal, país al que amó con auténtica locura y al que le dedicó Portugal en los años veinte. Los orígenes del Estado Novo (1996) y luego la biografía novelada de Oliveira Martins, El portugués (2017). Se sintió muy cerca de Galicia, veraneaba siempre en Cariño (el pueblo de su mujer, Marisa de Santiago), en el cabo de Ortegal, y siempre fue un historiador meticuloso y trabajador que admiraba a Fernand Braudel, George Cheyne y Eric Hobsbawm, entre los extranjeros, a Manuel Tuñón de Lara, Juan José Carreras, Josep Fontana y Antonio Ubieto, entre los españoles.

Deja, en su abundante trayecto bibliográfico, más de 50 libros que abarcan muchos temas y bastantes nombres propios. Su primer libro fue La ilustración aragonesa. Una obsesión pedagógica (1969), fruto de su tesis doctoral; más tarde, insistió en el tema con otro volumen misceláneo: Estudios sobre la Ilustración aragonesa (2004). Supo trabajar en equipo y firmó libros conjuntos con Guillermo Fatás, Carlos Forcadell y Vicente Pinilla, entre otros. En 1975 dio a la luz el Aragón contemporáneo; en 1989 apareció una de sus aportaciones sobre Costa, al que al menos le dedicó cinco más: Estudios sobre Joaquín Costa (1989). Uno de sus grandes empeños fue Gente de Orden. Aragón durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1929), en cuatro volúmenes, y se sentía muy orgulloso de los dos volúmenes de Aragoneses en América. I. La emigración. II. El exilio; el primero redactado al alimón con Vicente Pinilla. Quedan otros títulos en el tintero pero se sentía especialmente contento con Introducción y edición de los Escritos económicos. México (1939-1969), del aragonés Manuel Sánchez Sarto.

Exhaustivo, amigo del alma de muchos compañeros, maestro de varias generaciones, viajero constante y profesor en distintas universidades, entre ellas la Nacional Autónoma de México, aún tuvo tiempo para redactar dos mil páginas de sus memorias, llenas de nombres, de hechos, de fotos, de instantes: un álbum familiar casi infinito de alguien al que le gustaba mucho la gente y que tituló El recuerdo que somos. Memorias, 1942-1972 (2010); Los años de Andalán. Memorias, 1972-1987 (2013); y Tesón y melancolía. Memorias, 1987-2012 (2015).

El pasado martes, 13 de diciembre, celebró con alegría y con amigos sus 80 años. Tras el anuncio de su muerte a consecuencia de un ictus, el documental Labordeta. Un hombre sin más de Paula Labordeta y Gaizka Urresti recibía el Premio Forqué, donde él tiene un papel importante, como ha contado Juana de Grandes, viuda de Labordeta. Eloy Fernández Clemente, simplemente Eloy, hubiera celebrado ese galardón por todo lo alto.


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