José Martí Gómez, la necesidad de contar la vida

Sostuvo hasta el fin que “la vida del periodista está en la calle” y que el periodismo es una fuente constante de conocimiento en el que se aprende cada día.
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José Martí Gómez (Morella, 1937-Barcelona, 2022) dejaba hablar a su interlocutor y al viento hasta que aparecían las confidencias, los secretos, esos detalles sustanciosos que explicaban la clave de una vida, la motivación de una historia, la razón de los actos, casi nunca nobles o sagrados. Y dejaba hablar con confianza, pero a la vez de un modo un tanto inquisitorial, oía sí, hurgaba sin parecerlo y lanzaba preguntas. Buscaba, sabía adónde iba y a la vez se dejaba ir como quien sale de exploración. Eso le pasaba con los protagonistas de sus reportajes e informaciones, célebres o no, mineros asturianos, amenazados por ETA, chabolistas, atracadores (admiraba su destreza y casi la llevaba a la categoría de mito cotidiano, aunque temía a los asesinos), con cualquiera del que quería contar su existencia. José Martí Gómez era un contador de historias, un rastreador incansable de anécdotas, y hacía de ellas la materia de su crónica, el temblor de sus relatos reales.  

Lo conocí en el Congreso de Periodismo Digital, que dirige Fernando García Mongay, en 2011 y era ya un periodista con leyenda, de la estirpe de Chaves Nogales, Manu Leguineche o, para mí, de aquel Manuel Vicent que escribió en El País Inventario de otoño. Daba gusto hablar con él: parecía saberlo todo de todos, siempre tenía un punto de vista, pero lo que le definían era su curiosidad y su atracción por los datos y los seres humanos. Después, en 2016, titularía sus memorias El oficio más hermoso del mundo, y para él, sagaz, francotirador y un tierno que no quería parecerlo, el periodismo era eso exactamente. O intentó que lo fuese con su actitud. Sostuvo hasta el fin que “la vida del periodista está en la calle”, y el periodismo es una fuente constante de conocimiento en el que se aprende cada día. A sus 80 años largos, sostenía con Francisco de Goya: “Aún aprendo”.  

Se licenció en Periodismo en Valencia, poco después trabajó de corrector en el Diario de Barcelona; se forjó en el Mediterráneo escribiendo de casi todo, y luego dio el salto a El Correo Catalán, donde deslumbraba a diario por sus recursos y por su encanto. En aquel periodismo noctámbulo y canalla, él escribía de maravilla, con ingenio, ironía y sin temor a revelar las paradojas de las pequeñas cosas y las contradicciones y excesos del poder, y dicen que también echaba una mano en la edición y en la imprenta. Lo han recordado, entre otros, Carles Geli y Enric González, fan acérrimo del Espanyol como él, amigo y gran admirador de su obra. Ahí empezó una carrera fértil que le llevaría a ser un auténtico experto de las vidas marginales de la periferia y de las crónicas de sucesos. Quería contarlo todo, y metió el hocico en el fuego muchas veces, casi como una poética de la profesión. Carecía de pereza. El periodismo era un sacerdocio laico y una forma de ser y estar: había que contar la vida hasta revelar el espanto o la épica de lo minúsculo. Y sus textos y sus formidables y extensas entrevistas (firmadas en solitario o en compañía de Josep Ramoneda, que también tiene alma de aforista), aparecían en secciones como Ver, oír y callar, La sala de los pasos perdidos, Hagan juego, señores, Historias de asesinos, que luego serían recogidos en libros. Ahí están títulos como Asesinatos por amor. Crónica negra de la España erótica (Planeta, 1978); Amor y sangre en la oficina: historias de delincuentes y pícaros con rostro humano (La Campana, 1988); La España del estraperlo, 1936-1952 (Planeta, 1995); Historias de asesinos: el crimen en España desde 1970 hasta nuestros días (RBA, 2004); Animales de compañía: historias reales de atracadores fracasados, estafadores modélicos, amantes deprimidos y correspondencia de prisión (RBA, 2005); Ellas (Huesca: eCícero, 2012), un delicioso y breve libro de entrevistas y notas sobre mujeres más o menos famosas; El oficio más hermoso del mundo: una desordenada crónica personal (Clave Intelectual, 2016) y Los Lara (Galaxia Gutenberg, 2019).  

Antes de que la palabra “cronista” se pusiera tan de moda, él la practicaba: era un reportero desvelado a la intemperie, capaz de  apurar la llegada del alba en pos de una buena historia en la taberna o pegando la hebra por el placer de hacerlo. Eso sí, aunque transigió algunas veces por humanidad y mano izquierda, siempre estuvo ahí frente a las injusticias, con los desheredados del mundo, ya fueran las víctimas del Holocausto, del franquismo o del terrorismo. Fue objeto de 27 procesos judiciales, y en todos le absolvieron de un modo que en sus labios parecían resoluciones jocosas o inverosímiles, casi de cuento fantástico o grotesco del franquismo.  

José Martí Gómez escribió en El País, El Periódico, en La Vanguardia y en El Mundo, fue un cronista de voz desgajada y un abanico de peripecias paradójicas en la Cadena Ser, con distintos profesionales como Ángels Barceló y Javier del Pino, y siempre rezumaba sabiduría, ironía, ternura y sentido del humor.  

José Martí Gómez acaba de irse a los 84 años y antes de hacerlo, según su familia, dijo una frase que le retrata: “La vida es bonita”. Él, allá donde estuviera, le encontraba tantos matices que, en su variedad y en sus contrastes, aceptaba su mandato inequívoco: “Cuéntame”. Y contaba la vida con toda su complejidad. 

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