Visiones de Bob Dylan

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“Si existiera un filme en el que se pudiera experimentar el alcance y el estado de cambio continuo de una vida creativa, un filme que pudiera  revelarnos en vez de ocultarnos qué es lo que pensamos que sabremos metiéndonos en él, este nunca podría existir dentro del arco ordenado de una narrativa convencional”.

No sabemos qué pensó Bob Dylan al leer estas líneas; las había escrito el cineasta Todd Haynes en una carta en la que le solicitaba autorización para filmar su vida, una vida caracterizada por la voluntad inquebrantable de su protagonista de hacer de ella un misterio. Conocemos su respuesta, sin embargo: contra todo pronóstico, Dylan dijo que sí y el resultado es uno de los filmes más fascinantes de la última década: I’m Not There, un filme sobre Bob Dylan en el que su nombre no es mencionado siquiera una vez, el personaje biografiado es interpretado por seis actores diferentes, incluyendo un niño negro y una mujer, y, a diferencia de las biopic tradicionales, no existe una narrativa lineal, no hay unidad de tiempo ni lugar ni explicación alguna sobre ese “estado de cambio continuo”. I’m Not There no ofrece respuestas a la pregunta acerca de quién es Bob Dylan pero revisa con inteligencia su mito, revela la buena salud de un icono que en los últimos veinte años ha recorrido un extraordinario periplo desde “el pozo sin fondo del olvido cultural”, como lo definió el propio Dylan, hasta su consagración como guardián del legado musical estadounidense, y reproduce en su estructura la multiplicación y dispersión de la figura de Dylan como producto en la industria cultural del presente.

I’m Not There no es fácil de describir. El filme se compone de seis historias que se entrelazan: la de Woody Guthrie (el actor negro de once años Marcus Carl Franklin), un cantante nómada que adopta el nombre de su ídolo y es modelo del primer Dylan, se cuela en trenes de carga, es engullido por una ballena y visita a Guthrie en su lecho de muerte en un hospital de New Jersey; la de Jack Rollins (Christian Bale), que pasa de ser “la voz de su generación” a la manera del Dylan de The Times They’re A-Changin’ a un predicador fundamentalista obsesionado con el fin de los tiempos; la de un actor misógino y reaccionario llamado Robbie (Heath Ledger) que ha interpretado a Jack Rollins-Dylan en “Grain of Sand” –el filme convencional y biográfico que I’m Not There no quiere ser– y asiste al derrumbe de su matrimonio con una pintora francesa (Charlotte Gainsbourg) cuyo personaje reúne rasgos de los dos amores más grandes en la vida de Dylan, Suze Rotolo y su mujer Sara; la de Arthur (Ben Whishaw), un poeta rimbaudiano que suelta frases de entrevistas y canciones de Dylan durante un interrogatorio; la de Billy (Richard Gere), un proscrito que habita unos Estados Unidos llenos de misterio que parecen extraídos de las baladas de asesinos y las canciones de la guerra civil que Dylan tanto ama; y la de Jude Quinn (Cate Blanchett), el Dylan frágil y pasado de revoluciones de 1965 que es insultado por la audiencia británica noche tras noche por haber abandonado el folk por el rock, un Dylan sensual y gracioso que se cuela en A Hard Day’s Night (1964) en una escena desternillante y es bastante diferente del original de Dont Look Back (1967), el cinema verité de D. A. Pennebacker en el que está basada esta parte y que fuera definido alguna vez como “el retrato definitivo del artista como joven gilipollas”.

No es un recurso nuevo –Todd Solondz lo utilizó en 2004 en su filme Palindromes, donde ocho actores de diferentes razas y edades interpretaban al mismo personaje, una niña de trece años, e incluso existe el rumor de que el primer guión de Help! de Richard Lester (1965) incluía a los cuatro Beatles interpretando a un mismo personaje– pero consigue separar tan profundamente a I’m Not There del estereotipo de trauma infantil que da origen a la vocación artística, fracaso y triunfo que está en el fondo de biopics como Ray (2004)  y Walk the Line (2005) o La Vie en Rose (2007), que el filme resulta, por contraste, radicalmente original, al punto que uno se pregunta si Haynes podrá alguna vez superarse a sí mismo; su nuevo proyecto, un musical basado en la vida de Thomas Pynchon, hace pensar que sí.

I’m Not There es desconcertante, un juguete visual de rara complejidad y belleza cuyas partes parecen orbitar alrededor de algo que uno cree poder distinguir claramente a la distancia pero que, a medida que se acerca, resulta más y más indescifrable y que tal vez sea la vida y la obra de Bob Dylan pero también la “república invisible” de la que esta surge, un fondo de nomadismo y libertad que es el rostro de los “otros” Estados Unidos, a menudo olvidados o ignorados pero siempre allí, desde los orígenes del país hasta nuestros días, mucho después de que Cate Blanchett haya inventado el rock. ~

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