Uno intenta recordar cosas que han pasado este año y descubre enseguida que no recuerda ni la mitad. Uno de los mejores libros de 2025 es El temperamento revolucionario, de Robert Darnton. Me han gustado Crisálida de Fernando Navarro y La sangre está cayendo al patio de Elvira Navarro (sin parentesco), Agosto es un mes diabólico de Edna O’Brien, Venecos de Blanco Calderón, Cuentos de Israel Yehoshua Singer.
Empecé el año leyendo a Arias Maldonado sobre (Pos)verdad y democracia y termino leyéndolo sobre La pulsión nacionalista. Me hicieron reír El último artefacto socialista de Robert Perisic, Diarios de un fumador de Simon Gray y Queridos miembros de la junta, de Julie Schumacher. Pero pocas obras disfruté tanto como Ensayos elementales de Elliott Weinberger.
Aprendí con Esto no existe de Soto Ivars, El rugido de nuestro tiempo de Granés, La factura del cupo catalán de Fernández Villaverde y De la Torre, Hambre de patria de Fuentes, El asesinato del profesor Schlick de Edmonds, Indoeuropeos de Mallory, Proto de Spiney, el Spinoza de Buruma, El crítico sin estatua de Domínguez Michael.
Algunos de los libros que más me gustaron este año los había leído antes: Camino de Sirga y Calaveras atónitas, de Moncada. Otras de las novelas que más disfruté tampoco eran novedades: El señor Wilder y yo, de Coe, y Maestros antiguos de Bernhard.
Los libros llevan a otros. En la presentación de Deseo y destino, su clarividente análisis sobre las políticas identitarias, David Rieff habló de Chamfort, y me puse a leer sus aforismos y anécdotas, que según Albert Camus eran una especie de novela.
Los libros también te llevan a sitios: estuve en Riga, la ciudad natal de Isaiah Berlin y Judith Shklar (a quienes edita Página Indómita). Te llevan a casa, como hizo Lecciones de abismo de Ordovás, o a los pueblos de la infancia, como hizo El viaje de mi padre de Llamazares.
Pienso también en gente que admiraba y ha muerto este año. Ha fallecido Mario Vargas Llosa: aún no nos hacemos una idea de la escala de su obra. Releí la espectacular La guerra del fin del mundo para moderar una conversación entre Arturo Fontaine y Andrés Trapiello (que ha publicado Próspero viento). Murió Ivan Klima, que había sido víctima del nazismo y el comunismo. Y ha fallecido el director Rob Reiner.
También han muerto cantantes que me gustaban: el maravilloso Tom Lehrer, Raul Malo, de The Mavericks, y Joe Ely, uno de los que más había escuchado en los últimos años. Obviamente, Ely, nacido en Amarillo y criado en Lubbock, era aragonés, porque en una de las canciones que cantaba el protagonista se llama Carlos Zaragoza.
Todos los cantantes texanos son aragoneses, como me recordaba Marcos Pérez Sánchez, que me recomendó una entrevista con Ely en el podcast The Working Songwriter, donde también entrevistaron a Todd Snider, otro de los cantantes fallecidos del año.
Quizá, en algún sitio, haya un concierto en el que estén la editora de Los libros del gato negro Marina Heredia y mi querida Ana Monfort Nager, que también se fue demasiado pronto.
Publicado originalmente en El Periódico de Aragón. La imagen es de Hans Sebald Beham.