Un niño judío y su amigo árabe en la llanura de Sharon, 1934. Foto: Israel Government Press Office.

Mis amigos árabes

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“Quien no tenga un amigo libanés, que se lo busque”, son las palabras de Adolfo López Mateos, que presiden el vestíbulo del Club Libanés. Yo no tuve que buscarlos porque la vida me los acercó y me han acompañado siempre. Eran mexicanos por nacimiento y con gran amor a nuestro país, cristianos de religión, árabes en las tradiciones, la cultura y la lengua heredadas de sus ancestros. Entrañables todos.

El primer encuentro fue en Avándaro, a mediados de los años sesenta. Mis amigos Alberto y David Arelle me invitaban a su casa, donde llegaban los Namnum, Fájer, Yazbek, Farah, Elías. En el club, por las noches, ocurría un diálogo desternillante entre dos estrellas del cine: el galán Mauricio Garcés (sus verdaderos apellidos eran Feres Yazbek) y el “Crooner” Antonio Badú (en realidad, Namnum Nahes). Fue ahí donde me enteré que el productor de la maravillosa película El baisano Jalil, con Joaquín Pardavé y Sara García, fue Gregorio Wallerstein. Era natural: en el Barrio de la Merced convivían alegremente judíos y libaneses. Con el tiempo conocí a Carlos Slim y a su esposa Soumaya Domit: él siempre generoso, ella siempre gentil. Carlos me presentó a su tía Mary, viuda del vasconcelista Antonio Helú. Y los encuentros han seguido: los empresarios Alejandro Soberón Kuri y Héctor Grisi Checa, el aguerrido intelectual Pablo Majluf, los filósofos Luis Xavier López Farjeat, Talib Zamu y Alfonso Ganem. Los artistas, científicos y humanistas libaneses que conocí dejaron huella en la vida cultural mexicana: menciono sólo al matemático Julián Adem (mi compañero en El Colegio Nacional), el dramaturgo Héctor Azar, el escultor José Kuri Breña, el sabio historiador Elías Trabulse y el discretísimo Juan Feres, que realizó la hazaña de traducir del árabe al castellano para el Fondo de Cultura Económica la célebre Introducción a la historia (Al-Muqaddimah) de Ibn Jaldún (1332-1406). La labor le llevó dos décadas.

Debo a Gabriel Zaid  la conciencia primera de la tragedia palestina, que me he empeñado en reflejar –al lado de la tragedia judía– en las páginas de Letras Libres. Su familia paterna proviene del antiguo pueblo de Taibe, donde –según la leyenda local– Jesús habría pasado los tres años que permanecen en el misterio. Su familia materna es de Belén. En Taibe, según me ha dicho, convivían muy bien los judíos y los árabes. Noventa años después, en un país lejano, dos amigos –uno de origen judío y otro palestino– cumplen medio siglo de conversar. ~


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