Un vinino, que es un gato

Cuando decimos “en el fondo lo he sabido toda la vida”, entonces la vida parece adquirir una estructura de acordeón, o más bien de guirnalda o concertina, porque los acontecimientos se alejan de golpe los unos de los otros.
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Arrastraba una pesadísima maleta por la enésima estación de autobús. (Pruebo a decir estación de tren, estaciones de tren, estación de trenes, estaciones de trenes.) Iba arrastrando la maleta por algún lugar desangelado y comprendía que si hubiese sido yo en ese momento objeto de un retrato, como si fuese un rey en su caballo rampante, habría acertado el pintor en su acercamiento psicológico, dado que mientras vagaba por los andenes y merodeaba cerca de los pocos bancos en busca de un hueco que no estuviese ocupado, yo me veía precisamente así en esencia, como si todo ese arrastrar la impedimenta y ese cargar con algunas cosas elegidas sin mucho sentido antes de salir de casa y ese transportarlas por España protegidas en unas maletas opacas antes de devolverlas a su sitio fuese algo más que un estado mío circunstancial, como si fuese además una certerísima metáfora de mis aventuras psíquicas y como si al buscar un descanso del año hubiese dado más bien con un resumen.

De haber viajado en coche me habría costado mucho menos, creo, relajarme o imaginar que era libre, que era una mujer libre por las bifurcaciones de las carreteras españolas y por tanto una mujer libre por las bifurcaciones de la vida española. Pero cuando se viaja en autobús se depende de los horarios impuestos y de las conexiones y la verdad es que es una pesadez y casi elegía a dónde ir en función de los horarios, y no al revés.

Entre autobús y autobús tenía un rato colgado en Oviedo, y como no había podido comer en la estación anterior, aunque la hora era más adecuada, me senté en la terraza de una cafetería cercana. En la mesa del al lado había una pareja comiendo unos extemporáneos gambones a la plancha. Es bien sabido que al sentarnos junto a una pareja que come junta en la mesa contigua debemos fijarnos con congoja en que no se dirigen la palabra y pensar en las engañifas del amor. Cumplí el precepto de reojo y me fijé un poco en eso mientras consultaba el móvil compulsivamente, y efectivamente la suya parecía una mesa un poco alicaída y el mantel, aunque no había, colgaba así como tristón. Pero cuando les recogieron el plato con las cáscaras hete aquí que se lanzaron a pedir algo que me interesó y que mejoró el tono de toda la terraza: algo llamado bacalao Vetusta que imagino se podía comer a esa hora, en concreto las cinco menos cuarto de la tarde. Nada parecía tener sentido. Fue un qué demonios en toda regla y el espíritu del disparate se extendió alegremente entre las mesas. Oí que el cliente le decía al camarero, con voz de guasa: “mire, y tráiganos también un vinino. Un vinino ─repitió─, que es un gato”. Y todos se rieron. Quizá habría estado bien perder el siguiente autobús.

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Cuando decimos “en el fondo lo he sabido toda la vida”, entonces la vida parece adquirir una estructura de acordeón, o más bien de guirnalda o concertina, porque los acontecimientos se alejan de golpe los unos de los otros, como una dilatación de lo sucesivo, lo que nos permite que veamos claros sus contornos a la luz de la revelación reciente, e inmediatamente vuelven a agolparse y a confundirse en la amalgama en la que los percibíamos antes, y del fuelle sale el sonido un poco intempestivo que va a cambiar el ritmo al que bailábamos. A menudo recibir una noticia de esa clase, la que como a veces se dice nos quita la venda de los ojos, supone un alivio, a menudo porque por fin podemos dejar de simular que no sabemos algo que por supuesto en el fondo sabíamos. El papel en la obra ya nos cansa. Cuando la función sale clavada debería cambiar el desenlace.

Pero esto viene a que siempre estamos yendo a la caza secreta de una frase. La que dé sentido a nuestra manera de comportarnos, que a veces nos es incomprensible. Si lo llamo frase es porque ahora estoy escribiendo, y porque yo misma muchas veces acecho la presa en su forma verbal, pero puede ser también una imagen o una sensación, la que nos haga comprender que ya estamos bordando el papel en la obra y que nos vamos a coser el dedo y que va siendo hora de ensayar una nueva. La revelación nos permite relajarnos un poco, aunque sea porque ya todo se ha venido abajo. La definición de lo que nos está pasando actúa como un acto mágico, permite que las cosas muten.

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Caminando por la ciudad de León con N, que vivió allí varios años, nos para un tipo que lo conoce y que le saluda muy simpático. Le pregunta cómo está y antes de que N pueda contar mucho le dice que ya sabe que está muy bien y que lo sigue por la prensa. Vaya cosa curiosa, dice N cuando nos despedimos, y le pregunto quién era y me dice que cree que un célebre grafitero, pero que no estaba muy seguro y que por eso no le ha preguntado casi nada a su vez, para no meter la pata. Qué lástima, le digo, le podías haber dicho a tu vez que le seguías por las paredes. De no haber acertado podría haberse hecho pasar por una salamanquesa o Spiderman.

En esos días pasó algo muy de vacaciones: durante cuatro noches seguidas dormí cada vez en una cama diferente. ¡El veraneo del siglo XXI es lo más raro que me he echado a la cara!

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