¿Y si sí? Estas tres palabritas ya son un conjuro que funde a millones de personas en el anhelo de un solo destino colectivo. Es un susurro compartido por los feligreses de siempre y por quienes, con un escepticismo casi clínico, solo nos acercamos a la cancha cuando juega México en un Mundial.
¿Qué expresa verdaderamente esa invocación?
Escribí antes sobre el mecanismo neurológico que hace posible parte de la emoción de los aficionados, pero la neurociencia no alcanza para explicar, ni de lejos, los abrazos de los tapatíos a los japoneses en llanto, la canallada de intentar desvelar a los ecuatorianos antes del partido, la suspensión momentánea de la polarización política o esa necesidad de compartir la alienación de una multitud bajo los efectos de la lluvia, el alcohol y el triunfo.
Veo la fiesta mexicana, con sus excesos y su afecto, sus héroes y sus heridos, y me pregunto si Octavio Paz tenía razón. Si la fiesta sirve para esconder el drama y la tragedia, para purgar la soledad y los fracasos o si, en realidad, Paz no tuvo oportunidad de regalarnos un análisis de la fiesta cuando el mexicano sí gana; cuando puede sentirse grande sin engañarse, cuando entiende racionalmente que su equipo es objetivamente bueno.
Los mexicanos no solemos ganar guerras, ni negociaciones comerciales, ni concesiones migratorias. A veces logramos contener abusos extranjeros y eso ya nos sabe a gloria. No estoy sugiriendo que carezcamos de motivos de orgullo o de productos culturales que nos coloquen en la cima civilizatoria. Lo que afirmo es otra cosa: ni la comida, ni la música, ni el carácter nacional producen esa sensación tan específica de poder que genera la victoria.
No estamos entrenados para ganar. Nuestra historia es una hermosa colección lacrimógena de héroes que mueren sin ver a la patria liberada, de líderes cuya cabeza cuelga durante meses como trofeo de los invasores, de admirados cadetes que pierden la vida envueltos en una bandera sin que eso conduzca a una victoria. No somos un pueblo de conquistadores, solo vencemos, a veces, en defensa propia.
Y, sin embargo, el mexicano cree en el triunfo. Cree en la lotería, en la posibilidad de éxito y en los milagros. Cree con la Virgen en una mano y los dedos cruzados en la otra. Cree que ahora sí, a pesar de todo.
La diferencia es que esta vez hay menos elementos en contra. Esta vez la selección de futbol es un equipo de buenos deportistas. Esta vez juega en casa. Esta vez no ha vivido de goles regalados, chiripas o golpes de suerte. Esta vez hay razones objetivas para pensar que son triunfadores.
¿Pero qué hacemos con eso?
Estoy hablando de un “nosotros” inexistente, me hago cargo. Pero si alguna vez la ficción de un sujeto colectivo cobra vida es precisamente durante una gesta internacional, cuando la batalla deja de ser entre nosotros para librarse contra los otros; los que son más otros, aunque solo sea por el artificio de la identidad nacional.
¿Qué hacemos, pues, los mexicanos, cuando nos sabemos capaces de ganar? ¿Qué hacemos si sí?
Al parecer hacemos lo mismo que cuando no. Lo mismo que con la simulación del triunfo. Lo mismo que con la soledad y la tragedia. Hacemos un pachangón de miedo. Más grande, más colectivo y más desenfrenado que cuando es una mascarada.
Por eso el Mundial está resultando tan fascinante. Durante unas semanas aceptamos la posibilidad de ser un pueblo distinto. El futbol no modifica la realidad del país, pero abre una rendija por la que se cuela una emoción inhabitual: la expectativa de un desenlace diferente.
Regreso a esas tres palabras que tienen en vilo a este sujeto colectivo que somos durante el Mundial y no pienso únicamente en la fiesta, sino en la esperanza. Estamos celebrando las batallas bien ganadas, sí, pero también vivimos una intoxicación de posibilidades. ¿Puede ser que eso sea más importante que el marcador?
G. K. Chesterton escribió sobre el optimismo una idea que me gusta porque se parece al ¿y si sí? El inglés advertía que el verdadero optimismo no es el ingenuo que niega la realidad, sino el que se asombra de que las cosas existan. Los mexicanos estamos asombrados con la existencia real de la selección en una realidad oscura. Por eso, en plan chestertoniano, se cree que entonces, las cosas pueden salir bien. Es una alegría infantil, es el descubrimiento fantástico de que hay buenas razones para confiar en que ahora sí. ~