Libros del Asteroide, 2021

Sensación térmica (fragmento)

Por cortesía de Libros del Asteroide, publicamos un adelanto de esta novela en la que Mayte López explora los múltiples mecanismos de la violencia ejercida sobre las mujeres.
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Por cortesía de Libros del Asteroide, publicamos un adelanto de este libro de la escritora mexicana Mayte López.

Sensación térmica, segunda novela de Mayte López, retrata la violencia íntima a la que miles de mujeres se enfrentan a diario y que permanece arraigada en nuestras sociedades.

La novela narra la historia de Lucía, una joven mexicana que ha dejado atrás un hogar violento para mudarse a Nueva York. A través de su amistad con Juliana, quien mantiene una relación destructiva con un profesor veinte años mayor que ella, Lucía rememora el maltrato que la persigue desde su niñez y que reconocerá en la actitud de su amiga.

 

  ***

Se conocieron por casualidad, en el consulado mexicano. Alma había ido a tramitar su pasaporte y Lucía necesitaba unos papeles para completar su inscripción en la universidad. Estaban formadas en la fila para entrar y un uniformado salió a avisar que el detector de metales de la entrada no funcionaba, y que iban a tener que cachear a todo el personal antes de entrar. Lucía volteó los ojos preparándose para el manoseo inminente. Alma estaba delante de ella en la fila y debió haber temido algo parecido, porque se encogió de hombros y dejó escapar un suspiro fuerte. Contra los pronósticos de ambas, los guardias no se propasaron, pero a cada una le tocó un albur. Una vez adentro del consulado, Alma comentó:

—Para que no extrañemos.

Lucía llevaba apenas dos semanas en Nueva York y todavía no se le había ocurrido que era posible extrañar.

  ***

A Juliana le brillaban los ojitos mientras le contaba a Lucía, regodeándose en los detalles de su triunfo amoroso. Entonces no se guardaba nada, ni había que aprender a escuchar sus silencios. La Juliana de esos días hablaba por los codos, enumerando las virtudes y atenciones del Profesor y celebrando la suerte de haber encontrado por fin un tipo que valía la pena: tan interesante, tan listo, tan publicado. Una verdadera delicia, y con el invierno a la vuelta de la esquina.

También ahorita le brillan los ojos, se dice Lucía, pero la cara es otra, de tanto chillar y, en lugar de dormir, acumular drama por las noches. Porque de noche el Profesor está siempre en un bar, solo o con otro grupo de estudiantes, y entonces se toma una cerveza o se mete al baño a echarse un pase y le escribe y le dice que vaya, que si no quiere que todo se vaya al carajo, que vaya. Y Juliana va; aunque ya casi no se lo confiese, Lucía sabe que va siempre que él la llama. Sabe que a veces, sobre todo desde que empezaron a discutir y a terminar y luego reconciliarse cada tres días, el Profesor la llama a las dos horas de haberla corrido a la mala de algún lado. El modus operandi es siempre el mismo. Primero, el Profesor le da una gritoniza en público, le dice que deje de atosigarlo, o que no quiere saber más de ella. La manda derechito a la chingada y se ríe a carcajadas mientras ella recoge sus cosas: pinche chamaca, no me deja respirar. These bitches, man. Los que están alrededor lo celebran: el Profesor siempre tan divertido, la chiquita colombiana siempre tan aguafiestas. Pero cuando Juliana va hecha un mar de mocos de regreso a su casa, a medio camino sobre el puente de Brooklyn con un taxista compasivo que intenta animarla, o cuando está ya a punto de llegar, o subiendo las escaleras de Lucía, su celular se ilumina con alguna amenaza: Si no te regresas ahorita, se acabó. Si esto vale madres es por tu culpa. Para qué te fuiste, escuincla tarada. Juliana ya no le cuenta nada de esto, pero se le nota en las ojeras.

  ***

¿Cómo se llama lo que hizo? ¿Qué nombre se le da a ir desapareciendo a alguien de a poquito, a quitarla de en medio en episodios? ¿Por qué no cuenta como crimen aniquilar a una mujer a cuentagotas, descuartizarle la moral y la autoestima en cómodas entregas? Mátalas, con una sobredosis de ternura. Una mirada reprobatoria acá, una palabra burlona allá. Un toquecito al día, cada día, él —ellos— van cortando pedazos. Con sutileza al principio, con dedicación, van tejiendo el nudo corredizo y tensando la soga aunque luego, en las actas, lo único que conste es que ellas solitas se la echaron al cuello. Mátalas. Asfíxialas con besos y dulzura. ¿Con quién estabas hablando? Consigue una pistola si es que quieres. Así vestida yo no te saco a pasear, esas nalgas son mías. O cómprate una daga si prefieres. ¿Otra vez estás chillando? Síguele y te voy a dar motivos pa que chilles. Tú síguele, pinche vieja. Y vuélvete asesino de mujeres.

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