Entrevista a Mark Mazower

Entrevista a Mark Mazower: “Los biógrafos contemporáneos son muy buenos analizando el trauma pero no la felicidad”

El historiador británico narra en su último libro la vida de su familia de judíos rusos, que formaron parte del Bund, la organización judía revolucionaria de Europa del Este que sufrió la represión bolchevique.
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En Lo que no me contaste: Una historia familiar rusa y el camino de regreso a casa (Crítica, 2021), el historiador Mark Mazower, experto en Europa del siglo XX y en la Grecia y los Balcanes contemporáneos, traza la historia de sus antepasados judíos rusos, que sobrevivieron a la violencia zarista, la represión bolchevique, las purgas estalinistas, dos guerras mundiales y, finalmente, el proceso de adaptación a un nuevo país, Inglaterra.

En el libro investiga sobre su familia de judíos rusos revolucionarios. ¿Cómo surgió el proyecto? ¿Lo tenía en mente ya antes de morir su padre?

Crecí en una casa en la que todos, especialmente mi padre, estaban interesados en la historia. Y, por lo tanto, como resultado de eso, había un gran interés por nuestra propia historia familiar. Muchos años antes de que mi padre muriera, en los noventa, me senté con él y empecé a grabar sus recuerdos. Hacer eso me parecía lo obvio. Y también le parecía obvio a él.

Durante mucho tiempo no hice nada con esas grabaciones. Y realmente no estaba muy interesado en su historia: sus abuelos, Rusia… Pensaba que lo tenía que hacer solo para tenerlo. Entonces, en 2009, mi padre murió. Muchas cosas se me juntaron. Sus últimos años de vida coincidieron con la época en la que tuve niños pequeños. Tuvo el tiempo justo para conocerlos. Además, coincidió que yo me había mudado de Nueva York a Londres, donde pasé un año sabático en Highgate, donde nació mi padre.

Me mudé muy tarde a Estados Unidos, y volver a Londres significó volver a casa, pero también me di cuenta de que había cambiado mucho. Mis hijos estaban creciendo en un mundo muy distinto al mío, al Londres en el que crecí. Que a su vez es muy diferente al Londres en el que creció mi padre. El Londres de los años veinte no era muy diferente al de años sesenta, pero sí es muy diferente al Londres de hoy. Así empezó todo. Y empecé a descubrir cosas. Fue como cuando levantas una piedra y hay bichos debajo.

Hay un trabajo detectivesco.

Creo que lo que más influyó en la investigación fue internet. El acceso digital a archivos tuvo un efecto literario. Si buscas algo en Google no sabes lo que te vas a encontrar. Si buscas André Mazower [el hijo ilegítimo del abuelo del autor] en Google y te sale T.S. Eliot, ahí tienes el inicio de una historia. Y esa historia no existiría sin Google.

El libro comienza con la historia de su abuelo Max, un revolucionario del Bund, el partido político revolucionario judío. Al leerla recordé la frase del sociólogo Daniel Bell: “Cada generación de radicales, se dice, tiene su Kronstadt [su momento de decepción, en alusión a la represión bolchevique contra el motín de Kronstadt en 1921]. Mi Kronstadt fue Kronstadt”. A Max también le decepcionaron los bolcheviques muy pronto.

La historia de los bundistas es muy interesante para mí no solo por el componente personal, sino también porque te permite ver el surgimiento de los bolcheviques a partir de una posición de izquierdas que desapareció completamente. Merece la pena rescatar la historia del Bund porque tenían unos valores muy interesantes. Conocían perfectamente a los bolcheviques mucho antes de que llegaran al poder, y durante años estuvieron enfrentados y en desacuerdo.

¿Cuáles eran las principales discrepancias entre el Bund y los bolcheviques?

Había una cuestión de organización y luego una cuestión cultural o nacionalista. Y ambas estaban más o menos conectadas. La cuestión de la organización tenía que ver con la concepción que tenían los bolcheviques del partido, que no compartían con los mencheviques ni con los bundistas. De hecho, era un vehículo para las tendencias dictatoriales de Lenin. Y esto se ocultaba con mucha teorización sobre la vanguardia revolucionaria y todo eso.

Nunca hubo un líder del Bund como sí lo hubo de los bolcheviques. Y bueno, en realidad todas estas categorías eran muy fluidas. La gente entraba y salía de las organizaciones. Y más adelante, los bolcheviques dijeron que no, que siempre todos fueron bolcheviques, pero era mentira. Todos se conocían, se acostaban unos con otros y en los años treinta la situación se volvió terrorífica.

La otra cuestión era la cultura. Pero también tenía que ver con las estrategias de movilización. Los bundistas movilizaban a los trabajadores a través de su acceso al yiddish. Eran muy conscientes de la importancia de la lengua y del resurgir del yiddish. Casi todos en esa generación eran bilingües o trilingües, y hablaban sin problemas en ruso. Max hablaba en ruso en casa, solo hablaba yiddish fuera. Pero el Bund defendía una especie de autonomía cultural. Es un debate muy interesante en la izquierda actual. Cómo combinar una causa revolucionaria universal con el respeto por las diferencias culturales. La posición bolchevique les parecía un ejemplo de dominación rusa.

También eran antisionistas.

Creo que hay un error al analizar el sionismo de entonces desde una perspectiva de la época post-48, es decir, tras la creación de Israel. Y se exagera el atractivo que tenía a principios del siglo XX. Había mucha gente en esa época que pensaba que el sionismo era una ideología totalmente ridícula. Toda esta gente en Europa, ¿por qué quieres trasladarla al Imperio Otomano? ¿Qué posibilidades de éxito tiene eso? Abdul Hamid II [el sultán otomano] estaba de acuerdo con acoger judíos rusos, pero no quería alojarlos en Palestina, sino en Macedonia. Era algo muy razonable el escepticismo hacia el sionismo, incluso si defendías una vida cultural judía. Y esta era la posición bundista. Yo crecí en un hogar no diría antisionista, pero sí antisentimental respecto a Israel, ese sentimentalismo tan común en la mayoría de hogares judíos del norte de Londres.

Es cierto que a Max no le interesa mucho la creación de Israel.

Esa es mi impresión. Sí es verdad que había más interés por parte de su mujer. Uno de sus hermanos era más sentimental y tenía un pensamiento más de la época. Pero Max tenía una conciencia política muy desarrollada y no hablaba de ella. No hay pruebas de que ni siquiera discutiera del tema.

Tampoco era una familia religiosa.

Era una extraña combinación que les parecía muy normal. Y hoy no parece tan obvia. Había un árbol de Navidad, se comía borsch, comida rusa, se hablaba en yiddish a los padres, que fueron enterrados en el cementerio judío de Moscú. La única referencia más o menos religiosa que recuerdo es que cuando mi padre cumplió trece años [la edad del bar mitzvah] le envió su padre una carta diciendo: “ya eres un hombre”.

Ha mencionado antes los años treinta. Es la década de las purgas estalinistas. Hubo muchos bundistas y judíos bolcheviques represaliados. ¿Qué rol tuvo el antisemitismo?

Mi impresión es que hubo una incorporación tremenda de todo tipo de judíos rusos politizados a la revolución en los años veinte porque asociaban la oposición a esta con el antisemitismo organizado durante la guerra civil. Y los bolcheviques en general se oponían al antisemitismo organizado.

Las purgas, al menos en las que estuvo involucrada mi familia, no tenían que ver con la religión. Fueron purgados porque eran mencheviques que no estaban de acuerdo con los planes quinquenales de Stalin. Cuando el Terror comenzó a mediados de los treinta, un pasado menchevique o bundista podía ser letal. Pero creo que el antisemitismo no fue un factor muy determinante. Siguieron siendo ciudadanos soviéticos pero alejados del partido.

Recuerdo visitar en los setenta al hermano de mi abuela Frouma, que era un médico de alto nivel en el Kremlin. La leyenda familiar decía que había curado al hijo de Lavrenti Beria, el jefe de la NKVD, que tenía una enfermedad terrible. Así que confiaban en él desde altas instancias del partido. Pero nunca fue miembro. Había una tradición en la familia de mantener una distancia con respecto al partido. Sabían que por eso estarían expuestos en algunas situaciones. Pero no era necesariamente porque fueran judíos. Creo que el tiempo de verdadero antisemitismo fue posterior, después de la Segunda Guerra Mundial.

En su biografía de Vasili Grossman, Alexandra Popoff habla del antisemitismo de Stalin tras la guerra. Textos como la crónica sobre el campo de Treblinka de Grossman fueron censurados.

Hay que distinguir el terror de los treinta con los años de antisemitismo en el 45 y 46. Una cosa que me llamó la atención es la cantidad de cartas que se enviaban los miembros de mi familia en los años treinta, entre Moscú, París y Londres. Pensaba que no habría nada. Pero tras la guerra hubo diez años de silencio.

Un aspecto sorprendente de su abuelo Max es su absoluto mutismo sobre su pasado revolucionario. Ni siquiera hablaba de ello con su mujer. Y tampoco había en él la clásica melancolía de la derrota que abunda en la izquierda.

El problema es que uno puede interpretar los silencios como cualquier cosa. Lo que está claro es que no parecía que le diera muchas vueltas a lo que pudo haber fallado en el Bund. Su vida social en los veinte y treinta en Londres, sin embargo, estaba llena de exiliados judíos rusos. Y hablaban mucho de política. Estaba muy implicado. Pero creo que era poco nostálgico. Y por supuesto mi padre heredó muchas de sus preocupaciones y las llevó en otra dirección al involucrarse mucho con los laboristas, que era algo muy común en la época para un chico inglés de clase media, especialmente si eras judío.

Lo que ocurrió con el Bund fue que lo atropellaron dos enormes camiones: uno llamado bolchevismo y el otro fascismo. Frente a esto, es obvio que los bundistas no tuvieron nada que hacer.

¿Fue Max siempre un socialista democrático, o socialdemócrata? Parece que su desencanto tan temprano con el bolchevismo lo mantuvo siempre alejado del ideal comunista.

Cuando Max entró en el Bund, el gran debate entonces era sobre la violencia y el terrorismo. ¿Era legítimo usar tácticas terroristas o había que depender más bien de huelgas y boicots? Creo que fue entonces cuando se desplazó hacia posiciones más moderadas. Hay mucha evidencia de que fue muy radical, pero desde un plano organizativo y propagandístico. Aunque su vida política acabó muy pronto, al mudarse a Inglaterra. Y no, nunca tuvo ninguna simpatía por el bolchevismo.

Pero tampoco se convirtió en un halcón anticomunista, una evolución muy común en excomunistas durante la Guerra Fría.

Creo que porque tuvo una relación muy íntima y negativa con los bolcheviques. No tenía una visión romántica. Creía que su proyecto estaba equivocado desde el principio. No esperaba nada de ellos. Y vio desde cerca, cuando lo arrestó la NKVD, en 1919 o 1920, o cuando arrestaron a sus hermanos, lo que significaban los bolcheviques. Y en los años treinta, pocos en Inglaterra sabían lo que el régimen soviético estaba realmente haciendo. La mayoría de izquierdistas y comunistas en Europa occidental no se enteraba porque no tenían el conocimiento de la realidad soviética que sí tenía Max.

Casi todos los personajes del libro son muy liberales en sus relaciones: hay hijos ilegítimos, divorcios, matrimonios tardíos, segundos matrimonios, romances…

Lo que confirma que la verdadera era de conservadurismo fueron los cincuenta. Esta clase social, en esta época, era mucho más libre. Había mujeres que tenían amantes sin casarse con ellos, que tenían hijos y los dejaban con otros. Había obviamente una inestabilidad extrema detrás de esto, y se ve en la primera mujer de Max, Sofia Krylenko. Pero formaba parte de este ambiente revolucionario, un ambiente contra el que se rebelaron muchos de sus hijos.

Uno de esos jóvenes que se rebelaron contra sus padres revolucionarios es André, hijo de Max y Sofia Krylenko, que renegó de sus orígenes judíos y se volvió un reaccionario antisemita en la España de Franco.

La historia de André me interesaba por varias razones. Una tiene que ver con el hecho de que soy especialista en la historia moderna de un país pequeño como Grecia, y una de las cosas en las que reflexiono es el lugar que ocupa un país como España en los grandes relatos de la historia europea del siglo XX. Y básicamente no aparece, salvo por la Guerra Civil. La actitud general es que menos mal que tuvisteis una guerra civil porque si no nadie habría tenido ningún interés en España en el siglo XX.

La historia de André me hizo pensar en un tipo de presencia de España en el relato del siglo XX, que es muy importante en la cultura europea de posguerra: la guerra contra el fascismo. Y Franco tras la guerra es un paria fascista junto con Salazar en Portugal. La mayor parte de Europa occidental no tiene nada de simpatía por estos dos países. Pero luego hay otra parte de la opinión pública europea en la que realmente no pensamos. Hay un vínculo entre el fascismo de entreguerras y la ultraderecha que vuelve a crecer a finales del siglo XX. Y lo que une a esos dos movimientos es la derecha de los cincuenta y los sesenta en Europa occidental. Y André me sirvió para reflexionar sobre esa tradición, el esfuerzo de los intelectuales de derechas de la época por luchar contra la modernidad.

Está esa cuestión pero está también la del propio hombre, André, cómo llegó a su situación. No puedo especular pero sí puedo trazar su trayectoria, desde su infancia inestable con una madre ausente o literalmente desaparecida por el mundo, absorbida por los ambientes de la ultraizquierda (estuvo con Walter Benjamin, entre otros). Y entonces se marcha a Cambridge. Y es uno de esos lugares que ejercen una enorme influencia en ti, especialmente si tienes una determinada disposición romántica. André se hace amigo de un tipo ridículamente aristocrático que le presenta a T. S. Eliot y lo introduce en una milieu muy interesante de la época.

Critica el concepto “asimilación” y dice que sus padres no eran miembros de la comunidad judía británica sino que se seguían considerando parte de la intelligentsia judía rusa.

Escribí este libro de una manera provocativa en un par de aspectos. Va en contra de algunas tendencias actuales en el género de la biografía. Una de ellas es que los biógrafos son muy buenos analizando las raíces del trauma pero no son tan buenos analizando las raíces de la felicidad. Se asume siempre que cuando un individuo afirma ser feliz en realidad está ocultando algo. Y creo que mi libro es un estudio sobre lo contrario. Es un libro sobre la construcción de la felicidad. E Inglaterra y la apertura del país con mi familia son parte de ello. La historia sobre la inmigración suele enfatizar los obstáculos, el carácter represivo de las culturas dominantes, la represión necesaria para asimilarse en el nuevo país.

Quizá esa facilidad que tuvieron tiene que ver con la obsesión tan inglesa con la clase. Si llegas a Inglaterra y vistes de determinada manera, tienes una cantidad suficiente de dinero y estás dispuesto a hablar de una manera concreta, algo que Max podía hacer (adoptar el acento inglés de clase media, no pensaba que fuera una traición a sus raíces), no te ponían muchas barreras. No era muy difícil alcanzar una vida relativamente cómoda o socializar con quien quisieras. He descubierto que entonces Inglaterra era, sorprendentemente, un sitio muy abierto. Los dos hijos de Max uno va a Cambridge y el otro a Oxford. No tienen mucho dinero y ambos van a esas universidades.

Es muy diferente al acceso a la universidad de los judíos en EEUU, donde había cuotas y limitaciones.

Estados Unidos tiene una larga historia de racismo institucionalizado. No es que no hubiera racismo en Inglaterra, que lo había, pero no tenía ese carácter institucionalizado. Y Max no llegó al país cuando vinieron los judíos rusos de Europa del Este a finales de los ochenta. Y tampoco vino con los refugiados judíos alemanes en los años treinta. Vino en una etapa intermedia. Y eso es clave en su adaptación.

La zona de Londres donde se mudó Max y fundó la familia, Hampstead Heath y Highgate, era una especie de refugio de inmigrantes rusos en los años veinte. Y hoy es una zona dominada por otros rusos, oligarcas y megarricos.

Es curioso, la zona siempre ha tenido una conexión rusa. No sé a qué se debe. Los bolcheviques y mencheviques se mudaron ahí. Hubo algunos bolcheviques que acabaron teniendo altos cargos en el partido comunista británico. Y se crearon alianzas. Tenías a progresistas británicos que presionaban a las autoridades zaristas para que liberaran a presos rusos. Había rusos en el barrio desde 1880. Había gente como Emma Goldman, luego en los años treinta. Creo que todos se sentían muy cómodos juntos.

Ha escrito sobre el antisemitismo en el partido laborista. En 2018 dijo que no es tan relevante, o al menos no más relevante que en toda la sociedad británica.

Fue un gran debate, a pesar de que no estuve muy metido. Mi opinión es la misma que entonces. Creo que es indudable que algunas posiciones dentro del partido contrarias a Israel se volvían antisemitas. La cuestión es determinar lo importantes que eran. Crecí en mitad de los debates sobre el Holocausto. Desde el principio, creí en un modelo de vida intelectual en el que no importa quién eres. Tienes siempre el mismo derecho que los demás a participar en un debate y promover tu opinión. Pero hoy esa postura se ha vuelto muy difícil de defender.

Hay gente que cree que solo si eres judío puedes decir quién es antisemita y quién no. Esto provoca abusos y es una manera de impedir cualquier crítica a Israel. Creo que la verdadera tarea tendría que haber sido concretar lo importante que era el antisemitismo dentro del partido. Pero creo que se mezcló con otras cuestiones. Al mismo tiempo, ningún líder del partido laborista puede salir y decir que esto no es nada, que no existe ningún problema. Tenemos que establecer una definición sobre antisemitismo y un modelo concreto de debate intelectual, si no vamos a quedarnos en luchas tribales. Y volviendo al libro, lo que me gusta del Bund es que aspiraba a un equilibrio entre el respeto por la herencia cultural y la creencia en la conversación universal y libre. Ese universalismo está desapareciendo en la universidad y en otros sectores. Es algo muy dañino.

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