La otra guerra fría. Sobre el esteticismo político

El enfrentamiento entre el capitalismo y el comunismo también se libró con cuadros, canciones y películas. Ramón González Férriz reconstruye ese frente cultural y muestra por qué la estética fue un arma política de primer orden.
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¿En qué momento una melodía de saxofón dio más miedo que una ojiva nuclear? ¿Quién podría pensar que el arte abstracto podría detonar la demolición controlada del edificio soviético?

Ramón González Férriz lo explica en su reciente ensayo La otra guerra fría. Cómo el capitalismo y el comunismo convirtieron la cultura en un campo de batalla (Alianza, 2025). Está escrito en un estilo que se asemeja más a una crónica que a un análisis, y eso hace que la lectura tenga un ritmo que atrapa, con una melodía de fondo que lo convierte en una pieza musical.

De fondo resuena un tema que despertó en el siglo XIX y que, desde entonces, recorre la política occidental sin solución de continuidad. Es un problema denso, como el olor a aceite frito impregnado en la ropa. Algo que nos recorre y nos corroe. Esa pesada capa aceitosa que nos impregna es el esteticismo político que, ya lo advirtió Unamuno, era la causa de todas las violencias. El problema del esteticismo es que toma la apariencia de las cosas por el todo y nos incapacita para ver su significado. Las personas que viven del esteticismo sufren un desdoblamiento de la personalidad, como si fuesen los espectadores de un rodaje de una película en la que son también los protagonistas. Actúan en una realidad de ficción, y el personaje oculta a la persona y a su realidad. El esteticismo es difícil de comprender, y más aún de detectar, pero es el motor irracional, emotivista y sentimental, de los nacionalismos que nos asolan.

González Ferriz traza un itinerario que ayuda a comprender cómo las vanguardias culturales, y en particular la estética del modernismo y después del pop, se convirtieron en el estándar estético del mundo democrático. Y tomando esa cuestión como casus belli, nos hace ver que la lucha por la estética tuvo tanta importancia como el lugar en el que se decidieron instalar las lanzaderas de misiles nucleares.

Es difícil de imaginar la importancia que tuvieron Gorki, Eisenstein o Shostakóvich para el régimen soviético. Lo mismo al otro lado del muro. González Férriz cuenta que a Truman le gustaba la pintura flamenca y que, en una anotación de su diario de 1948, escribió que la diferencia con los modernos era “como comparar a Cristo con Lenin”. ¿Qué pasaría para que dos años después Jackson Pollock y, con él, el expresionismo abstracto, fuese considerado un arte genuinamente estadounidense que podía ayudar a reconocer a EEUU como centro político, militar y económico del mundo?

Algo parecido sucedió en España. En el libro hay una doble página que es un cuadro. En la parte de la izquierda se ve a Himmler en la plaza de toros de Las Ventas en 1940, y a la derecha un cartel colgado de la fachada de la misma plaza veinticinco años después anunciando un concierto de The Beatles para el dos de julio. Si la dictadura quería “abrirse”, tenía que parecer moderna. No era una cuestión de gustos musicales. Los melenudos también servían con su aspecto a legitimar el régimen de puertas afuera. 

En Cuba las cosas no eran diferentes. Un poeta como Herberto Padilla podía disfrutar del éxito o morir en el ostracismo según conviniese a la ideología dominante. Lo mismo les pasó a los premios Nobel Boris Pasternak o Alexander Solzhenitsyn.

Pero uno de los capítulos que más me ha gustado, y que probablemente sea el más actual, es el que explica cómo los líderes evangelistas se dieron cuenta de que “era necesario adaptar las creencias del viejo fundamentalismo al nuevo contexto político”. Difundieron sus ideas a través de una poderosa industria que producía libros, cintas de vídeo o casetes, programas de radio y de televisión. Y de entre todos, emergió como héroe John Wayne, que además de actor de éxito fue un activista. Sus papeles representaban la lucha estadounidense contra el mal, la virilidad, al hombre blanco cristiano y la honradez de la cultura americana.

No obstante, si me quedo con una imagen, es con la de David Hasselhoff, subido a una grúa durante la Nochevieja de 1989 en el Muro de Berlín, vestido con una chupa iluminada con lucecitas de Navidad y abrigado con una bufanda que simulaba el teclado de un piano. Daba igual la horterada, porque cantaba en nombre de la libertad.

Después de este recorrido nutrido de anécdotas, referencias e imágenes, se puede percibir que el ensayo de González Férriz tiene un punto ciego conseguido con mucha habilidad. Es un ensayo que también habla de lo que calla. Lo que no está, el punto ciego, se sugiere a la inteligencia del lector que, si ha estado atento, lo visibiliza como quien une los espacios vacíos entre los puntos que forman el dibujo de los pasatiempos. Ese punto ciego, que es el interludio entre dos momentos esteticistas, es el liberalismo. Uno entiende entonces que las épocas liberales son intermedios entre periodos de profundo carácter esteticista. 

Lo que se hace evidente, entonces, es que el momento liberal que hemos vivido después de la intensidad estética de la Guerra Fría se vuelve a oscurecer con los nubarrones del romanticismo estético que nos amenazan. 

Parecía que la política estética había quedado a un lado después de la caída del Muro y que por fin habíamos aprendido a ver que el arte de la política es no hacer política con el arte. Pero la vuelta a lo que ahora se llama “el giro espiritual”, que no es más que esteticismo religioso, monjas con camisas de fuerza, el Cid Campeador iluminado con fuegos artificiales, el tweed contra el cuero, y las vidrieras góticas contra los ventanales de cristal, no son más que esteticismo político que funciona como analgésico para atenuar el dolor que causa no soportar el mundo tal y como es.


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