Wellcome Collection, CC BY 4.0

La reacción contra la globalización en perspectiva histórica

En la historia moderna de Occidente han ocurrido tres grandes momentos de reacción contra la expansión capitalista internacional. Nadie sabe cuál será el destino de la tercera reacción, que estamos viviendo.
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Elijo el título de esta nota con pudor, pues hay cientos de artículos periodísticos y académicos y decenas de libros sobre el tema desde mediados de los noventa, acrecentados por la crisis financiera global de 2007, no digamos el trumpismo, el Brexit y eventos similares en muchos países. En tiempos más recientes, la victoria electoral de Gabriel Boric en Chile es emblemática por haber sido ese país el modelo neoliberal para América Latina y porque Boric representa el ascenso de una nueva generación de políticos.

No pretendo resumir ni analizar lo ya dicho y escrito, solo demarcar algunas líneas generales del fenómeno en perspectiva histórica y aventurar algunas conjeturas sobre lo que ya está en marcha.

Primera llamada

Lo más llamativo es la recurrencia histórica del fenómeno global. El surgimiento de los estados nacionales en la primera mitad del siglo XIX fue claramente una reacción a la expansión capitalista iniciada en Inglaterra, cuyos arietes fueron las máquinas textiles y de vapor. La palabra “reacción” no es sinónimo de “retroceso” en este caso, si bien el fenómeno incluyó elementos regresivos como la rebelión ludita contra las máquinas, la idealización romántica de la “comunidad orgánica” y muchas otras creencias y posturas por el estilo. Y la frase “surgimiento de los estados nacionales” no significa “surgimiento de las naciones”, pues estas son preexistentes al fenómeno y proporcionaron la simiente cultural donde germinaron las identidades nacionales europeas y latinoamericanas. Lo novedoso fue el establecimiento de estados con gobiernos representativos electos, constituciones escritas y división de poderes en Europa y el continente americano.

Estos procesos fueron largos y accidentados, con avances y retrocesos, pero a la postre resultaron en progreso político. Los nuevos estados nacionales reivindicaron sus tradiciones y al mismo tiempo optaron por el crecimiento económico, la creación de infraestructura, la innovación tecnológica, la educación pública y otros servicios esenciales. Puede decirse entonces que estas entidades son fenómenos modernos por derecho propio, las cuales sentaron las bases del progreso económico y social de las masas trabajadoras y de las sociedades nacionales a lo largo del tiempo.

{{Al respecto vienen a mi mente los libros Naciones y nacionalismo, Ernst Gellner (1983), Contra la corriente, Isaiah Berlin (1986), La gran transformación, Karl Polanyi (1947), La era de la revolución: 1789-1848, Eric Hobsbawm (1971) y el más célebre de los panfletos políticos jamás escritos: El manifiesto comunista de Marx y Engels, redactado al calor de los acontecimientos entre 1847 y 1848. En cuanto a las condiciones y factores que dieron origen a los estados nacionales de América Latina, dos libros muy útiles son Historia de América Latina Cambridge. De la Independencia a 1870 (vol. 5), ed. Leslie Bethell y Modernidad e Independencia. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, Francois-Xavier Guerra (1993).}}

Los estados nacionales surgidos en el siglo XIX no fueron, pues, hostiles al capitalismo ni al comercio internacional, sino que buscaron aprovechar esas fuerzas económicas modernizadoras en beneficio de sus propias sociedades. Pensemos en los liberales mexicanos de la época, férreos defensores de la soberanía e identidad nacionales, pero también muy abiertos al comercio y la inversión extranjera. Debido a estas dos características generales aparentemente opuestas, siempre hubo tensión entre los estados nacionales y las fuerzas económicas globales, tensión que terminó cediendo ante la gran expansión imperialista que empezó hacia los 1870. El ímpetu nacionalista decayó a favor de la muy optimista y complaciente idea de que la inversión extranjera y el comercio internacional eran las claves del progreso de todos los pueblos del orbe. El porfirismo, considerado entonces ejemplo para el mundo, es un caso paradigmático.

Segunda llamada

Este periodo de gran crecimiento económico, innovación tecnológica y concentración de la riqueza terminó en 1914 con la Gran Guerra, después de la cual hubo una segunda reacción contra la globalización, esta vez en forma muy destructiva y chovinista con el surgimiento de los regímenes totalitarios que provocaron la Segunda Guerra Mundial. No es posible desligar estas reacciones de la gran concentración de la riqueza y la inhumana explotación de la fuerza de trabajo prohijadas por el liberalismo económico, realidades usadas por demagogos monstruosos como Hitler y Mussolini para imponer los regímenes políticos más criminales y oprobiosos de la historia moderna.

(( La gran transformación y Ensayos sobre liberalismo de Karl Polanyi son básicos para comprender esta relación. ))

Tercera llamada, tercera

Hoy estamos viviendo la tercera reacción contra la globalización neoliberal, iniciada hacia 1975 por la dictadura de Pinochet en Chile y los gobiernos de Margaret Thatcher en el Reino Unido en 1978 y Ronald Reagan en los Estados Unidos en 1980. No es arbitrario fijar el fin de esta época en la crisis financiera global de 2007-2008, cuyas señales empezaron a fines de la década de 1990. Las protestas callejeras contra este orden global se suscitaron en 1998 en Seattle, Washington, y desde entonces no han hecho sino crecer en el mundo occidental, favoreciendo la emergencia de gobiernos nacionalistas hostiles a las organizaciones multilaterales y los criterios de “gobernanza” diseñados por tecnócratas neoliberales.

Las características de los gobiernos ahora emergentes son dispares, pero todos se distinguen por oponer lo nacional a lo global, sin ser necesariamente enemigos del comercio internacional y de la inversión extranjera. Sus visiones de sus propias naciones y del mundo son más políticas y culturales que económicas: políticas en el sentido de que anteponen los atributos del estado nacional a los estándares económicos y políticos globales, y culturales en el sentido de que apelan a sus respectivas soberanías e identidades nacionales como fuentes de legitimidad.

La no hostilidad al comercio internacional y, en menor medida, a la inversión extranjera, parece ser realista porque la mayoría de las economías nacionales están ya muy integradas al mundo, pero los estados nacionales quieren imponer sus propias condiciones, en particular el control sobre sus materias primas y lo que no hace mucho se llamó “los términos de intercambio”. En cuanto al orden mundial, quieren regresar al único mundo que les es conocido, el inmediatamente anterior al de la globalización neoliberal, sin negar la realidad abrumadora de la integración económica ya existente.

El Reino Unido se desliga de la Unión Europea y busca restablecer y fortalecer la Alianza Atlántica con Estados Unidos, mientras que este busca desligarse de China, contener su expansión económica y producir todo lo que le sea posible dentro de sus fronteras. A los países de Europa continental les queda muy difícil desligarse entre ellos porque su integración es muy profunda y de larga data, pero todos intentan fortalecer sus propias estructuras políticas en contextos de presiones nacionales muy fuertes contra la inmigración, tiznadas de un chovinismo agresivo que amenaza con salirse de control.

América Latina es ahora antineoliberal casi en su totalidad pero cada país presenta características propias, salvo una que los une: la ausencia de estadistas a la altura de las circunstancias. Sobre el gobierno mexicano es difícil hablar sin referir primero su mayor problema: que es un gobierno personalista muy cercano a la autocracia. No está de más recordar que la democracia de la antigua Atenas nació precisamente para evitar el riesgo de la arbitrariedad y el abuso del poder depositado en una sola persona.

En el mundo moderno es difícil aunque no imposible que surjan gobernantes de este tipo porque hay contrapesos formales e informales, nacionales e internacionales. Pero esto no evita que surjan gobernantes ineptos con ínfulas de trascendencia histórica. De hecho, todo gobernante que tienda a concentrar el poder se mostrará inepto por la imposibilidad de que una sola persona controle todos los asuntos, peor aún si ese gobernante es ignorante y cree que la ignorancia es virtud. Por lo tanto, lo único que podemos esperar de este gobierno es mayor desgracia, descontrol y caos.

Gabriel Boric sigue siendo una interrogante. Su discurso de triunfo electoral fue claramente conciliador y corrido al centro con el matiz de un compromiso con la defensa de los derechos de las minorías étnicas y sociales. La recuperación o el mayor control de Chile sobre sus recursos naturales –el cobre y el litio– y las reformas al sistema de pensiones y la educación son parte de la agenda principal.    

En suma, la historia moderna de Occidente presenta hasta ahora tres grandes momentos de reacción contra la expansión capitalista internacional cada cien años en números redondos. Nadie sabe el destino de la tercera reacción que estamos viviendo. La interrogación es mayúscula, pero parece claro que los asuntos de comercio internacional serán dirimidos entre estados nacionales que tenderán a prescindir de los organismos técnicos internacionales. Por otro lado, hay asuntos que solo pueden ser encarados mediante la cooperación internacional, como el cambio climático y las epidemias. Las cortes internacionales de derechos humanos seguirán siendo necesarias para juzgar crímenes de estado y de lesa humanidad pero no se puede negar que hay hostilidad sorda de diversos gobiernos contra ellas.

A lo que no se le ve solución es a la inmigración, cuyas oleadas golpean las puertas de los países desarrollados cada vez con más fuerza, atizando sentimientos chovinistas muy agresivos que hacen recordar los hechos que empezaron a envenenar a Europa hace… cien años.

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