Libertad de pensamiento

Por cortesía de Penguin Random House, publicamos un extracto de “El grito sagrado: Un ensayo sobre la libertad” (Taurus, 2025).
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

En 2004 tuve la suerte de acudir al Fórum Universal de las Culturas, en Barcelona. Recuerdo que tenía acreditación de prensa, porque entonces escribía para la revista mexicana Complot. El gafete me daba varias ventajas: entrada expedita al recinto (y gratis), la posibilidad de escribir y descansar en la sala de periodistas, y, la más valorada, poder acudir a las ruedas de prensa y a los diálogos más variopintos. Por ejemplo, el PEN Club Internacional organizó varias mesas bajo el nombre de “El valor de la palabra”. En una de ellas la periodista rusa Anna Politkovskaya nos dijo a los presentes, con enjundia, que Vladimir Putin “ha conseguido que reine la autocensura […]. Sembró semillas de autocensura y han brotado […]. En Chechenia el precio de la palabra es la muerte” (Blanchar, 20 de mayo de 2004). Se refería a la guerra que por entonces combatía Rusia en Chechenia. La periodista de Novaya Gazeta terminó su charla quejándose del trato que Occidente le daba entonces a Putin: “Me preocupa porque [Occidente] aplaude y le pone una alfombra roja a un asesino que tiene las manos ensangrentadas […]. La gente que no se pronuncia es cómplice de lo que sucede”. En octubre de 2006, una vecina de Politkovskaya la encontró muerta en el elevador de su edificio, la asesinaron a balazos. Hoy escribo veinte años después de escuchar las advertencias de Politkovskaya, Putin sigue en el poder, encabezando la invasión rusa a Ucrania.

En aquel foro también tuve la fortuna de escuchar a Salman Rushdie. Entonces, el escritor británico aún vivía bajo la vigilancia de los servicios secretos de su país, debido a la fetua que el ayatolá de Irán, Ruhollah Jomeiní, promulgó en 1989:

Estoy informando a todos los valientes musulmanes del mundo que el autor de Versos satánicos, un texto escrito, editado y publicado contra el Islam, el Profeta del Islam y el Corán, junto con todos los editores y editoriales conscientes de su contenido, están condenados a muerte. Hago un llamamiento a todos los musulmanes valientes, dondequiera que se encuentren en el mundo, para que los maten sin demora (BBC, 13 de agosto de 2022).

En 1991 el traductor de los versos satánicos al japonés, Hitoshi Igarashi, fue asesinado a cuchilladas al interior de su oficina de la Universidad de Tsukuba. Ese mismo año, Ettore Capriolo, traductor al italiano de la obra, fue apuñalado en su casa de Milán; por fortuna sobrevivió al ataque. Rushdie pasó una década en la clandestinidad. En aquel 2004, habló en Barcelona sobre la libertad de expresión: “La batalla por la libertad de expresión empieza al defender algo de lo que discrepas, […] es una batalla sucia, porque defiendes cosas que no te gustaría tener en una estantería” (El País, 17 de mayo de 2004).

En aquel entonces ya admiraba mucho a Rushdie, hacía poco que había leído los Versos satánicos, y acababa de leer Furia, dos novelas fascinantes. A eso había que sumarle el aura que le daba salir de las sombras y, además, de la mano de la actriz y modelo Padma Lakshmi. No lo digo de manera banal, imagínense el impacto que produjo la llegada de Rushdie a la gran sala: primero entraron los guardias de seguridad abriendo campo, y luego pasaron el escritor y la actriz, rodeados de paparazzi. Me dio la impresión de que los fotógrafos iban más enfocados en ella que en él. En fin, Rushdie entró al recinto rodeado de seguridad y belleza y soltó un discurso contundente. Me resultó admirable. Siempre lo consideré un escritor importante y un tipo que, sin conocerlo, me agradaba por su voz fuerte en favor de la libertad de expresión y contra los abusos de la intolerancia religiosa.

Gracias al paso del tiempo y a leer en la prensa que la seguridad en torno a Rushdie se relajaba, muchos llegamos a pensar que la fetua había quedado atrás. Pero el 12 de agosto de 2022 un muchacho de pelo casi a rape, barba de unos días, que iba vestido con una camisa de estampado militar y mangas grises, largas, se abalanzó sobre él, armado con un cuchillo, con la intención de asesinarlo. Al sentirlo llegar, cargando como búfalo con un cuerno de metal cortante, el escritor británico levantó la mano izquierda para protegerse del filo que lo amenazaba. El tipo le atravesó la palma con el cuchillo y le cortó varios tendones, después le apuñaló el ojo, la mejilla, el cuello y el pecho. Llevó a cabo toda esa carnicería en apenas veintisiete segundos, lo que tardaron varios de los presentes en aquel auditorio, situado en Chautauqua, a orillas del lago Erie, en reaccionar e inmovilizar al agresor, un tal Hadi Matar, originario de New Jersey. Salman Rushdie salvó la vida gracias, en buena medida, a la virtuosa intervención de mucha gente, como lo narra en su libro Cuchillo:

Varios miembros del público obraron también conforme a lo mejor de sí mismos. No sé cuántas personas exactamente corrieron a ayudar, pero, desde donde me encontraba, fui consciente de un montón de cuerpos que bregaban por inmovilizar a mi proyecto de asesino, pese a que él era joven, empuñaba un cuchillo ensangrentado y no era fácil de neutralizar

[…] No les vi la cara ni sé cómo se llaman, pero fueron los primeros en salvarme la vida. Así pues, aquella mañana en Chautauqua experimenté, casi simultáneamente, lo peor y lo mejor de la naturaleza humana. Esto es lo que somos como especie: llevamos dentro tanto la posibilidad de asesinar a un desconocido casi sin motivo […] como el antídoto para esa enfermedad: valor, abnegación, inclinación a prestarle ayuda a un viejo tirado en el suelo (Rushdie, 2024).

No sólo esos valientes desconocidos le salvaron la vida, también los médicos presentes en el auditorio; los que lo atendieron en el helicóptero que lo trasladó al hospital, y aquellos que lo operaron de emergencia. Pero también se salvó por la falta de oficio de su fallido asesino: “Otro de los médicos me dijo: ‘Sabe de qué ha tenido suerte? De que el hombre que le agredió no tuviera ni idea de cómo matar a alguien con un cuchillo’” (Rushdie, 2024).

Cuchillo es un libro que habla del dolor físico, la depresión postraumática, del amor de pareja y del familiar, de lo potentes que pueden ser los lazos humanos. Y habla de la soledad, de la falta de sentido que llega a tener la vida de quienes son cegados por dogmas religiosos o políticos. “Cuando los creyentes creen que lo que creen debe ser impuesto a los no creyentes, o cuando creen que a los no creyentes debería prohibírseles expresar saludable y humorísticamente su descreimiento, entonces hay un problema”, dice Rushdie. ¿Cuál es el problema?

John Stuart Mill, que escribió Sobre la libertad, nos advierte que impedir ciertas ideas empobrece la vida democrática y la búsqueda de la verdad. Explica que hay una gran diferencia entre, por un lado, asegurar que una opinión es verdadera, gracias a que cada vez que se ha intentado refutarla las razones ofrecidas han sido incapaces de hacerlo, y, por el otro lado, decir que es verdad porque está prohibido intentar refutarla. Por supuesto que cuando hablamos de ideas religiosas la refutación es más compleja, si es que incluso tiene sentido hablar de refutación racional de una idea religiosa. En ese sentido, los asuntos de credo deben permanecer en el espacio privado. Pero otra cosa es prohibir la discusión de ideas que claramente pueden intentar refutarse, ideas que intentan, mediante la razón, explicar una parte del mundo o de la sociedad. Se las prohíbe para acallarlas, para invisibilizarlas, para desaparecerlas y, así, evitar la disidencia, que siempre pone en tela de juicio lo que defendemos. Recordemos, por dar un ejemplo entre muchos, cómo la dictadura de Pinochet desarticuló el estudio de las ciencias sociales en Chile:

La vida académica y universitaria chilena quedó muy marcada […] por los sucesos del 11 de septiembre de 1973. El control de la educación, de la enseñanza y del libre pensamiento es una práctica habitual de todo régimen autoritario. La estrategia inicial de los golpistas respecto a las ciencias sociales y a la sociología, no fue otra que desarticularlas con el uso de la violencia. […] [El] gobierno militar cerró el ceso y la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Chile, el CEREN de la Universidad Católica de Chile, el Instituto de Sociología de la Universidad de Concepción, y fueron intervenidos la Universidad Técnica del Estado, hoy Universidad de Santiago de Chile, y el Instituto de Sociología de la Universidad Católica de Chile. A partir de ese momento, numerosos científicos sociales chilenos, latinoamericanos y extranjeros “fueron tratados con hostilidad”, se vieron expulsados de sus puestos de trabajo, sufrieron torturas, persecuciones, vejaciones e incluso algunos pagaron con su vida los desmanes autoritarios (Morales y Garber, 2018).

Los regímenes autoritarios no están interesados en la indagación pública de la verdad. Al contrario, sostienen la verdad por la fuerza y, para facilitar su trabajo, impiden cualquier intento de refutación. Desgraciadamente, la política anticientífica de las dictaduras latinoamericanas —porque lo que se narra arriba sobre Pinochet sucedió también en otras latitudes, como Brasil, Argentina y Uruguay— sigue sucediendo en pleno siglo XXI. Por ejemplo, mi amigo Andrés Moles y su familia, tuvieron que trasladarse de vivir en Budapest a Viena, debido a que el presidente de Hungría, Viktor Orbán, decidió expulsar del país a la Central European University (CEU), donde Moles enseña filosofía política. La expulsión se debió, en parte, a que la CEU fue fundada por George Soros, enemigo público de Orbán, pero también a que la universidad educa para que sus estudiantes valoren la libertad de pensamiento y sean funcionarios demócratas en un país que se dirige directo al autoritarismo.

Lo de Orbán va más allá, pues prohibió los departamentos de estudios de género. Su gobierno defiende que las personas nacen como hombres y mujeres y, por tanto, carece de sentido destinar recursos al estudio del género, que es, según él y sus partidarios, mera ideología. El asunto es más grave aún: en 2021 el Parlamento húngaro, controlado por una supermayoría del partido de Orbán, transfirió el gobierno de las universidades a un conjunto de fundaciones cuyos administradores son designados por el mismo Parlamento donde el partido de Orbán, decíamos, tiene supermayoría. La nueva ley establece que dichas fundaciones, que manejan los recursos económicos de las universidades, serán responsables de “fortalecer la identidad nacional”. Cabe recordar que el gobierno de Orbán lleva años impulsando, dentro de los programas de educación básica, los valores tradicionales y el etnonacionalismo. De acuerdo con este propósito, se enseñan sentimientos xenófobos y se glorifica a Orbán. La reforma que señalo, qué duda cabe, les quita autonomía a las universidades. El asunto de la autonomía universitaria no es trivial, la generación de conocimiento requiere de un ambiente libre de presiones ideológicas, de dogmas políticos. Sin un entorno en el que los investigadores puedan publicar resultados de investigaciones que contradigan, digamos, la utilidad de políticas públicas del programa de quien gobierna, todos perdemos: los contribuyentes que aportan los recursos y, peor, las personas a las que van destinados dichos programas.

En nuestro continente también hay políticas para restringir la libertad académica, que es una forma de la libertad de pensamiento. En 2022 el gobernador de Florida, Ron DeSantis, presentó la ley Stop Woke, que prohibía a las escuelas y a los negocios enseñar ciertos conceptos relacionados con el racismo, el género, el privilegio. También prohibía que se discutiera cómo el género o el racismo se intersecan con distintos sistemas sociales como el legal, el sanitario o el de educación. Entre las penas por violar la ley se encontraba la pérdida de fondos públicos. Un juez declaró que la ley era inconstitucional. En 2023 funcionarios del sistema educativo de Florida rechazaron libros de texto sobre estudios sociales por contener referencias al asesinato de George Floyd y al movimiento Black Lives Matter. Bajo ese criterio, el ensayo No puedo respirar, que publiqué en 2024 y que se refiere en varias ocasiones al caso Floyd y a los males sociales del racismo, no podría haber sido considerado como libro de texto en Florida.

En 2021 la ONU emitió un informe que advierte que las violaciones a la libertad de pensamiento van en aumento. Por ejemplo, aquellas que, como aquí se ha mencionado, atentan contra la libertad y la educación intelectual. Al menos en 32 Estados miembros de las Naciones Unidas, la educación religiosa o ideológica es obligatoria para todos los alumnos de la educación primaria pública. Escoger una educación distinta resulta imposible o muy cuesta arriba para los alumnos y sus familias. Hay casos más dramáticos, en los que el Estado intenta alterar, por medio de la fuerza, pensamientos considerados peligrosos para la seguridad nacional. El informe cita el caso de Etiopía, donde el gobierno encierra en “campos de rehabilitación” a prisioneros políticos. Ahí reciben adoctrinamiento político en condiciones de vida miserables. Además se les somete a actividades físicas extenuantes, todo con la finalidad de alterar sus pensamientos. Según el informe, hay reportes procedentes de China en los que se señala la detención de uigures y de miembros de otras minorías religiosas en campos de reeducación. En ellos se obliga a los detenidos a asistir a reuniones semanales en las que se les hace memorizar y recitar documentos de política pública China.

Hay otras formas de violación de la libertad de pensamiento. El informe de la ONU se refiere al problema que introduce la vigilancia con tecnología. Sucede cuando ésta se presenta como capaz de revelar los pensamientos de las personas a través de la inferencia. A partir de la premisa de que es posible identificar “pensamiento extremista”, ciertas plataformas e instancias gubernamentales se permiten intervenir antes de que tales ideas se manifiesten en actos violentos. Muchos Estados vigilan a sus ciudadanos mediante el espionaje de sus comunicaciones, el monitoreo de su uso de internet, el análisis cruzado de sus datos de redes sociales y de registros gubernamentales. Así pues, por ejemplo, el material filtrado por Edward Snowden, sigue el informe, muestra que la alianza de inteligencia Five Eyes (Estados Unidos, Reino Unido, Nueva Zelanda, Canadá y Australia) vigila distintos aspectos de la huella digital de los ciudadanos, pues esto, supuestamente, le permite hacer inferencias sobre su pensamiento. El aumento de delitos en grado de tentativa, relacionados con terrorismo y extremismo, que se han legislado en años recientes levanta preocupación entre los expertos de la ONU, pues ahora se procesa criminalmente a personas sin probar ningún acto grave, con sólo mostrar que se accedió a contenido en línea que podía usarse para cometer un acto terrorista. Un ejemplo de lo anterior: el 20 de diciembre de 2024 la policía detuvo en Barcelona a un joven de 19 años, nacido en Melilla. “Está acusado no sólo de adoctrinar supuestamente a terceras personas, sino también de recabar información en internet sobre cómo utilizar arsénico para realizar un envenenamiento masivo”, reporta El País (López-Fonseca, 20 de diciembre de 2024).

Por otro lado, el desarrollo de tecnología que puede, después de escanear el cerebro, “inferir” lo que las personas están pensando abre un debate que antes no parecía necesario. Hasta hace poco suponíamos que la actividad en nuestro fuero interno era inalcanzable para los demás: yo podía pensar lo que quisiera sin preocuparme por que los demás tuvieran acceso a mis pensamientos. Sin embargo, el desarrollo cada vez más preciso de instrumentos capaces de “inferir” nuestros pensamientos conduce a la necesidad de proteger la libertad de pensamiento, de poner límites a lo que los demás pueden conocer sobre lo que sucede en nuestro fuero interno.

Imaginemos que los desarrolladores de tecnologías de detección de emociones, como la resonancia magnética funcional (fMRI), inventan un “lector de emociones” que puede instalarse en la entrada de lugares muy concurridos: estadios, aeropuertos, centros comerciales. Y que además se demuestra (todo esto es un ejemplo imaginario) que los terroristas siempre van muy enojados antes de cometer un ataque. Gracias a ello se podría establecer una norma que prohibiera el paso de personas enojadas (según lo detectara una máquina de fMRI) a lugares públicos. Quizá se evitarían ataques terroristas, pero las personas enojadas no terroristas pasarían muy malos ratos. Y, además, nos queda la pregunta: en pos de la seguridad, ¿el Estado tiene derecho a escanear mi cerebro para averiguar si estoy enojado? ¿No tengo derecho a estar enojado y querer que nadie lo sepa?

El desarrollo de la neurotecnología representa una esperanza para tratar trastornos como la demencia senil, pero también, dice el reporte de la ONU, puede modificar y manipular pensamientos. Así, pues, ejemplifica: la estimulación magnética del cerebro puede alterar el razonamiento moral, y la estimulación eléctrica parece que podrá convertirse en un tratamiento para la depresión. La optogenética —combinación de métodos genéticos y ópticos para controlar eventos en ciertas células de tejidos vivos— podría permitir la modificación, eliminación o recuperación de recuerdos: hasta la fecha, investigadores ya han logrado crear recuerdos artificiales en ratones, que “recuerdan” ciertos eventos de manera comparable a los recuerdos genuinos.

La libertad de pensamiento o de formar, mantener y desarrollar ideas, opiniones y creencias sin interferencia externa es seminal. Sin ella las demás libertades carecen de sentido. ¿Para qué quiero libertad de expresión si no tengo libertad de pensamiento? Tampoco puedo tener libertad de culto sin libertad de pensamiento. ¿Para qué quiero igualdad de oportunidades para llevar a cabo mi plan de vida si no puedo desarrollar dicho plan de vida? En algún momento de aquellos años de rizos al aire que narré al iniciar este ensayo decidí convertirme en escritor. Llevo treinta años intentando cumplir ese deseo. ¿Cómo me sentiría si mi madre me dijera que contrató a una empresa de optogenética para que me implantara, hace treinta años, ese sueño en la cabeza? Me sentiría profundamente dañado, persiguiendo con ahínco un plan de vida que no escogí, pese a pensar toda mi vida que sí lo hice. Sería una grave violación a la autonomía, a la libertad de vivir mi propia vida y darles sentido a mis días. Urge que tanto los organismos internacionales como los legislativos nacionales regulen lo que se puede y lo que no se puede hacer, a través de la tecnología y la recolección de datos, con nuestros pensamientos o, de lo contrario, estaremos en grave peligro de perder esa libertad que parecía intocable. ~


Extracto de El grito sagrado: Un ensayo sobre la libertad (Taurus, 2025).


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: