Antología, de Severo Sarduy

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FERVIENTE PLEGARIA VACÍASevero Sarduy, Antología, prólogo de Gustavo Guerrero Jiménez, Fondo de Cultura Económica, México, 2000, 275 pp. (Título de reciente circulación en España.)De visita en Benarés, Severo Sarduy cuenta haber arrojado ritualmente a las aguas del Ganges su última novela, una novela que el río parecía no querer reconocer. El encartonado relato "flota, deriva y, lo que es peor, se va alejando poco a poco hacia la mala orilla". Hay entonces que perseguir el manuscrito, hundirlo a remazos encarnizados hasta que se lo lleve la corriente, "hacia el delta, hacia Dios".
     La escritura ha tenido siempre este carácter reticente en Sarduy. Se ha perfilado como un arte del escamoteo, un juego a medias cómico y a medias sagrado, una especie de hueca plegaria, con un sospechoso matiz de vacío al fondo. Por sí misma —confiesa— "no conduce a ninguna percepción otra, a ningún conocimiento", a ningún océano. Al revés, en tanto reflejo de la ilusión, lo que nos evoca no es sino la vacuidad de lo real y su cortejo de engalanados espejismos.
     El desencanto de Sarduy en torno al texto es tal que llega a dudar de una posible literatura cubana —una literatura en la que se dé la definición de una idiosincrasia caribeña—, para apuntar a renglón seguido y haciendo uso del famoso choteo habanero cómo es parte de esa literatura negar su propia especificidad. De hecho, Cuba es una superposición de mezclas, no una adición sino un conglomerado de lo diverso y "lo heterogéneo yuxtapuesto". Al mismo Severo se le ha acusado muchas veces de combinar impunemente las enseñanzas del grupo Tel Quel con la salsa antillana dentro de un híbrido de Carmen Miranda cruzada con semiólogo francés.
     Pero si no hay escritura caribeña, más difícil resulta aislar lo que llamaríamos un "pensamiento prototípico cubano". Especialmente porque en la isla todo está de continuo empezando. Si "la interpretación es un cimiento", la exégesis allí constituye una perenne fundación y la única seguridad reconocible es la de lo que recomienza. El pensamiento cubano, para Sarduy, está perpetuamente en un grado cero, es primigenio, está iniciándose siempre y echando cada vez raíces.
     Eso no le impide a Severo Sarduy considerarse un heredero. Su legado proviene directamente de Lezama Lima, pero es un legado que paradójicamente promulga esa condición de primicia, de tradición continuamente inaugurada.
     ¿Cómo entonces instaurar alguna forma de pensamiento crítico, cómo ejercerlo? En los dispersos artículos de Sarduy que Gustavo Guerrero reúne por primera vez para esta antología, el autor no puede evitar sentir lo que él califica de "insuficiencia hermenéutica", es decir, la aceptación de que se escribe y se analiza desde una irremediable carencia. Aún más, reconoce que la carencia es la forma consuetudinaria de cualquier crítica. El enigma encuentra, para él, su mejor contestación en otro enigma y "el saber no avanza obteniendo respuestas, sino añadiendo nuevas preguntas".
     Al rechazar las probabilidades de certezas últimas en el ejercicio analítico —él habla de la ineficacia de emprender "un discurso sobre una obra que progresa en paralelo a su propio comentario"—, Severo Sarduy está dibujando los principios de una anticrítica, un trabajo básicamente aporético que procede a saltos, excedido por su materia y su objeto, incapaz de seguir una lógica lineal para actuar por anamorfosis, en diagonal con su motivo como el movimiento demente del alfil sobre el tablero. Esta metáfora habitual en Sarduy —alfil en francés se dice fou— nos está hablando de la locura en tanto esquema conductual y proceder reflexivo.
     Y de este modo el pensamiento de Sarduy, algo que revela igual su ensayística mayor —Escrito sobre un cuerpo, Barroco, La simulación— que las pequeñas piezas ahora recogidas, procede en un devenir delirante o en una meditación que se autogenera. Procede por exceso, por desmesura, marcha sonámbulo, desbordando sus páginas, superando sus fronteras. El pensamiento es así hipertélico —que diría Lezama— y sólo existe cuando es su propio suplemento.
     Un acercamiento diacrónico, historicista o acostumbrado operaría mal en la lectura de este trabajo arborescente y contradictorio de Severo. Recordemos que para él, parafraseando a Julia Kristeva, "la contradicción es la base de toda significación" e imaginemos lo que tal presupuesto implica en la composición de una escritura ensayística. El ensayo que nos presenta Sarduy lo es en tanto que aventura, la interpretación lo es como peripecia. Y el género, pese a la carga de contenido que siempre se le supone, aquí no deja de ser una labor verbal, labor de fabulación retórica: que esto se produzca además en el interior de textos de común gravados con el prejuicio de la búsqueda de verdad resulta una operación altamente sofisticada y revolucionaria, ilustradora de nuestros mecanismos intelectivos para aprehender lo verdadero.
     Porque el problema central y definitivo que estos textos se plantean es el de la representación —¿qué es representar, qué dar a ver?—, problema en el que Severo detecta una crisis insoluble. Si ya no hay modo de decir, lo único que resta es seguir diciendo, no escribir sobre algo, sino simplemente escribir algo. Sarduy sustituye el plano del contenido por el de su forma. Lo que parece importarle es la materialidad de la obra y no su trascendencia: su puesta en escena, su estilo, su densidad fonética, su presencia teatral y la sola acción creadora.
     En algún momento, Severo admitió como ideal al bailarín Nureyev y como escritura un ejercicio corporal, rápido y directo, "el cuerpo en la majestad pura del nombre, trazado en el aire". Se trataba de alcanzar una práctica gestual de la literatura, una suerte de action writing en la que la carne toda participe con su peso y su musculatura. Si la escritura de Sarduy pretende algo es este mostrarse como acto, como gesto limpio en el camino de constituirse y en la inmediatez de su producción.
     Da la casualidad que fue el barroco —la época que más interesa y más estudia Severo— el momento en que se empieza a confiar en la exterioridad del signo, en la utilidad de su misma representación. Para la Contrarreforma, los sacramentos operan y son eficaces por el mero hecho de su ejecución. Si nada se esconde tras la máscara sarcástica de este mundo, al menos queda la máscara en sí; si nada dice la señal, al menos la tenemos a ella como una traza, y si la obra no revela, que al menos diga con el ceremonial de la antigua fe. El ensayo de Severo opera con todo el empaque de un viejo ritual, cuando todavía se confiaba en el acceso a un sentido. A cambio, él nos ofrece la operación, el actuar mismo, el sacramento ejecutado, la novela arrojada a unas aguas que la repudian. –

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