Susan Sontag: escrituras iconoclastas

Obra imprescindible

Susan Sontag / Edición de David Rieff

Random House

España, 2022, 784 pp.

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El periodista y crítico cultural David Rieff compiló en Obra imprescindible (Literatura Random House, 2022) textos relevantes de su madre, Susan Sontag (1933-2004), provenientes tanto de libros como de publicaciones periódicas, un esfuerzo considerable dada la variedad de temas por los que navegó la escritora. Las ideas de su tiempo y del pasado apasionaron a Sontag tanto como los valores vigentes relativos al género y la política, a lo que se sumó su interés en las expresiones estéticas que han conformado las sociedades occidentales contemporáneas. Los criterios de la selección de Rieff conjugaron la opinión de la autora sobre su propio trabajo y la relevancia de su pensamiento en el presente, además del fin personal del antologador, fundado en la razón y el afecto: la siempre problemática lucha contra el olvido. En palabras del irónico Rieff, “el repudio es la burda prerrogativa de los jóvenes”, afectos a condenar el pasado con suma facilidad. Sontag tiene algo que decirle a la juventud que no sufre, de manera irremediable, de esta singular vocación por la ignorancia, pecado común a tantas generaciones desde el siglo XX. También es capaz de interpelar a un público amplio, conocedor o no de su trabajo intelectual.

De entrada, existen posibles reservas frente a Sontag: el rechazo a la figura del o la intelectual, su reducción a una pensadora para feministas y su fama actual como ícono lésbico. Ciertamente, Sontag constituye el paradigma de la intelectual pública que, durante más de cuatro décadas de producción intelectual, analizó el cine, la fotografía, la literatura, la política, el feminismo, la guerra, la enfermedad y la filosofía; no obstante, nada más lejos de ella que el diletantismo y la frivolidad conceptual. La reserva en cuanto a las ambiciones de la intelectualidad pública y comprometida, guía y faro de la modernidad, no es incompatible con la lectura de la autora de La enfermedad y sus metáforas (1978), libro clave para entender las emociones políticas y personales –el miedo, el asco, la vergüenza– que han suscitado la tuberculosis, el cáncer y el VIH, no por casualidad presentes en el arte, el cine y la literatura. En cuanto a la plausible y adecuada ubicación de Sontag en la genealogía del feminismo, resulta parcial si nubla su atención hacia la complejidad cultural del mundo que le tocó vivir, irreductible a la diferencia entre los géneros. Por último, su vida lésbica está lejos de poseer la contundencia teórica, literaria y activista de figuras como Adrianne Rich (2029-2012) o Silvya Molloy (1938-2022), por lo que no vale la pena su encasillamiento.

Una vez superados estos escollos, nos topamos con una mujer reacia a los sistemas –como su admirado Roland Barthes (1915-1980), sujeto de un espléndido ensayo recogido en el volumen reseñado–, dispuesta a cambiar de opinión, un saludable hábito no demasiado frecuente en el mundo cultural y universitario. Apeló al ensayo, el artículo de opinión, el diario y la ficción como formas expresivas, sin quedarse con ninguna de manera exclusiva y lejos del diletantismo y la frivolidad conceptual. El interés de Sontag en la forma, motor de la vitalidad de la estética como representación del mundo, evita estos dos peligros. Se identifica con una crítica atenta a la forma y se asegura de entender las particularidades de la fotografía, la literatura y el cine en tanto discursos artísticos con características propias. En los ensayos sobre Robert Bresson (1901-1999) y Jean Luc Godard (1930-1922) describe sus respectivas técnicas cinematográficas, diversas pese a que ambos directores compartían inquietudes de su tiempo. La singularidad de sus tomas, de la dirección de actores y de sus herencias cinematográficas y literarias conforman universos distintos.

Un fragmento de Sobre la fotografía (1977) insiste en la huella técnica de la cámara como dispositivo realista en plena época del imperio de la imagen, por lo que surge la pregunta medular sobre la naturaleza misma de la representación evidente en el encuadre y la elección de los momentos a fotografiar. En “Fascinante fascismo”, Sontag aplica estos criterios al libro de fotografías The last of the Nuba, de la alemana Leni Riefensthal (1902-2003), documentalista y propagandista del nazismo, y reconoce las claves del fascismo estético en la exaltación de la lucha, el cuerpo masculino, la fuerza y el honor de los nubas africanos. Sontag caracteriza la fe comunitarista –que no solo trasciende el individualismo burgués, sino también contempla la cima de lo humano en la virilidad– como el trasunto de la política devenida en estética, antídoto fascista del capitalismo y, especialmente, de la democracia liberal. Esta ideología, inextricablemente ligada a la rotunda audacia del documentalismo de la alemana, funciona al confrontar al público con imágenes sobrecogedoras y extáticas ligadas al heroísmo, como ocurre en los documentales Olimpia (1998) y El triunfo de la voluntad (1935), que responden a las pulsiones de las sociedades de masas liberadas de los frenos de la razón ilustrada.

Esta comprensión del fascismo como estética explica la supervivencia de una sensibilidad y una aspiraciónque se han prolongado hasta hoy, ligadas a la música popular, al cine de superhéroes e, incluso, a las reivindicaciones acríticas del pasado que definen a la izquierda. Crítica del capitalismo, Sontag detectó no solamente la sobrevivencia del fascismo, sino también la naturaleza dictatorial del comunismo soviético (“Joseph Brodsky”) y chino (fragmento de “La conciencia uncida a la carne”), evidente en su moralidad utópica, “una dictadura del bien” que obtura la capacidad crítica de la ciudadanía en general y de los artistas, pensadores y escritores en particular. Al definir el ethos comunista como moralidad utópica, frente al fascista, como una estética utópica, Sontag allanó el entendimiento del conservadurismo artístico y filosófico de estos sistemas políticos (“Fascinante fascismo”).

“Notas sobre lo camp” insiste en que la contemporaneidad industrializada y densamente urbanizada, lugar de la sociedad de masas, supone la exaltación del artificio, la voluntad de atraer la atención sin ánimo trascendente y la glorificación del personaje como máscara de la persona. No por casualidad, Sontag considera a la cantante cubana La Lupe (1936-1992) una expresión consumada del camp, junto al ballet El lago de los cisnes y las óperas de Vincenzo Bellini, que, gustos aparte, se prestan a los virtuosismos exentos de una mínima verosimilitud narrativa. Aunque el término camp pasó de moda ante el empuje universal del término “kitsch”, la reflexión de Sontag se mantiene en pie, sobre todo al observar fenómenos masivos al estilo del personaje de Bad Bunny, una máscara de reivindicación nacional y política que oculta a la persona, un empresario millonario puertorriqueño que vive una vida cosmopolita acorde con su situación económica.

Uno de sus textos más vigentes es “Contra la interpretación”. Sontag, crítica literaria, se opone a la arrogancia de la interpretación del contenido, pues en lugar de excavar en la ideología detrás del mensaje explícito, considera mucho más productivo el juicio acerca de la forma, la conexión real del texto con la cultura. Sontag se refiere en especial a los usos de Marx y a Freud, cuya genealogía llega al presente en los empeños de la crítica fundamentalmente ideológica a diversas formas de opresión. Un modelo a imitar para Sontag es Walter Benjamin (1892-1940), concretamente su abordaje de la figura del narrador (“El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nikolai Leskov”), cuya transformación de la oralidad a la forma novelesca expresó el naufragio de la experiencia en tanto factor central de continuidad cultural, que marca la existencia moderna asediada por el cambio permanente. En cuanto a su propia práctica crítica, “Nathalie Sarraute y la novela” constituye un excelente ejemplo: Sontag sostiene que Sarraute transforma la novela al rechazar la trama, los personajes tradicionales y la psicología clásica para centrarse en morosos y casi inaprensibles movimientos mentales. Así, en lugar de contar historias, su escritura explora procesos internos del lenguaje y la conciencia, un logrado intento de renovar la novela convertida en un ejercicio pleno de rigor formal. Este rigor, acorde con la sensibilidad del siglo XX, emparentaba la obra de la francesa con el denso entramado de rupturas y propuestas del arte, la literatura, la arquitectura, el cine y la música del período.

Su insistencia en la forma y en la libertad estética no significa que Sontag no fuera cabalmente consciente del racismo, la dominación masculina, las pervivencias coloniales, el rechazo a la población LGBTQ y los límites propios del clasismo. Por el contrario, luchó y escribió contra tales formas de opresión, pero jamás aceptó que las prácticas simbólicas debían someterse a una moral. El placer moral del arte significa “la gratificación inteligente de la consciencia” (“Sobre el estilo”). Siguiendo esta línea, escribe “La consciencia de las palabras”: “la literatura es un sistema –un sistema plural– de criterios, ambiciones, lealtades. Parte de su función ética es que la diversidad es un valor”. También agrega: “La primera tarea de un escritor no es tener opiniones, sino decir la verdad… y negarse a ser cómplice de mentiras e información errónea. La literatura es la casa del matiz y de la indocilidad a las voces de la simplificación. La tarea del escritor es que sea más difícil creer a los saqueadores mentales. La tarea del escritor es hacernos ver el mundo tal cual, lleno de muchas reivindicaciones diferentes y papeles y vivencias.” Las escritoras argentinas Ariana Harwicz y Mariana Enriquez podrían coincidir perfectamente con este ideario, tan lejano a las exigencias morales y programáticas que abundan en el mundo universitario y cultural actual.

La lectura de Obra imprescindible resulta indudablemente vigente, con su inevitable toque nostálgico. La novelística de Sontag, presente en los capítulos antologados de El amante del volcán, En América y Así vivimos ahora, remite al predominio de la cultura literaria, que ella misma dio por superado al señalar tanto el auge de la cultura científica como la mayor e implacable audacia de las búsquedas audiovisuales, escénicas, musicales y arquitectónicas. La superación de la cultura literaria como expresión paradigmática de la cultura no significa, vale la aclaración, la extinción de la literatura sino su desplazamiento a un terreno de menor influencia, situación evidente no solo en la educación formal sino en las referencias comunes que nos unen. El solo título de su cuento “Peregrinación”, el relato de la visita de un par de adolescentes al escritor alemán Thomas Mann, retrotrae a un elemento religioso, expresado también en ciertas frases: “Coleccionaba dioses” o “Leer y escuchar música: los triunfos de no ser yo misma”. Estas frases definen perfectamente mi adolescencia y primera juventud, convertidas ya en motivos de nostalgia porque mis dioses han enmudecido entre mis estudiantes y hasta entre los colegas académicos y escritores. No siento pena por ello, es el destino lógico de una moderna iconoclasta, una muy humilde heredera del legado de Susan Sontag. ~


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