El saxofonista Sonny Rollins (1930-2026) fue imponente por su corpulencia física pero, sobre todo por su estatura musical. Figura axiomática del jazz moderno, tuvo un estilo impulsivo, caudaloso y turbador con influjo de Charlie Parker y Coleman Hawkins.
Hijo de músicos aficionados originarios de la isla de Santo Tomás, comenzó en el piano a la edad de ocho años. Por consejos familiares se interesó en el saxofón alto, que empieza a estudiar en 1942 y practica con sus compañeros del colegio. Las avenencias del pop y su admiración por el vocalista Louis Jordan lo absorben en esos años juveniles. Escucha el álbum Body and soul del saxofonista tenor Coleman Hawkins en 1946 y se pasa al saxofón tenor: “Escuchaba ese disco de Hawkins y me di cuenta que ahí estaba mi iluminación. Me aprendí los solos y me convertí en un admirador incondicional de su expresividad, de su sonido agresivo y a la vez melódico y sensual. Encontré en él la inspiración de lo que yo quería hacer en el jazz”, confesó Rollins en 1987 a Jazz Magazine.
Posteriormente conoce a Charlie Parker, saxofonista alto, quien se convierte en una presencia determinante en la conformación de su estilo. En 1949, a los 18 años, debuta en grabaciones con el cantante Babs González, el trombonista J. J. Johnson, los pianistas John Lewis y Bud Powell, los trompetas Fast Navarro y Clifford Brown y los bateristas Roy Haynes y Max Roach. En 1951 colabora con el compositor, trompeta y director Miles Davis (Dig, 1951)y se gana el respeto entre los melómanos y críticos de jazz. La placa Sonny Rollins with The Modern Jazz Quartet (1951), su primera grabación como líder, lo ubica como figura clave del bop.
En 1953, dos solos –“Think of one” (Monk) y “Friday the thirteen” (Thelonious Monk and Sonny Rollins)– y tres temas de su autoría –“Airegin”, “Doxy” y “Oleo”– lo confirman como un improvisador de subjetivo imaginario. Es la primicia del despliegue de la emocionante, impetuosa y lírica disertación melódica, que lo identificará durante toda su carrera a través de exposiciones de un mismo motivo de manera recurrente, largos introitos, citas inesperadas (loores, canciones infantiles, calipsos) y remates imprevisibles. “Rollins es un maestro en el uso de un humor de ribetes turbadores: cadencias interpoladas y secuencias sonoras encadenadas que se bifurcan sobre la melodía a una velocidad sorprendente”, ha dicho el musicólogo e historiador del jazz Frank Tirro.
Con una vida marcada por actos extravagantes y de irresolución que derivaron en autocrítica por la “necesidad inalterable de encontrar lo absoluto en la música” (Gérald Arnaud y Jacques Chesnel), Rollins se sumergió en varios retiros autoimpuestos: entre 1954 y 55 se desempeña en Chicago como jornalero, en total abandono de la música; entre 59 y 61 permanece en secreto en Nueva York, donde practica el saxofón bajo los reflujos nocturnos en un puente del East River; del 63 al 65 se niega a encerrarse en un estudio de grabación y viaja a la India y a Japón, interesado en el estudio y ejercicio del budismo zen; del 67 al 72 se aleja de los escenarios hasta la aparición de Sonny Rollins’ next album, una placa con toques de fusión que marca su retorno definitivo a la actividad musical.
Los principales aportes de Rollins al jazz se hacen evidentes cuando se integra al quinteto del baterista Max Roach y del trompeta Clifford Brown en 1955, año en que extiende un manejo instrumental novedoso que lo sitúa como saxofonista de primera línea. Cabe destacar el memorable Tenor Madness (1956),fonograma en que confronta a John Coltrane: la acústica del sax tenor evangeliza las concordancias del hard-bop. Rollins introdujo una manera de improvisar en que la rehechura, la multiplicidad temática y la supresión o elipsis demociones melodiosasconforman una nueva conexión orgánica en la sonoridad de los grupos que dirige.
Un momento crucial viene con la aparición del impresionante Saxophone Colossus (1956), confirmación definitiva de la genialidad de Rollins, obra maestra y una de las placas de jazz más cotizadas, reeditadas y vendidas en la crónica del género. Con un formato de cuarteto completado por magníficos cómplices –Tommy Flanagan (piano), Max Roach (batería), Doug Warkins (contrabajo)–, constituye un muestrario de un fascinante imaginario melódico, prosodia límpida y dinámica, singular dominio del tempo/espacio y exposición intrépida de conmutaciones rítmicas. “Rollins en Saxophone Colossus es capaz de transformar un solo del sax tenor en una composición espontánea”, ha dicho Juan Claudio Cifuentes. Es imposible desdeñar piezas como “Blue Seven”, que los críticos definen como prototipo de “verdadera técnica de variación” (Gunter Schuller) y de “improvisación temática jazzística” (Juan Claudio Cifuentes). “Moritat”, “You Don’t know what love is”, “Strode rode” y el cadencioso calipso “St. Thomas” son modelos de vigorosa cordialidad melódica-armónica.
En los años 60, Rollins preferirá los ensambles pequeños (trío sin piano, dúo, solo de sax). En el disco The bridge (1962) apreciamos a un saxofonista sosegado en total madurez. Es la época en que tiene contacto con los pioneros del free –Ornette Coleman, Billy Higgins y Don Cherry– con quienes graba Our man in jazz (1962), muestra de libertad tonal y armónica. Después decide explorar en composiciones standards del jazz. What’s New (1962) es un esplendente sumario de piezas de calipso, bossa nova y ritmos afrocubanos en colaboración con el guitarrista estadounidense Jim Hall y el percusionista cubano Cándido Camero.
En 1981 se presenta como invitado en un concierto de los Rolling Stones y participa en su Tattoo you; en 1983 interviene en el Town Hall de Nueva York con el trompetista Wynton Marsalis. “En toda mi carrera he tenido un sueño recurrente: dar un concierto de saxofón en solitario en el Museo de Arte Moderno”, había dicho, y el deseo le fue concedido en 1985.
Rollins llegó a la edad nonagenaria en una faena incansable de improvisador temerario: exhibición de júbilo, conmoción y humor que los amantes del jazz aplaudieron con simpatía. En los últimos años se cobijó en una sonoridad intimista de azarosas proporciones: Way out West (2000), This is what I do (2000), Without a song: The 9/11 concert (2005), Sonny, please (2006).
Su legado de más 120 fonogramas resume momentos trascendentes del tránsito entre el hard-bop y el jazz modal con paradas en la fusión, jazz rock, jazz latino, folclor caribeño, neobop (colaboración con Herbie Hancock y Freddie Hubbard) y la vanguardia (escúchese la placa: Sonny meets Hawk de 1963 con el pianista Paul Bley y su maestro, Coleman Hawkins).
Con Rollins ha muerto un músico virtuoso y cabal, el último sobreviviente de los grandes ejecutantes del saxofón tenor en el jazz, al lado de Don Byas, Coleman Hawkins, Lester Young, Dexter Gordon, Ben Webster, Chu Berry, Zoot Sims, Gene Ammons, Eddie Miller, Paul Gonzalves, John Coltrane, Stan Getz, Johnny Griffin, y Hank Mobley). “Quiero dejar que la música me invada antes que intentar constantemente crearla. Sé que nunca estaré satisfecho de mí mismo: solo deseo encontrar los índices imperiosos que colorean los enigmas de la música con mi saxofón tenor”, confesó alguna vez Sonny Rollins. ~