Eche un vistazo a una fotografía tomada el pasado diciembre en el Kennedy Center. Allí aparece Donald Trump, sonriendo de oreja a oreja, con una llamativa medalla de oro colgada al cuello. Frente a él hay un gran trofeo dorado (o quizá chapado en oro) de forma fálica que representa unas manos sosteniendo el globo terráqueo (o quizá un balón de futbol). Es el “Premio de la Paz de la FIFA” otorgado al propio Trump. A su lado, aplaudiendo, se encuentra Gianni Infantino, presidente de la Fédération Internationale de Football Association (FIFA), organizadora del Mundial de Futbol de este año en Estados Unidos, México y Canadá.
Infantino –un hombre alto y delgado de origen italo-suizo con una sempiterna sonrisa, especialmente en presencia de autócratas– había presionado públicamente para que Trump ganara el Premio Nobel de la Paz el otoño pasado. Cuando eso no sucedió, improvisó un premio equivalente de la FIFA, con medalla incluida. Trump reivindicará como suyo el torneo de este año y la FIFA no le reprochará nada.
Para quienes no conocen la historia de la Copa del Mundo, el gesto de Infantino les parecerá algo descarado. Pero la misión histórica de la FIFA siempre ha sido recaudar el máximo dinero posible de las competiciones futbolísticas mundiales. La organización ha sobornado a funcionarios, exprimido economías nacionales y se ha congraciado con políticos corruptos y dictadores.
No siempre fue así. En 1904 varios países europeos fundaron la FIFA, y el organismo alcanzó su plenitud en la década de 1920 bajo la presidencia de Jules Rimet. Rimet, un católico francés devoto, albergaba nobles ambiciones: unir al mundo a través del deporte y mejorar la vida de los pobres al margen del sórdido juego político. Y, sin embargo, la Copa del Mundo de 1934 en Italia se convirtió en un espectáculo de adoración al dictador fascista Benito Mussolini. En 1938, la selección austriaca de futbol se disolvió después de que la Alemania de Hitler anexionara su país, y los jugadores alemanes saludaron a las gradas con el brazo en alto al estilo nazi.
Se instauró un patrón. En 1973, la FIFA inspeccionó el estadio nacional de Chile, en Santiago, poco después de que miles de personas fueran detenidas y torturadas allí por los soldados del general Augusto Pinochet. Su informe concluyó que “el césped del campo está en perfectas condiciones”. En 1978, el torneo, celebrado en Argentina, fue una buena oportunidad para blanquear a la junta militar. En 2018, cuatro años después de la invasión de Crimea, el torneo se realizó en la Rusia de Vladímir Putin no sin la ayuda de grandes sumas de dinero en efectivo, regalos de lujo y demás incentivos para lograr la designación. En 2022 se celebró en Catar, en donde miles de trabajadores extranjeros mal pagados habían arriesgado la vida –y muchos habían muerto– para construir enormes estadios bajo el sol abrasador.
El predecesor de Infantino, otro directivo suizo, Sepp Blatter, era especialmente hábil en las artes oscuras de la política futbolística. Blatter siempre ha negado tales acusaciones. Pero, como explica Simon Kuper en su fascinante World Cup fever. A soccer journey in nine tournaments (‘La fiebre de la Copa del Mundo. Un viaje futbolístico a través de nueve torneos’), Blatter “se mantuvo en el poder gracias a que desvió gran parte de los ingresos de la FIFA hacia los magnates nacionales y continentales del futbol […] La corrupción era el sistema de Blatter. Se aseguraba de que las personas de su entorno se corrompieran. Si alguien se atrevía a desafiarlo, entonces el mecanismo de ética de la FIFA –controlado por él– revelaría las irregularidades de quien lo había cuestionado”. De modo que ¿qué es un improvisado “Premio de la Paz de la FIFA” a la luz de la historia de la organización?
A pesar de todos los fallos de la federación, Kuper sigue siendo un apasionado seguidor de la Copa del Mundo. Ha asistido a nueve de los torneos, que se celebran cada cuatro años en diferentes países. Su libro se basa en las notas que tomó mientras iba de partido en partido y se alojaba en hoteles, desde Tokio hasta Donetsk, que de alguna manera parecían el mismo. La crónica resultante, organizada en torno a esos viajes, es también un ensayo sobre historia, culturas nacionales y política.
La primera Copa del Mundo de Kuper –que vio por televisión cuando tenía ocho años– fue en 1978. La última en su relato cronológico de los partidos, y de los países donde se celebraron, fue la de Catar en 2022. Ese año, Argentina fue campeón; Francia, subcampeón; Croacia quedó tercero. La gente que ocupaba los palcos vip eran multimillonarios árabes. “La Copa del Mundo”, dice Kuper, “representa una jerarquía internacional alternativa, en la que Estados Unidos es un simple participante y China ni siquiera figura”.
Es evidente que Kuper tiene una opinión muy negativa de la FIFA, lo que lleva a la pregunta: ¿a qué se debe su locura por el futbol? “A mucha gente le encanta el Mundial a pesar del futbol”, escribe. Creo saber a qué se refiere. En 1978, me levanté temprano en Tokio para ver cómo mi selección, la de los Países Bajos, perdía la final ante Argentina en Buenos Aires, mientras los generales de la dictadura se relamían de satisfacción. Diez años más tarde, me levanté aún más temprano en mi apartamento de Hong Kong para ver a los Países Bajos vencer a Alemania en la semifinal del Campeonato de Europa. Ese fin de semana, hubo más gente celebrando en las calles de Ámsterdam que en el día de la liberación de la ocupación nazi en mayo de 1945. ¡Por fin habíamos vencido a los alemanes! Todo esto tenía mucho que ver con los recuerdos de la guerra. Pero también estaba ligado a una humillación más reciente: la derrota ante Alemania Occidental en la final del Mundial de 1974. A la selección holandesa, liderada por el gran Johan Cruyff, se la había retratado como una banda de estrellas del rock melenudas, amantes de la libertad y contrarias a toda autoridad, mientras que a los alemanes se les tenía por brutos robóticos que se limitaban a obedecer órdenes. Era una caricatura grotesca, pero eso no cambiaba lo que sentíamos.
Digo “nosotros”, un pronombre que suelo evitar. Pero, como creo que señaló una vez Arthur Koestler, está el nacionalismo y luego está el nacionalismo futbolístico, siendo este último mucho más intenso. Koestler, ciudadano británico criado en Budapest, fue un nacionalista futbolístico húngaro toda su vida. Nací y crecí en los Países Bajos y, aunque me fui en 1975, confieso ser un acérrimo chovinista futbolístico neerlandés.
Lo mismo ocurre con Simon Kuper. Nacido en Uganda de padres judíos sudafricanos, criado y educado en los Países Bajos y en Gran Bretaña, y ahora ciudadano francés, Kuper es, como Koestler y como yo, alguien a quien Stalin habría llamado un “cosmopolita sin raíces”. No obstante es un ferviente seguidor de la selección holandesa, cuyos jugadores visten los colores naranja de la casa real holandesa. Le encanta su estilo fluido. Sin embargo, Kuper solo tenía cuatro años cuando Alemania se impuso sobre su equipo adoptivo en 1974. Su opinión sobre aquella derrota es que los holandeses no le habían dado ninguna importancia, porque, con su hermoso juego ofensivo, habían tenido una victoria moral. En realidad no fue así: a la gente sí le importó, y mucho. Ser derrotados por los krauts fue como revivir la Segunda Guerra Mundial.
Un fornido exfutbolista llamado Rinus Michels era el seleccionador holandés en aquel momento. Le gustaba afirmar que “el futbol es algo parecido a la guerra”. Quizá sea un poco exagerado, pero a diferencia de muchos otros deportes –el tenis, por ejemplo, o la natación–, el futbol tiende a despertar instintos tribales primitivos. Ondear banderas, pintarse la cara, los cánticos combativos, las pancartas, los insultos beligerantes al equipo contrario, los brazos extendidos al unísono: todo ello alimenta un espíritu colectivo que puede volverse violento. También posee un carácter cuasi-religioso.
Una vez, tras un gran partido internacional, vi a unos aficionados en la calle arrodillados sobre la bandera de su equipo vencedor, con los brazos extendidos y la cabeza golpeando el suelo, como fanáticos religiosos.
Sin duda, el beisbol y el futbol americano también inspiran sentimientos de una intensidad desmesurada. Pero el frenesí de los aficionados al futbol ha llegado incluso a provocar una guerra de verdad. Esto ocurrió en 1969, cuando estalló la llamada “Guerra del Futbol” entre El Salvador y Honduras. La situación ya estaba al rojo vivo, por cuestiones fronterizas y otros asuntos, pero un partido de clasificación para la Copa del Mundo en México (ganó El Salvador) fue la gota que derramó el vaso.
Quizá lo más parecido a un enfrentamiento político que podemos encontrar en la historia deportiva de Estados Unidos fue la revancha, en 1938, entre los boxeadores Joe Louis y Max Schmeling. Los nazis promocionaron el combate como una supuesta demostración de la superioridad racial “aria”. Louis, “el Bombardero Marrón”, había perdido el primer combate, en 1936. Dos años más tarde, Louis venció a Schmeling en el primer asalto. “Sabía que tenía que darle una buena a Schmeling”, escribió más tarde. “Tenía mis propias razones personales, y todo el maldito país dependía de mí.” (Puede que Schmeling fuera la gran esperanza blanca de los nazis, pero no era un mal hombre. Se negó a afiliarse al Partido Nazi, y él y Louis se hicieron buenos amigos.)
Aun así, los estadounidenses no tienen recuerdos de invasiones extranjeras que puedan trasladarse a las competiciones deportivas. Para hacerse una idea del tipo de resentimientos a los que me refiero, piénsese en el partido de hockey sobre hielo disputado en Estocolmo entre Checoslovaquia y la Unión Soviética, en marzo de 1969, siete meses después de que los tanques soviéticos aplastaran la Primavera de Praga. Los checos se negaron a dar la mano a sus oponentes sobre el hielo. Cuando triunfaron, tras luchar con uñas y dientes, Praga estalló en un frenesí de celebraciones. La venganza fue dulce aquella noche.
Existe otra diferencia. En Estados Unidos, el patriotismo de “la mano en el corazón”, “apoyemos a nuestros veteranos” y “ondear la bandera” se considera ampliamente legítimo, incluso loable. En gran parte de Europa, por el contrario, el chovinismo que había alimentado dos devastadoras guerras mundiales convirtió tales manifestaciones en un tabú tras la derrota de Hitler. Los británicos, habiendo escapado de la ocupación alemana, aún podían permitirse la pompa militar; en el resto de Europa occidental, el orgullo marcial y el patriotismo manifiesto eran recuerdos desagradables de un pasado oscuro. La unificación europea tenía como objetivo principal dejar todo eso atrás. Las metas eran la paz y la prosperidad.
Esto era especialmente cierto, por razones obvias, en la República Federal de Alemania. Y, sin embargo, el nacionalismo futbolístico no pudo reprimirse por completo ni siquiera allí. Kuper relata “el milagro de Berna”, cuando la selección de Alemania Occidental venció a la formidable selección húngara en la final del Mundial de 1954 en Berna, Suiza. La humillación de la derrota en tiempos de guerra pudo olvidarse en ese delicioso momento de victoria en el campo de futbol. El sentimiento popular se expresó en la frase “Wir sind wieder wer!” (‘¡Volvemos a ser alguien!’). Peco Bauwens, presidente de la Federación Alemana de Futbol, celebró la victoria en una cervecería de Múnich (precisamente allí), elogiando a los jugadores alemanes por demostrar lo que “un alemán sano, leal a su país, puede lograr” e incluso ensalzando “el principio del Führer”.
Lo que Kuper señala es que Bauwens, de una manera burda, había “captado una nueva verdad: después de 1945, el futbol había comenzado a sustituir a la guerra en Europa como fuente de orgullo nacional”. Lo que se rechazaba en otros espacios públicos encontraba una vía de escape en los estadios de futbol. Allí era donde se podían vengar ritualmente los agravios históricos y celebrar el nacionalismo en estado puro, a veces con espíritu de carnaval –hinchas holandeses vestidos de naranja con réplicas de grandes quesos amarillos en la cabeza, hinchas franceses sosteniendo gallos vivos (le coq gaulois), escoceses con faldas escocesas, hinchas ingleses disfrazados de caballeros del rey Arturo– y a veces de una forma más brutal.
Los hooligans ingleses eran especialmente temidos. En los años ochenta y noventa, destruían las ciudades extranjeras que visitaban. Era como si los jóvenes ingleses aburridos, nostálgicos del espíritu churchilliano de sus padres, quisieran volver a librar la guerra. En los partidos contra equipos alemanes, los seguidores de Inglaterra imitaban a los aviones de combate de la Segunda Guerra Mundial y cantaban la canción principal de The dam busters, una popular película acerca de un bombardeo sobre Alemania en 1943.
Los clubes pueden ser al menos tan tribales como las selecciones nacionales, y a menudo lo son aún más. En Escocia, la rivalidad entre el Rangers (protestante) y el Celtic F. C. (católico) ha llegado a parecerse a una guerra religiosa. En ciudades como Londres y Ámsterdam, los clubes de futbol se asociaron durante mucho tiempo con comunidades étnicas o religiosas concretas, que variaban según el barrio. Estas identidades a menudo sobrevivieron a cualquier conexión con la realidad social. Los judíos estuvieron en su día muy representados entre los seguidores del Tottenham Hotspur del norte de Londres, y los Spurs siguen siendo “los Yids” para los aficionados hostiles de otros clubes ingleses. Poco importa que ni los Spurs ni ningún otro gran club inglés haya tenido en sus filas a más que un puñado de judíos en toda su historia. El Ajax, de Ámsterdam, ha adquirido una reputación similar, lo que ha llevado a los aficionados rivales a corear los insultos antisemitas más ofensivos que se puedan imaginar, a menudo haciendo referencia al gas. Los seguidores del Ajax han respondido ondeando banderas israelíes, a pesar de que muchos de sus jugadores son de ascendencia africana, marroquí o incluso japonesa.
Kuper, que ha vivido en muchos países diferentes, escribe con acierto sobre la cultura y las peculiaridades de los equipos de futbol y sus fans. Periodista del Financial Times, es uno de los mejores escritores deportivos en lengua inglesa de la actualidad. Pero hace algo más que analizar las habilidades de los distintos equipos y jugadores (aunque lo hace de manera magnífica); también utiliza su experiencia para explicar sus diferencias culturales.
Al informar sobre la Copa del Mundo de 2002 desde Japón, señala –con toda razón– que los aficionados japoneses son disciplinados y se comportan de manera muy correcta. Por eso provocó sorpresa e inquietud que el país, que no tiene mucha tradición futbolística, fuera elegido para albergar el torneo: vendrían hooligans ingleses. Yo también estuve allí, informando para un periódico londinense, y observar a los aficionados ingleses fue, sin duda, una experiencia extraña. En el tren hacia el estadio de Sapporo, los viajeros japoneses se sentaban visiblemente desconcertados mientras fornidos ingleses en camiseta golpeaban las ventanas y entonaban a gritos canciones contra el Ejército Republicano Irlandés. Experimenté el mismo desconcierto –¿cánticos contra el iraen Sapporo?–, pero no hubo violencia real.
¿Por qué los aficionados japoneses son tan bien portados? Kuper sugiere que, mientras que el vandalismo inglés representa una forma grotesca de nostalgia, el civismo japonés de posguerra es una pose que descansa sobre una amnesia colectiva respecto a las atrocidades bélicas. Sin embargo, el público japonés ya se comportaba correctamente mucho antes de 1945. Los recuerdos de la guerra no son el tema que nos ocupa aquí. Kuper se mueve en terreno más seguro en Sudáfrica, donde su mezcla de análisis sociopolítico y reportaje deportivo alcanza su máximo esplendor. El país que él conoció de niño estaba envenenado por el apartheid, y también era un país apasionado por el deporte. El dinero y los recursos fluían casi en su totalidad hacia los deportes preferidos por los blancos –el críquet y el rugby–, mientras que el futbol quedaba reservado en su mayor parte a los sudafricanos negros, que jugaban en estadios precarios y destartalados en barrios marginales. A pesar de todo, mostraban un gran estilo en la cancha y el juego adquirió una importancia especial. Como explica Kuper: “Cualquier sudafricano no blanco que aspirara al poder antes de 1990 no podía encontrarlo en la política. Así los no blancos aspirantes al poder (casi todos ellos hombres) solían convertirse en clérigos o en directivos del futbol.” Su tío abuelo Leo, que era sociólogo y un destacado activista contra el apartheid, decía que “la energía política, a la que se le niega cualquier otra expresión, se proyecta en la Asociación de Futbol”.
El futbol sudafricano negro desarrolló sus propios clubes, sus propias superestrellas y su propio estilo rudo y espontáneo. Cuando Sudáfrica fue elegida para recibir a la Copa del Mundo de 2010 –el primer país africano en tener esta dudosa distinción–, había grandes esperanzas de que la economía nacional y la mayoría negra se beneficiaran. Los negocios locales prosperarían; el deporte tan querido por los sudafricanos negros se jugaría por fin en campos adecuados en estadios modernos.
Nada de esto llegó a suceder. Se construyeron estadios gigantescos, pero en su mayoría en barrios blancos. El dinero que podría haberse destinado a las comunidades negras pobres se invirtió, en cambio, en infraestructuras que acabaron por ser “elefantes blancos”, por así decir. Los patrocinadores oficiales de la FIFA obtuvieron cuantiosos beneficios, mientras que a las empresas locales se les prohibió mencionar la Copa del Mundo. Como escribe Kuper: “Casi todos los hoteles, centros comerciales y ‘parques de aficionados’ oficiales –junto con las decenas de miles de guardias de seguridad que protegían a los visitantes– se encontraban en barrios abrumadoramente blancos. Los organizadores no querían que la gente se alejara en busca de las otras Sudáfricas.” Una vez que el circo se marchó, el futbol sudafricano negro siguió sumido en el abandono, mientras que el críquet y el rugby continuaron prosperando. El veredicto de Kuper es tan conciso como justo: “La estafa de la federación a Sudáfrica se convirtió en una parábola de siglos de estafas de los blancos a los africanos.”
Y, sin embargo, sería un error ver a la FIFA simplemente como un bastión de la hegemonía europea blanca. En el siglo XXI, el futbol profesional ha cambiado en varios aspectos importantes. Los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial se han desvanecido lo suficiente como para que la mayoría de los aficionados ya no se indigne ante una victoria alemana. Tras ver a Alemania derrotar a Polonia en casa en 2006, Kuper escribe: “Soy judío. He estudiado la historia alemana. Crecí despreciando a la selección alemana de futbol. Pero sentado en ese palco, bebiendo cerveza alemana, casi celebré cuando Oliver Neuville marcó el gol de la victoria en el último minuto.”
Yo me siento igual. Además, la selección alemana, como muchas otras en Europa, se ha vuelto notablemente multiétnica, con jugadores de ascendencia turca, polaca, árabe o africana. Los jugadores de las selecciones de Holanda y Francia proceden ahora en su mayoría de entornos de inmigrantes no blancos. El joven jugador más prometedor de España es Lamine Yamal, cuya madre es de Guinea Ecuatorial y cuyo padre es marroquí. Una de las razones del auge de los jugadores europeos no blancos es bastante conocida: el deporte y el mundo del espectáculo siguen siendo unas de las pocas vías hacia la fama y la inmensa riqueza para las minorías pobres. La otra es estructural. El futbol profesional se ha convertido en un vasto negocio corporativo internacional.
Los clubes europeos más ricos fichan a las mayores estrellas de Sudamérica, Asia Oriental, Europa del Este, África y el Magreb. Un equipo inglés de primera línea como el Manchester City solo cuenta con un puñado de jugadores ingleses; la estrella principal del Liverpool es egipcia. Los extranjeros y los inmigrantes también dominan clubes como el París Saint-Germain y el Bayern de Múnich. Los jugadores de élite, independientemente de dónde hayan nacido, son traspasados entre estos clubes por sumas enormes. Son multimillonarios y, a menudo, hablan varios idiomas con fluidez. Si el futbol de alto nivel lo practican ahora personas que parecen cosmopolitas sin raíces, está financiado por multimillonarios que ya no son principalmente europeos. El París Saint-Germain es propiedad de un grupo inversor catarí; el dueño del Manchester City es el jeque Mansour bin Zayed Al Nahyan, de Abu Dabi; y el Newcastle United pertenece a un fondo soberano saudí. El dueño del Arsenal es un multimillonario estadounidense, Stan Kroenke, y el Inter de Milán ha pasado recientemente de manos chinas a estadounidenses.
El efecto sobre la Copa del Mundo ha sido profundo. La FIFA siempre ha sido una organización corrupta, pero ahora lo es aún más. Como dice Kuper, “la realeza catarí, al igual que Vladímir Putin, podía repartir fortunas sin pedir permiso a nadie, mientras que los líderes occidentales se veían maniatados por las leyes y los votantes”. Ese desequilibrio explica por qué el torneo acabó en Rusia en 2018 y en Catar en 2022. Arabia Saudí lo acogerá en 2034.
Durante el torneo en Rusia, Kuper describe a Putin “acomodado en su palco VIP, charlando y riendo con sus acompañantes, Mohamed bin Salmán (‘MBS’) y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino”. Ahí estaba representado un nuevo orden mundial no occidental, reforzado por los nombres que rodeaban el campo en las vallas publicitarias: Gazprom, Qatar Airways, Kia Motors.
El juego en sí también ha cambiado. Los equipos de clubes, repletos de los mejores jugadores del mundo, son ahora muy superiores a las selecciones nacionales. Sin embargo, la consecuencia más interesante de la corporativización del futbol ha sido su efecto en los aficionados. Cabría esperar que, a medida que los clubes se desprendían de sus vínculos con la nación, la ciudad o las comunidades étnicas y religiosas, las antiguas pasiones identitarias se desvanecerían. Uno podría seguir admirando la calidad de los jugadores, pero habría sido razonable suponer que las banderas, las caras pintadas, los brazos en alto, los cánticos y las burlas estaban condenados a desaparecer. Pero no ocurrió eso.
Los clubes entrenados por extranjeros y formados en su mayoría por jugadores extranjeros siguen inspirando la misma lealtad fanática de siempre. Las viejas rivalidades –entre el norte y el sur de Inglaterra, entre Madrid y Barcelona, entre los distritos de Londres– siguen existiendo, independientemente de quién vista la camiseta de tu equipo favorito. Al mismo tiempo, esta perdurabilidad sugiere que el sentimiento tribal resulta ser más maleable de lo que creen quienes se aferran al mito de “la sangre y el suelo”. La gente anima a su equipo sin preocuparse demasiado por la procedencia de los jugadores.
Lo que es cierto para el futbol de clubes se ha ido convirtiendo cada vez más en una realidad también para las selecciones nacionales. La violencia en el futbol europeo ha disminuido; los hooligans ingleses parecen ahora casi un fenómeno pintoresco. El hecho de que las entradas para los partidos importantes cuesten más que los mejores asientos de un teatro de ópera puede ayudar a explicarlo. Pero podría haber una razón más inquietante.
El nacionalismo futbolístico se ha vuelto en gran medida carnavalesco: una gigantesca fiesta de disfraces, un chovinismo lúdico y teatral. El desvanecimiento de la memoria histórica puede ser parte de la explicación. Como observa Kuper, después de que los alemanes cautivaran a los espectadores en 2006 y se volvió aceptable simpatizar con antiguos enemigos, “el futbol dejó de ser una guerra. Todo eso está muy bien, pero le quitó parte de la emoción a los Mundiales”.
Sin embargo, las emociones tribales más oscuras nunca desaparecieron. Con el auge del populismo de derechas a ambos lados del Atlántico, el odio, el racismo y la xenofobia, antes confinados a los estadios de futbol, han migrado a la política mainstream. Un político británico de derechas me dijo apesadumbrado que los jóvenes habían perdido el espíritu guerrero. Cuando le recordé irónicamente a los hooligans del futbol inglés, respondió, con toda seriedad, que se trataba, en efecto, de “un recurso que había que aprovechar”. El futbol internacional se puede ver ahora con comodidad y seguridad, si uno puede permitirse el precio de las entradas. Pero la brutalidad simplemente se ha trasladado a lugares mucho más peligrosos. ~
Traducción del inglés de Ricardo Dudda.
Publicado originalmente en The New Yorker.