Carlos Monsiváis, Culture and Chronicle in Contemporary Mexico, de Linda Egan

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Linda Egan, Carlos Monsiváis. Culture and Chronicle in Contemporary Mexico, The University of Arizona Press, Tucsón, 2001, 276 pp.

BIOGRAFÍA INTELECTUAL¿Quién teme a Carlos Monsiváis?

La omnipresencia de Carlos Monsiváis en la vida política, cultural y literaria de México durante los últimos treinta años lo ha convertido, dada la extrema originalidad de una figura tan poderosa como esquiva, en un gran desconocido. Sus lectores mexicanos, así como los escritores que crecimos bajo sus variadas formas de magisterio, solemos ofrecer a Monsiváis las garantías de un mito (o de una mitología) cuya fecha de fundación se pierde en el origen de nuestros tiempos. Es tentador suponer que el cronista siempre estuvo allí y que ese último trecho del siglo XX mexicano, que va de 1968 a 2000, haya sido, en una medida retórica, más que un episodio de la vida nacional, la obra misma de Monsiváis.
     La grandeza de Monsiváis radica, acaso, en su capacidad para crear esa ilusión óptica. Esa peregrinación rutinaria que es la vida pública de Monsiváis harta y fatiga, alimenta heréticos deseos parricidas y excita la curiosidad de imaginar si México podría sobrevivir sin su vigilancia. Pero más allá de las confrontaciones de fondo y de los disgustos pasajeros, siempre queda una evidencia que yo reconozco sin rubor: existe una cultura mexicana, venerable por su calidad democrática y liberal, que sin Monsiváis sería inconcebible. Me es difícil escribir mayor elogio de un intelectual.
     Pero la jefatura espiritual, que Monsiváis ejerce sobre esa opinión pública que él tanto contribuyó a rebautizar, ampliando sus límites, como Sociedad Civil, exige una crítica permanente y severa, un auténtico y etimológico reconocimiento. En ese sentido, Carlos Monsiváis. Culture and Chronicle in Contemporary Mexico, de Linda Egan, es algo más que una prudente introducción a la obra; es una herramienta utilísima para iniciar la arqueología del mito de Monsiváis. Este libro está diseñado en dos partes, "Carlos Monsiváis, journalist and theorist", que examina al escritor público, y "Carlos Monsiváis, author", un paseo por cinco de sus libros esenciales, a saber, Días de guardar (1970), Amor perdido (1977), Escenas de pudor y liviandad (1981), Entrada libre (1987) y Los rituales del caos (1995).
     Dada la incapacidad de los críticos y profesores mexicanos a la hora de escribir sobre nuestros autores vivos (para no hablar de los clásicos), era natural que un primer libro serio sobre Monsiváis se originase en la academia norteamericana, pues la materia de que está hecha la obra monsivaisiana se compone de ingredientes suculentos para llenar esa olla podrida que son los Estudios Culturales. Egan enumera el arco iris reflejado por Monsiváis: economía, política y sociedad, historia, cultura de masas, sexualidad, lenguaje y heteroglosia, así como los siguientes subgéneros de lo popular: melodrama, kitsch, camp, pop, cultura rural y estética de la pobreza.
     Egan hace notar la poderosa influencia formativa que la cultura de los Estados Unidos, durante los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, ejerció sobre Monsiváis, uno de los hijos más brillantes, en mi opinión, de esa "primera generación de norteamericanos nacidos en México", que él mismo exhibió con sorna. Una de las características que lo distinguen es la ausencia, en su discurso, de cualquier reflejo de antiyanquismo primitivo, pues Monsiváis —con el precedente de Salvador Novo y de Octavio Paz— es uno de los pocos intelectuales de su generación que entendió que la frontera con los Estados Unidos, más que profética maldición política, es una vertiginosa ventana a la modernidad cuya ignorancia es tan costosa.
     Y tras leer Carlos Monsiváis…, compruebo una vieja sospecha: esa cleptomanía cultural que la profesora Egan destaca en el escritor mexicano tiene mucho de whitmanismo. En Monsiváis es legible esa obsesión democrática que el poeta Whitman sufrió durante los años previos a la Guerra Civil, recogiendo todas las voces y todas las imágenes de la cultura callejera de los Estados Unidos para componer ese himno total de lo alto y de lo bajo que es Hojas de hierba. Hay en Monsiváis una pasión poética de esa naturaleza, tanto más admirable porque, careciendo por completo de alma de artista, es un escritor que ha buscado, en cada ciudadano, a un crítico de la vida.
     Egan no pretende un acercamiento biográfico a Monsiváis —misión casi imposible tratándose de escritores mexicanos vivos o muertos— pero los datos que facilita no son, por conocidos, inútiles. De su educación protestante, cuáquera en particular, quedaron marcas indelebles. Lector de la Biblia, Monsiváis es un buscador de la verdad que vive la pasión evangélica por la palabra y aspira a la sanación de los oprimidos, un profeta puritano que expulsa, una y otra vez, a los mercaderes del templo. Pero, camino a Adrianópolis, este viajero solitario e infatigable acabó por convertirse, acaso a su pesar, en fundador de una iglesia autonombrada la Sociedad Civil, cuyos rituales empezaron por ser caóticos y acabaron por convertirse en una liturgia laica cuyo altar ocupa con frecuencia Carlos Monsiváis, casi siempre para fustigar a su grey.
     "El pecado fue el tema central de mi niñez y la idea de algún modo… ha seguido rigiéndome hasta ahora", escribió el joven Monsiváis en una declaración que Egan no podía pasar por alto. Esta es la cesura radical entre su origen cristiano y su evolución como uno de los grandes secularizadores intelectuales de la sociedad mexicana, pues ha librado una batalla, casi teológica, contra la noción de pecado como rasero moral al servicio del poder. Pocos espíritus más liberales y agnósticos que el de Monsiváis. Más allá de su retrato del Niño Fidencio en Los rituales del caos o de su rastreo cotidiano de las procacidades emitidas por los jerarcas de la Iglesia romana, Monsiváis es, venturosamente, algo más que un anticlerical. Estamos ante el más severo y profundo de los anticatólicos mexicanos. A su lado, Martín Luis Guzmán queda como un jacobino autoritario ayuno de cualquier noción de religiosidad. Aunque se cuidaría de declararlo explícitamente, creo que Monsiváis, en buena lid reformada, encuentra consustanciales a la república católica no sólo la superstición y el fanatismo, sino la exaltación nacional de la cultura de la pobreza. Sin los apuntes de Egan me hubiera sido difícil llegar a esta conclusión.
     Monsiváis, aunque visitó las catacumbas del Partido Comunista Mexicano durante el medio siglo y dejó sentidos homenajes a sus muertos en Amor perdido, es un hombre de izquierdas ajeno al marxismo-leninismo. Gracias a su formación protestante y a la repulsión que siente por toda forma de impunidad, Monsiváis es, a veces en contra de su propia voluntad, un liberal tanto en el sentido norteamericano de la palabra como en la acepción mexicana, juarista del término. Padece de ese amor un tanto inocente por la igualdad y la desobediencia civil que viene de Thoreau, y es un defensor militante del Estado como garante de la laicidad. Ese doble liberalismo permite a Monsiváis pasar pruebas democráticas que otros reprueban, como lo es su decidida y creciente execración del régimen de Fidel Castro.
     Entre los izquierdistas mexicanos, Monsiváis es de los pocos que encuentran la libertad política y la igualdad social como valores complementarios e inseparables, aunque su actitud ante el EZLN —bien documentada por Egan— es más ambigua que crítica. Se deslinda de la mística sacrificial del neozapatismo, por lo que tiene de repetitivo martirologio cristiano; pero ese "amor por los oprimidos", tan propio de Monsiváis, es también el límite de su lucidez. El rebelde, en su óptica, siempre goza de la razón teológica y el imperativo ético, y más aún si es joven, categoría que le permite "equivocarse" en los métodos de lucha. Quienes paralizaron la UNAM durante casi un año nunca dejaron de ser, para Monsiváis, unos chavos comprometidos en batalla desigual y torpe contra un poder político que en todos los casos es maligno. Y, masoquista como suelen serlo los predicadores, ni cuando los activistas del CGH lo maltrataron personalmente, en 1999-2000, se atrevió Monsiváis a despojarlos de su malhumorado, reticente y paternal manto protector.  Ante los oprimidos, falsos o verdaderos, Monsiváis se ciega y pone su facilidad dialéctica al servicio de causas que acaban por hundirlo, me imagino, en dolorosas crisis de conciencia. La imagen es bella para la literatura; pero convivir con un "soldado de la paz, la hermandad y la justicia" y con el autonombrado ombudsman de la sociedad, como lo llama Egan con ironía, no es fácil.
     A diferencia de tantos académicos norteamericanos, Linda Egan parece comprender, a través de Monsiváis, las estrechas relaciones entre la política y la literatura que en México crean las condiciones de reproducción del intelectual público. En Carlos Monsiváis…, Egan acierta al presentarlo como un escritor situado en el pináculo de lo que ella llama "el elitismo intelectual" de México. En los países latinoamericanos, donde la asociación literaria es vista como un aquelarre y se espera del escritor —en tanto que creador coludido con el arte— una pureza angelical, resulta letal para la mojigatería progre que le profesan sus fans presentar a Monsiváis como uno de los grandes mafiosi de nuestra cultura, un animal político, con todo el instinto de sobrevivencia y la sagacidad selvática propios de su especie.*La historia política de la literatura mexicana en la segunda mitad del siglo XX está por escribirse, y Linda Egan concuerda con Enrique Krauze en presentar a Monsiváis como "el padrino de la generación del 68". La partida civil que Monsiváis y sus colaboradores dieron ese año desde La cultura en México fue, a la vez, un memorable episodio de arrojo democrático y la fuente de legitimación de su grupo durante los años setenta.
     En 1988, cuando la rebelión electoral neocardenista dividió a esa compleja alianza de profesores, políticos y escritores que era el llamado grupo Nexos, Monsiváis, rodeado como estaba de la aclamación multitudinaria, emprendió la siguiente etapa de su carrera, una jefatura moral basada únicamente en su visibilidad pública y en su probidad ética, sostenida de manera tan sólo vicaria por otra clase de apoyos. Desde entonces, como lo dijo Adolfo Castañón, Monsiváis está destinado a ser el último escritor público que las multitudes mexicanas serán capaces de reconocer. Aplaudido por el público cuando ingresa a una sala de conferencias, detenido por los ciudadanos para sacarse la foto, Monsiváis, más que un candidato en campaña, parece el más exitoso de los predicadores, jerarca de una iglesia invisible que se reúne, al instante, donde se escucha su voz.
     A través de la obra de Monsiváis encontramos a un mitógrafo y a un etnólogo profesionalmente condenado a sustituir los ídolos derrumbados por sus propias piezas de devoción. Muchos de los iconos populares respetados o tolerados por las élites intelectuales deben su culto a la autorización escrita de Monsiváis, quien encontró en personajes tan variopintos como las actrices de la época dorada del cine mexicano, Agustín Lara, Juan Gabriel, José Alfredo Jiménez, sic transit gloria trevi o Fidel Velázquez, a enternecedores o detestables paradigmas de la mexicanidad. Y dado que, inevitable escritor costumbrista, Monsiváis también dedicó sus afanes interpretativos a luminarias que hoy carecen de cualquier importancia sociológica, como los cantautores Raphael y Emmanuel, o a Raúl Velasco, está en su destino de juez instantáneo sentenciar popularidades de quince minutos.
     Linda Egan aclara, en Carlos Monsiváis…, la forma en que el cronista socavó el canon de la identidad mexicana. Ante la afanosa búsqueda identitaria, Monsiváis es un analista cultural que casi siempre propone soluciones universales al drama particular del mexicano. Esa búsqueda whitmaniana de seres ordinarios que devienen arquetipos da escasa munición al multiculturalismo, pues Monsiváis es un viejo pluralista, que busca en la exploración de la diferencia un sistema de valores universales. Ello es notorio en su actitud ante la agenda indígena o el indianismo del EZLN. Simpatiza con el derecho de rebelión de los indígenas ante una realidad oprobiosa sin apelar al color de la tierra, al síndrome de la pirámide y al derecho de sangre. Un momento capital en ese desarrollo, captado por Egan, fue cuando Monsiváis (rompiendo con el Octavio Paz de El laberinto de la soledad, el menos legible hoy día) dijo que la matanza del 2 de octubre había liquidado "la supuesta intimidad del mexicano y la muerte". Leyéndolo con cuidado, queda claro lo lejos que Monsiváis está de la fascistoide noción del México profundo, obra de Bonfil Batalla, tragicómico padre del nuevo racismo mexicano. Para Monsiváis, parafraseando a Marshal Berman, la identidad se desvanece en el aire.
     Carlos Monsiváis… es, también, una restitución de Monsiváis como hombre de libros, como autor de una bibliografía, aspecto a menudo oscurecido por su popularidad mediática. Linda Egan permite releer libros tan extraordinarios como Días de guardar o Amor perdido, lo mismo que lamentar, como yo lo hago, la recurrencia con que Monsiváis, periodista a destajo al estilo decimonónico, envilece sus logros estilísticos —de los que muchos somos deudores— sustituyendo las frases por los párrafos, confiado en que sus eternos lectores llevan décadas estudiando su jerga gramatical. Y es lástima que Egan no haya tenido tiempo de examinar Salvador Novo. Lo marginal en el centro (2000), en mi opinión, el más personal y desgarrador de los libros de Monsiváis, la pieza que lo conecta de manera definitiva con la gran tradición literaria mexicana.
     Es notorio que mis deudas como lector de Egan dejan poco espacio para mis diferencias con ella, la mayoría insalvables, pues conciernen a la preceptiva teórica y literaria que cada crítico está en su derecho de ejercer. Pero me hubiera gustado que Egan se olvidase por un momento de sus estudiantes para explicarnos a los bárbaros, con amplitud, por qué considera que el discurso de Monsiváis es neobaroque, (post)modern o neocolonial, como si esas categorías teoréticas fuesen de comprensión infusa más allá de los campus californianos. Y en el caso del último término, dado que como eurocentrista considero tan neocolonial a Monsiváis como a Norman Mailer, creo que la esforzada progenitura que Egan buscó en Bernal Díaz del Castillo, para legitimar la crónica mexicana del siglo XX, resultó un fracaso, a menos que se nos presente al escritor-soldado de La Antigua como el primero de los escritores postmodernos, puntada de la que son muy capaces en los Estados Unidos.
     Tras la lectura de Carlos Monsiváis…, de Linda Egan, me quedo con la imagen de Monsiváis como el marginal que viajó hacia el centro, el espectador que se transformó en espectáculo, un liberal que cree en la utopía como distribución equitativa de la esperanza. Pero ese escritor no es el solitario solidario aplaudido por sus feligreses, sino un pesimista que se sabe, con inmenso dolor, predestinado para salvarse, convencido de que las buenas obras a nadie redimen. Monsiváis viaja a las regiones inferiores, aterrado ante la sonora trompeta del Apocalipsis, y profetiza actuando como un coleccionista de las palabras, los gestos y las conductas que componen esta nación. Si México desaparece —digo, es un decir—, por lo menos una pareja de cada especie sobrevivirá en el arca de Carlos Monsiváis, y al menos uno de cada uno de nuestros objetos tendrá su réplica en ese museo, no tan imaginario, que es su obra. ~

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