Contra los prejuicios

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El estudio del antisemitismo como fenómeno histórico de primera magnitud ha tardado varias décadas en cruzar los Pirineos. Bien es cierto que las obras pioneras de José Amador de los Ríos y Adolfo de Castro en el siglo XIX, y en el XX los lúcidos análisis de Américo Castro y las investigaciones de Julio Caro Baroja, a los que conviene añadir recientemente los esclarecedores estudios de Miquel Forteza y Pere Bonnín sobre la condición de los xuetas mallorquines, establecen una tradición de estudios del judaísmo peninsular; con todo, es innegable, a la vista de este importante corpus, que los historiadores españoles se han mantenido al margen de una importante corriente historiográfica que ha dejado de tomar como objeto a lo judío y los judíos para centrarse en el complejo entramado ideológico del antisemitismo. La distinción no es baladí, y es la misma que opera en otros campos: no es lo mismo estudiar las condiciones de discriminación y explotación de los afroamericanos que hacer lo propio con el sistema esclavista o el racismo en Estados Unidos, por más que lo primero sea abordado con la intención de rescatar o reivindicar a ese colectivo y arroje luces sobre los mecanismos de segregación a los que ha estado o está sometido. La historiografía española ha estudiado el antijudaísmo en España como una de las manifestaciones de un sistema de segregación que fue impuesto asimismo a los musulmanes, y que culmina con la expulsión de judíos y moriscos en 1492 y 1609 respectivamente, o bien, y en el mejor de los casos, ha atendido exclusivamente a las formas de vida de judíos y conversos españoles, con lo que ha hecho sobre todo obra antropológica. Mas al ceñirse a tal enfoque, ha puesto siempre en primer plano el “problema judío” y dejado en el telón de fondo el estudio sistemático de las políticas diseñadas desde la Baja Edad Media para aportar “soluciones” a tal “problema”, amén de alejar la posibilidad de percibir y analizar la pervivencia del antisemitismo en la actual sociedad española. Por añadidura, la delimitación únicamente peninsular de este tipo de estudios ha generado algunas distorsiones y no pocos mitos. La expulsión de 1492 ha acabado así adquiriendo la condición de evento paradigmático, cuando un enfoque más amplio, a escala europea, permite situarla, sin que deba por ello restársele un ápice a la magnitud del traumatismo que supuso, al final de un ciclo de expulsiones iniciado más de un siglo y medio antes en Inglaterra y Francia.
     El desinterés o ignorancia del estudio sistemático del antisemitismo en España, así como la escasa inclinación de los estudiosos del tema a situar sus análisis en un contexto más amplio, se pone de manifiesto asimismo en la grave anomalía que supone la ausencia, aún a estas fechas, de una edición en castellano del definitivo The Destruction of the European Jews (1985), de Raul Hilberg, o la edición muy tardía, debida a Mario Muchnik, de la obra seminal en este campo: la Historia del antisemitismo (1945-1993), del recientemente fallecido Léon Poliakov. No existe actualmente una edición asequible de L’Antisémitisme (1894), de Bernard Lazare, ni se vislumbra la posibilidad de que podamos leer en castellano The Holocaust and Collective Memory (1999), de Peter Novick, por tomar dos obras radicalmente disímiles, pero que en el arco temporal de más de un siglo trazan el abigarrado ámbito que delimita el tema histórico del antisemitismo y la diversidad metodológica de enfoques y análisis a que ha dado lugar.
     Por todas estas razones, la publicación de El antisemitismo en España. La imagen del judío (1812-2002), de Gonzalo Álvarez Chillida, es un acontecimiento que no debería pasar desapercibido. Lógicamente, el prólogo a la edición de este libro es obra de Juan Goytisolo, un autor que lleva más de tres décadas analizando y destilando en su obra ensayística y literaria el muy castriano asunto de la imposibilidad de situarse ante el hecho español sin tomar en cuenta la pervivencia en todas sus manifestaciones —históricas, culturales, político-ideológicas— de la acendrada tradición maurófoba y judeófoba hispánica. Lentamente, los historiadores españoles van atreviéndose a andar sin las obligadas muletas del programa ideológico o los afanes polémicos. En pocos años, han aparecido esenciales y, en algunos casos, magistrales análisis de los mecanismos de imposición y pervivencia de diversas variantes de etnicismo nacionalista en España (El escudo de Arquíloco, de Juan Aranzadi, Mater Dolorosa, de José Álvarez Junco), y ensayos que, como el Contra la Historia de José María Ridao, ponen de manifiesto que, aplicado a la realidad española, el pensamiento histórico libre de anteojeras parroquianas ha dejado de ser un desideratum permanentemente postergado o cedido en concesión a historiadores foráneos.
     El estudio de Álvarez Chillida ofrece algo más de lo que su título promete. Aunque a primera vista parezca un añadido liminar a su asunto central —el estudio sistemático del antisemitismo español en los siglos XIX y XX—, la primera parte (“La tradición histórica del antisemitismo español”) es mucho más que una contextualización previa elaborada para facilitar su introducción. No tiene sentido, en efecto, abordar el complejo fenómeno del moderno antisemitismo surgido en el siglo XIX en toda Europa sin antes operar un corte geológico que permita situar sus raíces. Aun Hilberg, cuya investigación se refiere exclusivamente a las políticas de persecución, confinamiento y exterminio de los judíos europeos diseñadas y aplicadas por el régimen hitleriano, dedica un breve capítulo al asunto de “los precedentes” de dichas políticas. En el caso que ocupa a Álvarez Chillida, el inevitable recordatorio de una tradición específicamente cristiana del antijudaísmo europeo halla una añadida justificación en el surgimiento en España durante la Reconquista, y posterior afianzamiento y pervivencia, de “ese protorracismo cristiano” que fue el casticismo.
     En este punto, el autor afirma valientemente la filiación de su enfoque con uno de los conceptos fundamentales de los análisis de Américo Castro, aún hoy denostados o relegados en su país. Poco importa, en efecto, que la obra seminal de Castro haya dado sus frutos en obras de la solidez de las de Sicroff o Stallaert; la concepción castriana de un país que “resuelve” el asunto de su identidad nacional mediante la imposición de un sistema de castas y los estatutos de limpieza de sangre conserva toda su carga perturbadora. Quizá la resistencia a estas tesis se deba a lo apuntado por Álvarez Chillida, quien, retomando la línea argumental de Stallaert, afirma que la “realidad castiza, agravada a partir del siglo XV con el problema de los conversos, las expulsiones y la limpieza de sangre, ha marcado de forma duradera la identidad étnica de los españoles hasta el siglo XX, incluyendo a muchos de los nacionalistas periféricos contemporáneos” (32). Desde luego, a Álvarez Chillida no se le escapa la contradicción evidente en la coexistencia de un sistema de castas, destinado a segregar mas no a expulsar o exterminar, y la imposición de la limpieza de sangre, manifestación institucional de una política de erradicación del judaísmo. Aunque esta contradicción, a mi entender, no es lo que singulariza la temprana judeofobia española; la misma puede hallarse en la Inglaterra y la Francia de los siglos xiv y XV, donde por momentos coexistieron políticas de guetoización y pogromos. Pero sí es capital comprender su gestación debido a la anormal pervivencia en España, hasta entrado el siglo XIX —y según algunos, como hemos visto, aún vivaz en los afanes “purificadores” de los nacionalistas periféricos de comienzos del siglo XXI—, de la limpieza de sangre y de la intolerancia hacia los conversos, rasgos que perviven más o menos aggiornati en actuales concepciones de la identidad étnica en este país.
     De este crucial asunto —crucial porque de él se desprende esa específica mezcla de “herencia, linaje y religión” que, según el propio autor, conforma el casticismo español—, Álvarez Chillida resume las diferentes interpretaciones a que ha dado lugar, espigando en las tesis de Joseph Pérez, Stallaert, Caro Baroja y Aranzadi. El método consistente en hacer revista y resumir las principales tesis a debate, al que Álvarez Chillida recurre sistemáticamente, puede dejar al lector, por momentos, insatisfecho. Pero sería absurdo como injusto reprochar al autor haber acometido una empresa innegablemente necesaria y no abordada hasta la fecha —la recensión detallada de cuanto se ha escrito y proferido significativamente sobre los judíos en España—, en detrimento de la elaboración de una original interpretación histórica del antisemitismo español. El autor ha consultado un volumen considerable de fuentes de muy diverso género (el lector agradecerá, en futuras ediciones, un ordenamiento de las mismas que tome en cuenta esta diversidad genérica): desde los ya citados clásicos estudios sobre el judaísmo español, los xuetas mallorquines (a los que dedica un apasionante capítulo) y el importante corpus del filosefardismo español, a recientes ensayos dedicados a desentrañar las raíces del moderno nacionalismo en España, junto con literatura antisemita y racialista primaria (de las diversas ediciones españolas de Los Protocolos de los Sabios de Sión a los escritos del padre Tusquets, las Obras completas de Sabino Arana y el delirante pensamiento del galleguista Vicente Risco, sin olvidar los inmundos escritos de los orgánicos defensores de la “Cruzada” franquista, que, como señala Goytisolo en el prólogo, hoy harían “sonrojar incluso a algunos votantes de Le Pen”) y, por si fuera esto poco, una interesantísima cala en obras y pasajes antisemitas de Quevedo, Alarcón, Larra, Espronceda, Bécquer, Blasco Ibáñez, Pardo Bazán, Pío Baroja, Benavente y, ya cerca de nosotros, Sánchez Dragó.
     Fundamental para el autor es la distinción entre antijudaísmo castizo y moderno antisemitismo (que penetró en España, nos recuerda Álvarez Chillida, de la mano de La Francia judía de Edouard Drumont a fines del XIX), pero el lector puede echar en falta un análisis más afinado de lo que separa a estos dos fenómenos, así como una exposición más detallada de las prolongaciones de lo uno en lo otro o una visión más clara, atendiendo a la pervivencia en el imaginario popular del antijudaísmo medieval (magníficamente expuesto por el autor), del desarrollo específicamente hispánico de ambas tradiciones judeófobas. Asimismo, puede resultarle menos rigurosa la exposición del último capítulo, dedicado a rastrear manifestaciones de antisemitismo en el periodo iniciado con la Transición, y algo más que opinable el aserto de que “no es lo mismo considerar injusta la existencia del Estado de Israel que considerar a los judíos en general pérfidos, e instigadores de siniestros planes de destrucción” (466), en un contexto en el que se pretende hacer una nítida distinción entre antisemitismo y antisionismo. Dejando de lado la por lo menos polémica opinión según la cual la existencia del Estado de Israel sea “injusta”, puede parecer trivial o meramente desinformada la exposición que el autor hace de este asunto en el apartado “Antisionismo de izquierdas y antisemitismo”. Y propiamente contraria a la verdad la afirmación de que “aunque en muchas ocasiones se usa la palabra genocidio sin propiedad, pocas veces llevan los antisionistas la comparación [con la situación de los palestinos] hasta su último extremo.” (468) Desde José Saramago hasta Maruja Torres, por sólo citar nombres conspicuos, la prensa española ofrece abundantes muestras de esta comparación llevada al extremo. Es cierto, como apunta el autor, que el antisemitismo se manifiesta abiertamente como tal con más facilidad o menos prurito en algunos sectores conservadores y en la ultraderecha española. Álvarez Chillida habrá tomado buena nota de la reciente publicación por el diario El Mundo del libro El lobby judío, de Alfonso Torres, en el que, entre otras lindezas, se publica una lista (“El abc de la España hebrea”) con los nombres y profesiones de judíos españoles famosos. Más que el hecho de que pueda publicarse tal libro, sorprende la ausencia de reacción que lo ha acompañado, con la salvedad de la denuncia del mismo hecha por Juan Goytisolo y recogida por un diario… francés.
     Estas salvedades apuntadas, El antisemitismo en España, de Gonzalo Álvarez Chillida, está destinado a ocupar un lugar destacado entre los estudios dereferencia sobre el antijudaísmo y el antisemitismo hispánicos. ~