De la ciega ideología

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Reconocida como crítica, cuentista y cinéfila entusiasta y enteradísima, Nedda G. de Anhalt ha publicado un libro poliédrico de veras excepcional. Se trata de una especie de A sangre fría en donde la saña criminal abandona la gratuidad para establecerse en el plano ideológico y, en consecuencia, hacer que el ritmo de la narración tenga una respiración distinta, dilatada, para configurar un amplio mural de puntualísimos registros. Aquel plano ideológico no hace nunca que Nedda G. de Anhalt se aleje de la caracterización de sus personajes; sucede todo lo contrario: los responsables del “ensayo del crimen” y la víctima presunta y sus defensores aparecen en escena de cuerpo entero y con palabra propia, sus vidas se entrecruzan, sus afanes se esconden, chocan, pugnan delante del telón de fondo de la historia. Un fondo ideológico que se extiende por siglos de intolerancia, prejuicios, persecuciones, inmoralidad, mentira, asesinatos.
     Ya en la segunda mitad del siglo XX el affaire Dreyfus había quedado relegado en la memoria histórica. Bastaron unas décadas para que un caso que había atraído la atención mundial fuera remitido al plano de las referencias nebulosas. Tal vez haya una explicación efectiva de esta pérdida de peso: la historia de Alfred Dreyfus en realidad sería muy poca cosa junto a las atrocidades que ese siglo vio brotar aquí y allá. La víctima de aquella historia a final de cuentas fue un sobreviviente y si no hubo entonces un happy end completo fue sólo porque tercamente la realidad se opone a toda perfección. Pero se necesita ser más que miope para no caer en la cuenta de que el recuerdo de aquel caso, el recuerdo inteligente y vivo, es cada vez más necesario precisamente para impedir que la intolerancia siga siendo útil como máscara y mano criminales.
     El intolerante ha de descalificar al otro. Más que de una idea parte de un prejuicio que consiste en una negación trocada en la propia exaltación. Los judíos han sido víctimas seculares de tales descalificaciones que, como puede leerse en este libro, surgen de la circulación de un principio: la carencia de tierra, la falta de una nación. Numerosos franceses han sido víctimas de esta torpeza conceptual. Con arrogancia han creído cancelada la dignidad de los judíos al situarlos en esa zona de nadie encerrada en la idea del “judío errante”. Se trata a todas luces de un mito viejo y no exclusivamente suscrito en Francia. Lo notable es que la falta de un lugar preciso y seguro, de un orden de vida establecido del modo del que lo gozan o padecen otros pueblos, hace que el pueblo judío pueda ser visto como diferente, inferior e indeseable (sucio, leproso, inmoral). Toda virtud se niega ante la falta de un solo territorio básico (no hay que olvidar que Francia, durante los años del caso Dreyfus, mantenía una política expansionista y colonial), de un Estado. Se niega inclusive una de las consecuencias de aquella falta: que el judío (el hombre concreto judío), nacido y formado en un país determinado, se identifique de manera plena como ciudadano de aquel país. De tal suerte que Alfred Dreyfus, por más que su familia tuviera en Francia varias décadas de afincamiento común y corriente, no podría ser en sentido estricto un francés (a lo mucho sería “un francés de segunda”, se diría en México en nuestros días). Nedda G. de Anhalt hace ver extensamente, sobre todo en la reproducción de la correspondencia entre el personaje convicto y su mujer, que Dreyfus era quizás antes que nada un hombre de buena fe, no solamente incapaz de incurrir en la traición de que se lo acusó sino capaz del todo de pensar que se haría justicia en su caso, es decir que su patria no podía equivocarse. Era un patriota, a diferencia de Walsin-Esterhazy, que habría sido un pillo aventurero y seductor si no hubiera sido un auténtico canalla. Acusado de un crimen (la traición militar), Dreyfus pone en predicamento a toda la comunidad judía gracias a un curioso y falaz círculo vicioso de la ideología: si uno falla, todos fallarán; y todos fallarán por naturaleza, lo que obliga a ver cómo falla cada uno.
     La autora repone en circulación el caso, con buen sentido de la oportunidad. Revisa la trayectoria de los personajes (principales y secundarios y periféricos), mira cómo se urde la mentira y cómo se trata de sostener, recuerda casos anteriores (como los de Blois, los de Damasco, la quema de Rafael Levy, el fraudulento fracaso de las tentativas del Canal de Panamá), traza las causas y las resonancias del escándalo (el papel siniestro de la prensa y de otro lado las reacciones de escritores como Zola y Proust y en México la de Justo Sierra y la muy notable de José Juan Tablada) en un libro ejemplar de historia y de amor a la verdad. –


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