De lo universal, de lo uniforme, de lo común y del diálogo entre las culturas de François Jullien

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Desde finales de los noventa es raro el año en que no haya aparecido traducida al castellano alguna obra de François Jullien. Son conocidos sus estudios en los que compara la tradición china con la occidental, bien sea en el dibujo y la pintura o en ámbitos prácticos, como la propia concepción empresarial –sus años vividos en China y Japón le han llevado incluso a hacer de mediador en este campo. Jullien es un conocedor de la filosofía griega y clásica que, con una edad temprana, decide estudiar la tradición oriental y emprender una reflexión sobre “lo otro”, sobre los presupuestos de un posible diálogo intercultural. Este recorrido ha ocupado buena parte de la vida del autor, y es en esta obra, De lo universal, de lo uniforme, de lo común y del diálogo entre las culturas, donde parece haber puesto orden a sus conclusiones. Es una obra de planteamiento ambicioso y estructura ordenada: empieza con un largo preámbulo en el que estudia cómo nace y se extiende la idea de “lo universal” –desde el logos griego a la ley romana y el cristianismo–, sigue con una parte central en la que aborda la cuestión de los derechos humanos y concluye con una serie de reflexiones, quizá la parte más personal del libro, en las que asienta las bases de lo que él cree que debería ser un verdadero “diálogo de civilizaciones” –un punto de vista, por cierto, bastante apartado de posturas supuestamente progresistas y condescendientes: François Jullien está lejos de ser un occidental acomplejado, y ahí está, a mi juicio, lo que distingue a este libro y le da fuerza. Jullien piensa sobre lo que debería ser un “tú a tú” de verdad con las culturas de raíz no occidental, que no esté basado en hacer concesiones, en ceder, porque el autor sostiene que Occidente no tiene nada que ceder en cuestiones como la racionalidad o lo que hoy llamamos derechos humanos. Se podría decir que la tesis principal del libro es que todo “diálogo” basado en pactos y pequeñas renuncias es débil y está destinado al fracaso. La tolerancia debe basarse antes en una racionalidad común que en simples actitudes bienintencionadas: “la solución no está en el compromiso sino en la comprensión”.

El libro comienza con una serie de largas definiciones teóricas sobre “lo común” y continúa con una introducción, como he indicado, en la que explica cómo nace y se extiende la idea de universalidad: la democracia griega da lugar a la idea de un espacio común, el ágora, a la vez que surge el ideal estoico del cosmopolitismo, la noción de “humanidad”; la romanización acaba con las fronteras “naturales” e impone la frontera de la ley y la ciudadanía, una ley que es independiente del origen que uno tenga –el libro explica cómo, mientras que los atenienses muestran su orgullo por el linaje, los romanos no ocultan que su origen está en antiguos expatriados y desclasados–; San Pablo y la vocación universal con que se presenta la nueva religión cristiana ocupan buena parte en la explicación que el autor hace de este proceso –es interesante en este punto cómo Jullien explica la importancia de la lengua como “vehículo”: el cristianismo deja pronto atrás su arameo originario y se difunde en lenguas que ya estaban “preñadas”, “infectadas”, del concepto de universalidad, mientras que en el islam la lengua del profeta es la propia lengua de la religión, lo que hace que la evolución de este credo sea de naturaleza totalmente distinta.

Hechos todos estos preámbulos, el autor pasa a centrarse en la cuestión de los derechos universales, aquellos derechos del hombre y el ciudadano, con origen en la Revolución francesa, o los actuales derechos humanos. La cuestión es conocida: ¿estos derechos expresan una tradición cultural particular, y por lo tanto no deben imponerse a todo el mundo, o son ciertamente universalizables? Porque es indudable que estos textos, desde los redactados por los independentistas norteamericanos, pasando por los revolucionarios franceses o los funcionarios de la ONU, contienen elementos propios del contexto en que tuvieron lugar, a la vez que modificaciones sucesivas o párrafos que hoy no consideraríamos aceptables. Es decir, son un producto histórico y cultural. La pregunta es si son algo más que eso. Si no lo fuesen, un diálogo entre culturas debería ser, como explica largamente Jullien, un diálogo “a la baja”, una búsqueda de un mínimo denominador común, un acuerdo basado en concesiones y claudicaciones. Un “apaño”. Según Jullien esta es una visión insuficiente del diálogo que no contenta a nadie y que resulta superficial y a la larga ineficiente. El autor, en el caso de los derechos humanos, expresa la idea de que, aparte de una tradición cultural, expresan un a priori racional de carácter universal: la formulación de estos derechos siempre será contextual y susceptible de modificaciones, desde luego, pero aquellos abusos de los que nos protegen tienen que ver con lo humano en general y con la dignidad: nadie que se considere humano debería tolerar que otra persona no los tenga. El desarrollo de este punto en el libro resulta iluminador y contundente.

El libro concluye con lo que serían las tesis más personales de este pensador sobre su idea de “lo traducible” y la composición de las lenguas: la humanidad puede desplegarse de distintos modos –la tradición occidental sería uno de ellos–, la clave, según el autor, estaría en la traducción, en la búsqueda de lo común a partir de las propias estructuras lingüísticas. Jullien se distancia, por una parte, de las tesis conservadoras de un Occidente a la defensiva, retraído en su núcleo duro e identitario, en la línea de Huntington; y se distancia también de los defensores de un “diálogo” tan bienintencionado como endeble, los autores del global ethic y todos aquellos que ven este siglo XXI como el escenario de un nuevo bazar de filosofías y creencias más o menos exóticas, el yin y el yang en versión pulsera sobre los mostradores de las cadenas de hamburgueserías. Ni repliegue ni falsa fascinación, nos propone este autor, ni renuncia ni exotismo. La tolerancia, concluye François Jullien, no puede proceder de que reduzcamos las pretensiones de nuestros valores o los relativicemos, sino de alcanzar una “inteligencia compartida”. ~

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