Una sabia decepción: el abecé del ciudadano

Abecedario democrático

Manuel Arias Maldonado

Turner

Madrid, 2021, 288 pp.

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El profesor Manuel Arias Maldonado viene publicando libros sobre los males y peligros por los que pasan nuestras democracias liberales. Este liberalismo democrático es un ideal sobre el que no deja de reflexionar, y, a su modo, de defender, y digo “a su modo” porque no se trata de una defensa preconcebida, como se ve en este Abecedario democrático, sino un ir buscando lo menos malo, aquello que funciona, basándonos en los hechos y en la historia. Sus libros están llenos de referencias a filósofos que pensaron sobre lo político, pero antes que un filósofo Arias Maldonado es un pensador político, atento a los medios de comunicación, y alguien que siente una vocación por lo público, proyectada a través de sus escritos. Cuando vi su nuevo libro me vino a la mente el precedente del Diccionario del ciudadano sin miedo a saber, de Fernando Savater, publicado justo antes de la crisis de 2008 y cuando el terrorismo etarra todavía estaba activo. Arias Maldonado, junto con autores como Félix Ovejero, José Luis Pardo o el propio Savater, forma parte del grupo de profesores universitarios ocupados en la divulgación de muchos de nuestros valores democráticos.

Uno de los temas recurrentes de Arias Maldonado es la defensa de la pluralidad. Su obra Nostalgia del soberano, donde trataba sobre los peligros de esperar demasiado de la política –cuando pretendemos que la política, en lugar de limitarse a solucionar problemas, resuelva nuestra vida o le dé sentido–, decía en su último párrafo: “No se trata de poner el énfasis en el célebre e pluribus unum que sirve de lema a la democracia norteamericana: ‘de muchos, uno’. Hay que darle la vuelta a la fórmula, para fijarnos en el ex uno plures que constituye su reverso: ‘de uno, muchos’.” Este asunto recorre también su Abecedario democrático. Esta obra, en todo caso, es una síntesis de lo que Arias Maldonado es capaz de explicar sobre nuestras democracias liberales a un lector común. En veintisiete voces, que se corresponden con las letras de nuestro abecedario, resume cuál es el debate sobre cada una de las cuestiones, de la a de “autonomía” a la zeta de “zelote”, que es el término que usa (quizá porque no tenía muchas opciones para la zeta) como sinónimo de fanático o dogmático. De algún modo, el autor parece renunciar a la brillantez o a la originalidad para centrarse en lo sustancial, en explicar cuáles son los términos en que la discusión se lleva a cabo hoy en día. Arias Maldonado ha hecho una gran pedagogía. No diré que el libro es gris, porque la prosa en que está escrito es amena y se lee muy bien, pero es como si a propósito hubiese buscado esa tonalidad, esa ausencia de sobresaltos y esa madurez, que, en el fondo, casa muy bien con lo que parece proponer la obra: la política es necesariamente gris, no debe aspirar a despertar el entusiasmo, sino a que los entusiasmos, los de cada uno, puedan tener lugar dentro de ella y de su entramado legal. “Hay que tener en cuenta que la vida democrática es conflictiva, insatisfactoria, decepcionante; nuestras expectativas rara vez se verán satisfechas”, dice en un momento.

La estructura de cada capítulo suele consistir en mostrar las diferentes posturas que existen sobre el asunto, ya sea el feminismo, el medio ambiente o el voto, para llegar al final a una toma de partido motivada por la experiencia con que contamos o la incompatibilidad del resto de las alternativas con las libertades individuales. Esas tomas de partido tienen un tono moderado, pero el libro en su conjunto no tiene nada de moderado, en cuanto a la defensa de la libertad individual. Insisto en que es una extraordinaria síntesis sobre dónde se encuentra el debate sobre lo público. Su mérito no es aportar algo más o menos novedoso, como podría haber hecho el autor en otras obras, de modo que quienes están habituados a tratar sobre estas cuestiones no van a dar probablemente con ningún descubrimiento. El mérito del esfuerzo de escribir este libro es, insisto, su carácter luminosamente sintético. Al fin y al cabo la democracia se basa en la idea de una ciudadanía medianamente formada y que participa en la discusión pública, con lo que una obra así es algo perfectamente coherente y lleno de sentido.

Dice el autor en la introducción: “Este abecedario quiere ser una modesta contribución a la defensa –o fortalecimiento– de la democracia liberal. Parto de la premisa de que esta última es preferible a sus alternativas; y lo mismo vale para la sociedad liberal que se asocia a ella.” La primera voz es “Autonomía”, donde hace una llamada a que nuestras vidas sean lo más plenas (menos heterónomas) posibles, y donde trata también de la necesidad de unas condiciones de vida y laborables aceptables –esta idea, la de que debe haber cierto amparo y cobertura social por parte del Estado, se repite a menudo, aunque el autor no se sirva del término “socialdemocracia”–. En “Bien común” busca un punto medio entre el comunitarismo y quienes, como los libertarios, solo atienden al interés privado. En “Globalización”, sin apartarse nunca de cierto pragmatismo, apunta kantianamente a que “la sociedad mundial es el destino final de la humanidad”. En “Historia” analiza los intentos de deslegitimar nuestra Transición a la vez que advierte del peligro de que haya una versión oficial de la historia. En “Igualdad” cita a Brennan para explicar por qué la utopía socialista no es mejor que la capitalista, y escribe en el último párrafo: “Puede así concluirse que la igualdad es imposible, pero una excesiva desigualdad es indeseable. Y ese es el consenso que, con diferencias de grado, rige en las democracias occidentales.” En “Medio ambiente” recuerda que el ecologismo nace en democracias, y no en otro lugar; y muestra el autor sensibilidad hacia el bienestar animal, una cuestión también repetida a lo largo de las páginas. En “Nación” enfrenta el ideal cívico con el ideal étnico, y desarrolla la idea de que “el modelo cívico de nación es contraintuitivo: lo habitual es que los ciudadanos experimenten pasiones nacionales y un fuerte apego hacia la cultura que sienten como propia. Y precisamente por eso es conveniente empujar en la dirección opuesta”. En “Populismo” expresa la paradoja de que esta corriente solo sea posible en democracias, por más que su fin sea sustituirlas. Las referencias a la actualidad abundan en todas las voces, pero sin perder de vista la idea central, y en cierto modo atemporal, que se quiere mostrar. Artículos como “Voto” o “Yihad” dan muchas claves también interesantes. Que este libro haya sido escrito originariamente en castellano es una esperanzadora muestra de, pese a todo, nuestra madurez democrática. ~

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