De plumas y espadas

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A dos años del ataque terrorista contra las Torres Gemelas, el mundo se ha transformado en un lugar distinto. No es sólo que la realidad haya cambiado, sino que los parámetros que nos servían para evaluarla se han perdido y hasta las palabras mismas parecen haberse vuelto insuficientes para nombrarla. El fracaso social de las ideas, excepto, tal vez, de las más simplistas e incendiarias, es patente. Con contadas excepciones, el debate sobre lo que está sucediendo en el mundo suele reducirse a la reiteración de una serie de fórmulas prefabricadas y manidas, enunciadas sin convicción y encaminadas más a definir la posición de quien las emite dentro del espectro moral y político imperante que a esclarecer, o cuando menos describir con rigor, las complejidad de las circunstancias que nos agobian. Nada de lo cual, en realidad, es resultado de los hechos violentos de los últimos dos años. Éstos simplemente han puesto de manifiesto la inoperancia de nuestro pensamiento político. Frente a un panorama desconcertante e inédito, las respuestas de nuestros intelectuales han tendido a ser tímidas, insuficientes y mecánicas; lastradas, al parecer, desde su origen, por la conciencia de su propia irrelevancia.
     El libro de Eliot Weinberger, titulado simplemente 12 de septiembre. Cartas de Nueva York, en alusión a la mañana siguiente a los ataques suicidas, funciona en este contexto como la bitácora de vuelo de un periodo terrible, visto desde la muy personal perspectiva de un intelectual neoyorquino. Weinberger es un escritor prolífico. Traductor, editor y ensayista literario, se le conoce bien en México como el principal traductor al inglés de la obra de Octavio Paz. En la media página que introduce el volumen, él mismo se descarta como un especialista en asuntos políticos: “Los seis ensayos deben verse como instantáneas de lo que estaba pensando una persona que lee los periódicos en seis diferentes días de nuestra historia reciente.” Una persona, cabría agregar, inusualmente inteligente y aguda, dueña de una pluma admirable y que forma parte de la sofisticada elite literaria de una de las capitales intelectuales del mundo. Como el propio autor parece sugerir, el principal valor del libro radica justamente en su carácter testimonial. La acertada decisión de no modificar las versiones originales de los textos, a la luz de los acontecimientos posteriores, preservó cada uno de estos ensayos como el registro de una colección de estados de ánimo fluctuantes, en un periodo marcado por el continuo ir y venir de anticipaciones catastróficas, donde “cada nuevo pánico artificial se funde con el siguiente y borra el recuerdo del anterior”.
     El volumen comienza con un “Preludio” (aparecido en su momento en estas páginas, al igual que otros dos de los ensayos que componen el libro) que es una pormenorizada crónica de los hechos (no les llamemos elecciones) que culminaron con el ascenso de Bush a la presidencia y que Weinberger no duda en calificar de “golpe de Estado”. Le siguen cinco ensayos escritos, respectivamente, un día, tres semanas, cuatro semanas, un año y dieciséis meses después de los avionazos contra el World Trade Center. En realidad, el tema central del conjunto no es el terrorismo islámico ni las consecuencias geopolíticas de los atentados del 11 de septiembre, sino el ascenso y la consolidación en el poder de lo que él llama El Equipo Casa Blanca, dentro del cual, por lo demás, el presidente Bush sólo cumple una función de fachada: “George W. Bush guarda exactamente la misma relación con las políticas de su gobierno que Britney Spears con el funcionamiento de la corporación Pepsi”.
     Los argumentos contenidos en esta animada crónica de los primeros dos años de lo que Weinberger considera “la Casa Blanca más temible de los tiempos modernos” pueden resumirse en su siguiente frase: “Estados Unidos es una república bananera con mucho dinero.” En cuanto tal, es un país donde las elecciones se ganan con trampas, donde el gobierno tuerce leyes y reglamentos para favorecer los intereses económicos de sus amigos más cercanos, donde el Estado vigila cada vez más de cerca la vida privada de las personas, combate activamente la disidencia y restringe hasta el límite de lo posible la libertad de expresión, al tiempo que somete a sus ciudadanos a campañas continuas de condicionamiento mediático basadas en la ignorancia, el racismo, la paranoia y el terror. Allende sus fronteras, Estados Unidos no es sino un gigante egoísta, con un objetivo único en la mente: hacerse de más y más petróleo: “Es difícil entender a Bush —sobre todo cuando habla—, pero resulta un tanto más fácil hacerlo cuando caemos en la cuenta de que ve al mundo entero exclusivamente en términos de la producción y consumo de petróleo”.
     Tal vez lo mejor del libro sean sus apuntes sobre la experiencia de los atentados en la ciudad de Nueva York, y la forma en la que transformaron la vida de sus habitantes en los días y las semanas subsecuentes. La visión de Weinberger es a un tiempo lúcida, lírica y reflexiva; consigue capturar el tono emocional de la tragedia sin perder de vista la necesidad intelectual de considerar de inmediato sus repercusiones. El volumen contiene también, inevitablemente, el tipo de teorías de sofá sobre la naturaleza del terrorismo internacional, las verdaderas aspiraciones de la mentalidad islámica, y la mejor manera de poner en marcha (o no) a los ejércitos de la potencia imperial que suelen plagar los comentarios de la época. Vistos a la distancia, estos pasajes, con sus predicciones desmedidas sobre el número de bajas y la descripción de reacciones en cadena que acabarían por incendiar regiones enteras, son sin duda el punto más bajo del volumen.
     Quien espere encontrar en esta colección de ensayos un análisis equilibrado de lo sucedido en los dos primeros años del gobierno de Bush está buscando en el lugar equivocado. Quien la crea representativa de una visión prevaleciente dentro de la sociedad norteamericana o del tono general del debate sobre estosasuntos en los medios intelectuales y de prensa en Estados Unidos, se equivoca. Weinberger habla desde los confines de una minoría que se ha visto orillada en los últimos años a los márgenes del espectro político. Sus ensayos elegantes e incisivos son un largo lamento de la inteligencia que se sabe rebasada por las fuerzas de lo irracional, de lo vulgar y de lo barbárico. En ellos encontramos con frecuencia la voz exasperada de quien no consigue asimilar que el mundo esté poblado y dirigido por idiotas. Es innegable que la izquierda ilustrada en Estados Unidos cuenta con los mejores epigramas, de los cuales el libro de Weinberger está repleto; pero es igualmente innegable que la derecha cuenta con los mecanismos y la voluntad para ganar elecciones, controlar el poder y llevar hasta las últimas consecuencias su proyecto político extremista. Mientras esta situación no cambie, las ingeniosas puyas de la izquierda estarán marcadas por la autocomplacencia y sus análisis delatarán un tono inevitablemente fársico. Las imágenes caricaturescas de la colección de esperpentos que componen el gabinete de Bush nos dejan a todos con una sonrisa en los labios, pero también nos obligan a preguntarnos, ¿cómo es que esa punta de payasos tiene de rodillas al mundo? Si ésa es la triste estampa de la potencia, ¿dónde quedamos nosotros, el resto de los mortales, que vivimos (cada vez de un modo más evidente) bajo su bota? El propio Weinberger parece reconocer la ineficacia de este discurso para enfrentar los desafíos de una realidad totalmente nueva. Su libro termina con una declaración de impotencia, que es, implícitamente, un llamado a buscar un nuevo lenguaje, capaz de dar forma a una alternativa viable y consecuente. ~