Del buen salvaje al buen “ñamericano”

Ñamérica

Martín Caparrós

Literatura Random House

México, 2021, 680 p.

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Pocos libros han sido objeto de tantos malos entendidos como el del venezolano Carlos Rangel, Del buen salvaje al buen revolucionario (1976), una crítica a la mitología izquierdista fanática, que no al pensamiento y los logros de su variante más exitosa, la socialdemocracia. Se ubica en las antípodas de Las venas abiertas de América Latina (1971), de Eduardo Galeano, una loa al victimismo plagada de hipérboles, medias verdades y parafernalia ideológica. Desde una perspectiva más actual, el texto de Rangel resultaría cuestionable para el pensamiento decolonial exhibido en La idea de América Latina (2005), de Walter Mignolo. Afirmar que nuestro fracaso como región no es simplemente atribuible a la herencia colonial o al sistema capitalista, sino también a decisiones políticas y económicas –de espaldas a lógicas económicas exitosas y políticas sociales no clientelares– sería el colmo del servilismo colonial.

El venezolano subraya el papel del pensamiento de izquierda no democrático –propio del “buen revolucionario”– en la creación de un clima intelectual y político que convierte a la pobreza y la desigualdad en pretextos para destruir las instituciones, acompañar opciones totalitarias y suprimir las libertades públicas. La polarización extrema del Chile actual se debe, en parte, a los “buenos revolucionarios” del siglo XXI, enfrentados a una derecha antiliberal que, al parecer, añora el orden de la feroz dictadura de Augusto Pinochet. Otro ejemplo es el caso venezolano: la revolución llevó a un estado petrolero a la ruina y la tiranía, una “hazaña” solo atribuible a una decidida voluntad política de destrucción de la economía para preservar el poder omnímodo sobre la sociedad. Si bien otros gobiernos no siguieron la línea del venezolano, la izquierda de arrestos antiliberales carga con tres fardos: Nicaragua, Cuba y Venezuela.

En este marco propongo una lectura de Ñamérica (2021), del argentino Martín Caparrós, equidistante de Mignolo y Rangel y más cerca de Galeano. Lo mejor de este texto es el ojo de cronista de su autor, cuya honestidad periodística se luce en el amplio fresco de un continente pluricultural, con grandes deudas políticas y sociales. También su muy realista empeño en dejar claro que no somos una región indígena –aunque las carencias de estos pueblos siguen en pie– ni se puede buscar una alternativa a nuestros dramas que ignore o impugne la lengua española, la historia y la cultura de estos últimos siglos. En cuanto al punto de mira, se rechaza el sistema capitalista y se destaca de la región su condición caótica y la vida precaria de millones de personas. Ñamérica, con la letra Ñ que marca a nuestra lengua y define un espacio histórico, es poco más que su gente en pobreza extrema, su fracaso y su resistencia política. ¿Ciencia, economía, arte, tecnología, pensamiento? No, apenas la cultura popular y sus tantas expresiones, en lo cual Caparrós coincide con Néstor García Canclini y su Latinoamericanos buscando lugar en este siglo (2002). En este sentido, y el autor está consciente de ello, el libro confirma lo que piensa la izquierda del primer mundo sobre nosotros; así, nuestras clases medias son élites colonizadas e individualistas cuyo esfuerzo por vivir mejor significa estar de espaldas al bien común. Ni hablar del empresariado, el gran villano explotador junto con las élites políticas. Hasta las feministas y los activistas LGBTQ somos cuestionados en Ñamérica porque se supone que queremos inclusión y no cambio de fondo (depende del feminismo: el decolonial, cuya figura cimera es Rita Segato, es de una radicalidad tremenda).

La simpatía de Caparrós hacia los millones de ñamericanos en la precariedad es encomiable, pero su visión global de la región no hace honor a la calidad de sus crónicas. La sombra de Las venas abiertas de América Latina se nota en la incapacidad de superar la nostalgia por los tiempos heroicos de la izquierda, muy evidente en la complaciente manera en que se entrevista a miembros rasos de esa corporación criminal llamada Fuerzas Revolucionarias Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), verdaderos panfletos parlantes deudores de esa nostalgia.

Impregna, incluso, las muy certeras crónicas sobre Caracas, Managua y La Habana. En el caso de Caracas, se considera, equivocadamente, a la Misión Vivienda como el primer programa de vivienda popular de Venezuela, y se señala a la baja de los precios del petróleo como la causa de la debacle nacional. Economistas venezolanos de prestigio, a salvo de la acusación de “neoliberales”, están de acuerdo en que el motivo reside en la destrucción revolucionaria de la industria petrolera. Llama la atención que el tema de los derechos humanos apenas se toca, cuando Venezuela posee el dudoso honor de ser el primer país del continente en el que la Corte Penal Internacional abre una investigación por crímenes de lesa humanidad.

Asimismo, se afirma que en Venezuela la propiedad privada está viva y coleando. En realidad, los únicos bienes a salvo son las arcas del Estado tratadas como propiedad privada, los cientos de millones de dólares robados por los revolucionarios, las propiedades y dinero de los ricos de toda la vida en el exterior y los negocios de los “enchufados”, como se conoce en Venezuela a quienes hacen dinero a la sombra del poder. Del resto, un alto porcentaje de las PYMES, por no hablar de los salarios, las pensiones y los bienes inmuebles, han saltado por los aires. Venezuela me recuerda, con el perdón de mis amistades del país austral, a la Argentina de mi juventud: nuestro Perón-Evita-Che, Hugo Chavéz, condujo a Venezuela a la hiperinflación, el militarismo, la violación sistemática de derechos humanos, la migración masiva y a la insignificancia.

Caparrós reconoce la falta de imaginación política de nuestro tiempo. Un mundo en el que Jair Bolsonaro y Andrés Manuel López Obrador gobiernen dos países del calado de Brasil y México le da la razón. Sin embargo, a pesar de tal reconocimiento, afirma que solamente la política salva por la vía de estados nacionales capaces de repartir la riqueza y hacer que todos vivamos sin diferencias mayores: lo mismo decía Hugo Chávez en su Plan de la Patria (2007-2013). Los nuevos buenos salvajes son el porcentaje –no mayoritario, por cierto, como indica el propio Caparrós–, de la población en la pobreza extrema, mutados en los buenos “ñamericanos” a la espera de los revolucionarios salvadores. Soluciones viejas y fracasadas para problemas imposibles de resolver fuera del marco de la cuarta revolución industrial y de la continuación de los éxitos de las vituperadas democracias liberales, que no por estar en decadencia y plagadas de errores dejan de ser las ganadoras en cuanto a logros sociales y políticos.