Deseo, imagen, lugar de la palabra, de Andrés Sánchez Robayna

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Después de leer Deseo, imagen, lugar de la palabra no dudaría en señalar que, en nuestros días, la obra de Andrés Sánchez Robayna constituye uno de los momentos de particular hondura intelectual y espiritual escritos en nuestra lengua. Dueño de una vastísima cultura y desde la base de su propia vocación como poeta, la experiencia de este escritor canario seduce no sólo en virtud de un conocimiento agudo de la tradición sino porque, digámoslo así, en sus páginas la conciencia de esta tradición parece hablar consigo misma. No es a Robayna a quien escuchamos reflexionar a fin de cuentas: es la historia de la poesía, el arte y el pensamiento contemporáneos confrontándose a través de algunos de sus capítulos determinantes pero, también, tanteando el vértigo de sus incertidumbres más severas.

A propósito de éstas y según Steiner, con la desaparición de la alianza que sostuvo el pacto de identidad sacramental entre la palabra y el mundo, la conciencia de Occidente se mudó de casa. Tan es así que las órbitas de la sensibilidad y el conocimiento más profundas y complejas (desarrolladas hoy en día por la investigación científica y tecnológica) han llegado a configurar un todo de articulaciones no verbales en donde, precisamente, el pensamiento del hombre de letras no tiene ya cabida. Se trata de una dimensión inédita, un universo esencialmente no letrado e, incluso, contraletrado cuya realidad prefiguró, dramáticamente, la bóveda del nihilismo semántico destapada por Mallarmé. Puestos en este punto y si quisiéramos rastrear el nacimiento de esta nueva conciencia afterword (la definición es de Steiner), debemos remontarnos a las noches de Un coup de dés. Significativamente, el volumen de Andrés Sánchez Robayna abre y cierra con sendos ensayos en torno a la figura y obra mallarmeanas. Entre ambos escritos (“Mallarmé y el saber de la nada” junto con el que da título al libro), las ondas concéntricas de Deseo, imagen, lugar de la palabra se multiplican tras la aspiración de conjurar aquel vacío, eje incómodo que heredamos de la Modernidad.

Sugería yo al inicio que Robayna es ante todo un poeta, con una obra que desde hoy ocupa un sitio ineludible en el panorama de la lírica actual escrita en castellano (reunida en El cuerpo del mundo, 2004). En tal sentido, apenas si es necesario añadir que se trata de alguien para quien la práctica de la poesía es indisociable de la reflexión, señalando arterias en donde la poesía se encuentra con otras figuras de la creación y el pensamiento. Partiendo de esta cercanía, Deseo, imagen, lugar de la palabra reúne un conjunto de ensayos sobre la premisa de algunas de sus afinidades electivas: Valéry, Breton, Michaux, Celan, Seferis, Lezama y Juan Ramón Jiménez, entre otras que acompañan a Mallarmé. Robayna continúa la segunda sección con varios ensayos sobre artistas. Justo es señalar aquí que el escritor es uno de esos rarísimos ejemplos de poeta ante quien la expresión gráfica y plástica no es sólo un pretexto para la metáfora oportuna sino que, bajo su mirada, las equivalencias clásicas entre el nacimiento de las formas y la expresión poética se acentúan perfilando significaciones nuevas. No es gratuito, desde luego, que la experiencia de aquellos artistas mantenga un fuerte vínculo con las esferas de la poesía y, en general, con el fenómeno de la palabra escrita. El volumen concluye con una exposición: “Poesía y pensamiento”, más un ensayo extenso en el que –decía yo líneas arriba– se explora el lugar de la poesía centrada por el mutismo al que la condenó Mallarmé.

La clave de Sánchez Robayna ante esta imposibilidad terminal es una reflexión lúcida pero, también, una poética: “Lo que ha cambiado, de Mallarmé a nosotros, es que esa extrema conciencia del lenguaje, en el que reside, sí, el hecho poético por excelencia, lo es también de que hay algo que va más allá de él”. El autor no duda en identificar a esta interpelación del más allá con un recurso de lo trascendente: “un designio de religación, de una conciencia, en suma, religiosa”. Para el poeta (según creo que advertía Heidegger) la ciencia no piensa y, en esa medida, es incapaz de un paso al margen de la prueba. Vida que acontece ajena a la vida de la imagen. Y precisamente éste es el reproche de Deseo, imagen, lugar de la palabra al auge actual del nihilismo científico y la vacuidad tecnológica: ambos niegan la posibilidad de la palabra como emisora o creadora de significados, entendiendo por ello cierta flexibilidad ubicua para trasmitir información, conocimiento e, incluso, energía especulativa. Sin embargo, al margen de esta instrumentalización y a más de un siglo de las noches blancas de Mallarmé, los fenómenos que determinan el fin de la Modernidad no se entenderían, para Robayna, sin el surgimiento “cada día creciente y más intenso, de una palabra que mira y se encarna más allá del lenguaje”. ~

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