Diccionario breve de mexicanismos, de Guido Gómez de Silva

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Guido Gómez de Silva, Diccionario breve de mexicanismos, Academia Mexicana y Fondo de Cultura Económica, México, 2001.DICCIONARIOSEl habla de los mexicanos

Los diccionarios especiales se oponen a los generales. Éstos pretenden describir el léxico total de una lengua; aquéllos sólo determinado sector del vocabulario. Si se atiende a la naturaleza de sus entradas, los lexicones pueden ser lingüísticos (enlistan signos), enciclopédicos (aluden a las cosas) y de lengua (contienen signos y definiciones). Dentro de los especiales, conviene distinguir los integrales de los diferenciales. Por tanto, el Diccionario breve de mexicanismos, de Guido Gómez de Silva, es especial, de lengua y diferencial. Viene a sumarse a otras obras suyas, de la misma naturaleza, como el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana o el Diccionario geográfico universal, entre otros varios. Gómez de Silva es sin duda uno de los más laboriosos diccionaristas mexicanos.
     La mayor parte de los diccionarios generales —si puede llamárseles así— de la lengua española que se han publicado en nuestro país no son sino resúmenes, casi siempre arbitrarios, del diccionario académico, destinados por lo general a los estudiantes de educación elemental y media. Muy lejos están de describir el léxico total de la lengua. Si el Diccionario de la Academia, de los generales sin duda el más completo, contiene apenas una pequeña parte del vocabulario, resulta hasta burlesco llamar diccionarios generales a las simplificaciones que de él se hacen, con frecuencia ridículas en sus dimensiones. A pesar de ello no caben tampoco en la clase de especiales, pues sus autores no determinan cuál sector del léxico intentan atender. Hasta hace relativamente poco, no se hacían, en México, diccionarios de lengua especiales e integrales (es decir no diferenciales). Hoy contamos con varios excelentes productos de este tipo. El equipo dirigido en El Colegio de México por Luis Fernando Lara ha publicado ya tres diccionarios, cada uno más abarcador que el anterior, en los que se pretende explicar, de manera integral, el léxico del español de México. No quiere esto decir que contengan, en efecto, la totalidad de voces y acepciones de la lengua española de México, cosa por demás imposible. Lo que me importa destacar es que el marco teórico, el criterio de esas empresas es de carácter integrador y no diferenciador: no les interesa explicar sólo el léxico exclusivo del español mexicano, sino que orientan su trabajo a la definición de todos los vocablos que lo integran (o al menos de los más importantes estadísticamente hablando), sean o no exclusivos.
     Hay más tradición, en nuestro país, como era de esperarse, en la preparación de diccionarios especiales y, además, diferenciales, en los que se explican los vocablos y acepciones que se juzgan propios o exclusivos del español mexicano. Hay que aclarar que, en la práctica, es imposible hablar de mexicanismos stricto sensu, si por ello se entienden vocablos o acepciones presentes en los idiolectos de todos los mexicanos y ausentes en los idiolectos de todos los no mexicanos. Creo que, generalmente, cuando un lexicólogo o un dialectólogo habla de mexicanismos está aludiendo a voces o acepciones que emplea o conoce la mayoría de los mexicanos y que desconoce o emplea poco la mayoría de los no mexicanos. Son, entonces, mexicanismos lato sensu. Una clara prueba de que esta clase de vocabularios (especiales y diferenciales) son los que más se han preparado en nuestro país es el hecho de que la Academia Mexicana, hace poco, logró reunir nada menos que 138 "listas de mexicanismos" (la más antigua es del año 1761), que no son otra cosa sino diccionarios de mexicanismos de muy diversa extensión y calidad. Con las palabras que aparecen en esas listas, la Academia preparó y publicó un Índice de mexicanismos (es decir una lista de vocablos sin definición) que contiene la nada despreciable cantidad de 77,000 voces.
     Buena parte de la originalidad del trabajo de Gómez de Silva consiste en haberse valido de ese índice para elegir, me parece que acertadamente, los mexicanismos que integrarían su breve diccionario. Trataré de justificar esta opinión. Los diccionarios diferenciales suelen rivalizar por incluir el mayor número posible de —ismos (mexicanismos, en nuestro caso y, con mayor evidencia, indigenismos), sin percatarse de que se usen o no (en el español de México), lo que evidentemente  distorsiona  la  realidad lingüística y confunde a todo el que los consulta. Muchos —ismos se proporcionan a veces por razones eruditas, a pesar de que carezcan de vitalidad entre los hablantes. Ahora bien, cuando sucede que determinada voz o acepción está considerada no en uno sino en decenas de diccionarios de mexicanismos, es muy probable que estemos ante un mexicanismo vivo, que debe ser considerado parte integrante del léxico del español de México. Aclaro, además, que las palabras contenidas en el Índice de la Academia Mexicana fueron sometidas a una encuesta con mexicanos de todas las regiones del país, para ver cuáles de ellas eran mejor conocidas por los informantes. Guido Gómez de Silva escogió, por una parte, sólo aquellas voces que estaban registradas en varias listas (y no sólo en una o dos) y, por otra, las que resultaron conocidas por la mayor parte de los informadores. Con este procedimiento, de las 77,000 entradas del Índice se quedó sólo con 6,200, que constituyen los artículos de su Diccionario breve de mexicanismos. Estamos pues ante un diccionario, breve ciertamente, pero de verdaderos mexicanismos (lato sensu, obviamente) y no de rarismos, como suele suceder con otros vocabularios de este tipo.1 No quiero decir que no convenga disponer de un diccionario en que podamos encontrar las definiciones de todos los rarismos, sobre todo de aquellos que están documentados en alguna obra literaria. Lo que digo es que no debe confundirse un tesoro de este tipo, con los mexicanismos que forman parte del léxico del actual español de México.
     Puede hacerse un ejercicio sencillísimo. Tomemos las veinte primeras entradas del diccionario de Gómez de Silva y comparémoslas con el mismo número de primeros artículos de otros diccionarios tradicionales de mexicanismos. En el que estoy comentando aparecen las siguientes (suprimo las locuciones):2 abajeño, abanderar, abarrotero, abarrotes, abonero, abordar ('subir a un avión u otro vehículo'), abue, abuelito, abusadillo, abusado, acabadito ('agotado, extenuado por la vejez'), acalambrado, acalambrarse, acamaya ('langostino de río'), acambarense ('perteneciente o relativo a Acámbaro'), acamellonar ('hacer camellones'), acapaneca ('miembro de un grupo indígena del estado de Jalisco'), acaponetense ('perteneciente o relativo a Acaponeta'), acapulqueño y acarreado. Algunos mexicanos pueden desconocer, quizá, acamaya, acamellonar, acapaneca y acaponetense, es decir, un 20% de los artículos.3 Las veinte primeras entradas de Santamaría son las siguientes: a ('castellanización del elemento compositivo azteca atl, agua'), aatam ('nombre que se daban a sí mismos los indios de Sonora y Arizona'), ababábite ('planta morácea silvestre), abadanado ('con caracteres semejantes a los de la badana'4), abadejo (cierto insecto), abajeño, abajo ('curso y ribera inferiores de los ríos'), abal ('jobo o ciruela agria'), abalanzadero ('lugar del cauce de un río a propósito para abalanzar los ganados'), abalanzar ('echar ganado al agua'), abalo ('tlilzapote, tempizque'), abalserar ('formar un balsero o montón de cosas desordenadas'), abalumar ('poner cosas de modo que formen gran bulto o balumba'), aballuncar ('conducir el ganado'), abanarse ('golpearse con la cola las bestias su propio cuerpo'), abandonar (minería: 'dejar de explotar por determinado tiempo el fundo'), abandono ('dejadez, gracia descuidada'), abanicar ('hacer aire con cualquier objeto al agitarlo'), abanico (planta amarantácea), abarcar ('comprar gran cantidad de una mercancía'). Me temo que buena parte de los vocablos y acepciones anteriores (mexicanismos, según Santamaría) son desconocidos por la mayoría de los mexicanos.
     Gómez de Silva se nos muestra original también en el estilo de redactar las definiciones (y también la introducción de su diccionario). Este vocabulario no es ni pretende ser una obra erudita. Su destinatario ideal no es precisamente el lexicólogo enterado, aunque también a él le hará provecho su consulta, sino sobre todo el lector culto y curioso de su lengua. Su estilo es, si se me permite la expresión, didácticamente sencillo: no hay en el libro ni tecnicismos innecesarios, ni rebuscamientos pedantes, ni digresiones anecdóticas. Lo que ahí se explica puede entenderlo cualquiera que sepa leer. No quiere esto decir que las definiciones sean siempre breves y escuetas. En ocasiones no queda otro remedio que extenderse, pero esto obedece no al prurito de complicar las cosas sino de que se entiendan. Cuando se puede explicar un concepto con pocas palabras, Gómez de Silva emplea pocas palabras, sus definiciones son generalmente concisas;5 cuando se necesitan más, se usan más pero con una redacción clara y ordenada.6 En sus artículos, informa a sus lectores de los rasgos semánticos imprescindibles de las palabras y deja de lado lo que pueda distraerlos de lo esencial. Cuando dispone de etimologías más o menos seguras, las anota.7 Cuando resulta útil, en vocablos procedentes de otras lenguas diversas de la española, se proporciona, entre barras, la pronunciación usual en México.8
     Algunos otros aspectos relevantes: los dígrafos ch y ll  "se tratan como combinaciones de dos letras, de modo que ch precede a ci y ll a lm" (p. x). Esta manera de alfabetizar las entradas, ya adoptada por la Academia Española en la más reciente edición de su Diccionario (la 22a de 2001),9 es la que prevalece en los diccionarios de todas las lenguas que cuentan con alfabeto latino. Por otra parte, bien hace el autor en no seguir a la Academia Española en otras características de su Diccionario, como por ejemplo en ciertas castellanizaciones ortográficas de vocablos extranjeros. Gómez de Silva anota flash, whiskey y garage como en inglés (las dos primeras) y francés (la última), porque así se escriben en México; mal haría en emplear las grafías flas, güisqui y garaje, que aparecen en el Diccionario académico, por la simple razón de aquí nadie las usa. En efecto, el drae debe verse, para los restantes diccionarios de lengua española, como un modelo no sólo por su respetable antigüedad y tradición, así como por su constante afán de renovación y actualización, sino porque, al menos en su más reciente entrega, es el resultado del trabajo conjunto de todas las academias de la lengua. Sin embargo para que el título de "Diccionario de mexicanismos" no sea sólo eso sino que en efecto describa el contenido, es necesario poner énfasis en todo aquello en lo que el español mexicano, sin dejar de ser lengua española, se aparta ya sea del español llamado estándar, ya sea del propio o de alguna otra zona geográfica particular. En eso consiste precisamente su carácter de diccionario diferencial.
     Termino anotando que no puede señalarse, como defecto de un Diccionario breve de mexicanismos, su brevedad, ya anunciada en el título. Al contrario, se agradece que en este caso se trate en efecto de una obra de consulta fácil. Sin embargo no puedo dejar de recomendar a su autor que considere este lexicón sólo como una primera etapa en la larga empresa de explicar el riquísimo léxico del español mexicano. Ojalá pronto nos entregue Guido Gómez de Silva otro diccionario de mexicanismos, ya no necesariamente breve. ~

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