Edén, de Alejandro Rossi

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También trenzando realidad y fantasía, viéndose también en un espejo con sobrado azogue para que se refleje más de lo que hay, también en torno a la obsesión de un joven que se sabe exitoso por mantenerse siempre joven a través de la terapia jamás fallida de la escritura, también con la complacencia y la vanidad revoloteando alrededor de la nostalgia de una infancia y de las incertidumbres de la filosofía, también con el cosmopolitismo por bandera y el humor forcejeando desde su encierro en episodios oscuros de una vida vivida o imaginada –qué más da, todo recuerdo es una impostura (Nabokov dixit)–, y también porque es su primera novela –si bien “novela” es un marbete demasiado laxo a estas alturas de la vida– Alejandro Rossi le tiende metafóricamente la mano a Oscar Wilde componiendo este ejercicio de stilo llamado Edén, este autorretrato inspirado a medias por la introspección de Proust y el indisimulado carpe diem de Scott Fitzgerald, con El retrato de Dorian Gray, siquiera de forma inconsciente, como retranca.

Diletante entre los diletantes, en el mejor sentido de la palabra, Rossi tenía que caer por fuerza en la tentación de (d)escribirse en su hábitat natural, entre libros de Baroja y Zweig, burgueses de cancha de tenis, elevadas conversaciones banales, copa y unos minutos de name dropping –de nuevo Nabokov– llevando al lector de su mano por un territorio internacional, vital y libresco a un tiempo, en el que se sintió a gusto Jorge Luis Borges, cuya narrativa entre lo cotidiano y lo trascendente, su tono sublime y trivial a un tiempo y su ficción metafísica impregnan definitivamente Edén (“ningún libro le había producido esa sensación de apertura, de algo que no se acaba, un libro que contiene los elementos de todos los libros”, p. 130, en guiño a “La Biblioteca de Babel” de Ficciones), mucho más que cualquier influencia mexicana o italiana (si bien algún lector recordará el tono de Vittorini en algunas de sus páginas). Rossi aquí es heredero del espíritu de Sur y de las felices claustrofobias compartidas por Borges y Bioy, en las que un detalle de la vida doméstica abre de par en par las ventanas de la imaginación, en las que un comentario de comadre o una pincelada escatológica que haría sonreír a Joyce conviven con referencias a la diplomacia y satinadas palabras en francés, y en las que cada voz sostiene en cada frase de cada párrafo un mundo de la memoria trazado con compás. Nada más cercano a la falsa naturalidad que los diálogos de este hermoso libro, y entiéndase lo anterior como un elogio a pesar de que aparente ser un reproche, esto es, nada más verdadero que reflejar en el texto que la verdadera naturalidad cotidiana se vive una vez pero resulta ya imposible revivirla por escrito. Edén es, como todo acto literario, una impostura, y no tiene ningún sentido que el lector escarbe en las presuntas veracidades que se esconden bajo las palabras prístinas de Rossi. Basta con que disfrute con ellas por sí solas.

Desequilibrando el texto a favor del diálogo, el autor del prestigioso Manual del distraído (1978) apuesta por que Edén adquiera hechuras de novela, aunque lo que en realidad desea es hacerse con el pretexto necesario para escribir lo mejor de su infancia y reescribir lo peor de su infancia, y de este modo revivirla. Rossi se pasea por su vida como personaje ajeno, con el trasfondo de una Segunda Guerra Mundial con buques nazis pero con versos de Darío, una tragedia sui generis con Verdi de música de fondo y un narrador encantado de haberse conocido, de haber sobrevivido y de poder ahora darse a conocer. Su fino humor ya viene de sus cuentos de La fábula de las regiones (1997), como viene asimismo de ese volumen suyo anterior la certeza de que el pasado es una historia que uno lee à son aise y construye como un puzzle sin imagen final (“el pasado, me di cuenta, es como un viejo que no acaba de morirse y que altera las versiones de su vida según los interlocutores”, “Luces del puerto”, La fábula de las regiones, Anagrama, Barcelona, 1997, p. 109). Autobiografía, memorias inventadas, retrato en espejo deforme o cualquier otra especie de impostura literaria del bestiario genérico que sea finalmente Edén, poco importa esa cuestión: el último libro de Rossi es literatura químicamente pura. ~

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