Larva y otras noches de Babel / Antología, de Julián Ríos

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El crítico Alejandro Toledo, aficionado a las letras raras y marginales, presenta una antología admirable por su complejidad y riqueza. Se trata de Larva y otras noches de Babel, antología de la escritura del autor español Julián Ríos, quien nació en la región de Galicia en 1941. Los fragmentos incluidos en esta analecta provienen de los siguientes libros: Escrito en plural, Larva / Babel de una noche de San Juan (1983); Poundemónium (1985); La vida sexual de las palabras (1991), Sombreros para Alicia (1993), Álbum de Babel (1993); Amores que atan (1995); Monstruario (1999), Nuevos sombreros para Alicia (2001); Casa Ulises (2003), Quijote e hijos y Puente de Alma (ambas obras en proceso); vienen acompañados de un prólogo de Carlos Fuentes sobre la obra de este amigo de Octavio Paz, Juan Goytisolo y él mismo. Galicia es tierra próxima a Portugal y es una orilla de España que mira hacia el Atlántico, hacia Portugal, pero también hacia Inglaterra, y tienen los escritores gallegos una como inclinación celta y gaélica que los hace porosos a una música distinta, la de las gaitas y cornamusas.

Julián, o Juliano, trae el nombre de un emperador conocido como el Apóstata, que se convirtió primero al cristianismo y luego renegó de este para reconciliarse con los dioses de la antigüedad pagana. Y trae un apellido fluvial, que en él se resuelve como en un delta de las lenguas donde fluyen y confluyen manantiales y aguas de diverso origen. A su modo, nuestro Julián Ríos es también un apóstata, un renegado, en el sentido de ser un autor que ha mirado y hecho su residencia en la tierra en una orilla pero que desde muy joven decidió emprender el camino de regreso y practicar el descenso hacia el abismo con una voluntad lúdica y un incontenible sentido del humor que lo emparienta con escritores como Guillermo Cabrera Infante o Arno Schmidt… Cada obra de Ríos es una sorpresa, y la inteligencia de Toledo, antólogo de este museo en movimiento, ha consistido en saber cortar entre las articulaciones de cada una de las obras de Ríos para producir con ellas un animal novelesco, una fauna de fábula que, más que una antología, es una obra en sí misma, sin duda una espléndida introducción a la literatura de este escritor español poco leído entre los mexicanos, aunque se le conoce como un interlocutor señalado de Paz, con quien produjo ese libro-loco, ese diálogo desatado que es el monólogo dual titulado Solo a dos voces.

Pero Julián Ríos es el nombre de un creador o, como querría Haroldo de Campos, de un transcreador que interroga y traduce las obras de otros –muy en particular de Lewis Carroll, James Joyce y Ezra Pound– y las baja del pedestal extranjero, por así decir, a la prosa andante y andaluza, andadulce, del sur.

No es la obra de Ríos tarea para los trabajadores que buscan desconectarse con una narracioncita amena o picante hecha de sujeto, verbo y complemento. Aunque sí picante, amena y divertida, furiosamente jubilosa, la de Ríos es un espacio exigente y trabajoso, hecho no para quienes quieren leer como si vieran televisión sino para aquellos que buscan la emoción de la orgía verbal y de la promiscuidad sintáctica, el temblor y el temor irreverente del lector que no le teme a las latas vacías, los barcos ebrios, las pasiones non sanctas por el diptongo y las disipaciones entre hiatos jadeantes.

Larva es una obra que sucede en un lugar de la mancha tipográfica, en un lugar de la lengua manchada que él amacha, remacha y pone a chambear y a bailar chachachá y flamenco, pasodoble y tango… a ritmo de Céline y Sarduy, Sterne y Goytisolo, Góngora y Valle-Inclán, en una empresa lingüística, por así decir, no figurativa y ni siquiera abstracta, que tiene que ver en muchos tramos con los escenarios fingidos de eso que se llama instalación, una de las contribuciones del arte contemporáneo al patrimonio dinámico de las vanguardias de nuestra edad.

En uno de sus ensayos más citados y menos leídos, titulado “Las jitanjáforas”, Alfonso Reyes recoge una serie de versos populares y de autor que pueblan los juegos de niños: “aserrín, aserrán, los maderos de San Juan”; el idioma de las brujas y la lengua de los demonios; “abracadabra”; “Pape Satàn, pape Satàn aleppe!”, como reza un célebre verso de Dante Alighieri. Los ejemplos que interroga y rinde Alfonso Reyes señalan una tradición periférica en la cultura hispánica: la del nonsense verse, o poesía insensata, que en la lengua inglesa encuentra sus formas clásicas en las obras de William Shakespeare, Edward Lear y Lewis Carroll. No en balde Ríos es un asiduo lector y un beneficiario creativo de Alicia en el País de las Maravillas. En francés, esa tradición de poesía y literatura que busca una efervescencia sintáctica y asociativa se remonta a ese poeta que se esconde bajo la máscara del profeta y visionario llamado Michel de Nostradamus, cuyas Centurias son un modelo de literatura enigmática. Más recientemente, a fines del siglo XIX y principios del XX, Raymond Roussel escribió novelas como Impressions d’Afrique o Locus solus, fundado en el singular procedimiento de crear cadenas homofónicas –frases que suenan igual pero significan cosas distintas– y luego proceder a rellenar, por así decirlo, el hiato entre ambas referencias con una historia. James Joyce, unos cuantos años después, produciría una de las novelas más espectaculares de la historia de la literatura con una prosa intensa, extensa y proliferante.

Las jitanjáforas, los versos infantiles y las “porras” o cantos deportivos o tribales son dueños de una fuerza arrolladora. Pero esa fuerza ha sido desdeñada, o recluida en los sótanos del habla lumpen, en la lengua española, que, después del pródigo-prodigioso Siglo de Oro, entró en una suerte de estado de hibernación académico y curialesco, a pesar de los juegos efímeros de la tradición barroca, como los villancicos negros y los “tocotines” de Sor Juana Inés de la Cruz. Largos años, siglos de rigidez separaron a la letra española de la hirviente y volcánica creatividad de Laurence Sterne y, más cercanamente, del francés de un Louis-Ferdinand Céline y su obra estallada en el oído. En español habría que esperar, luego de La Celestina, el Lazarillo y el Cancionero de Burlas, las obras de Valle-Inclán y Gómez de la Serna para ver a la lengua quitarse el corsé de la corrección y la decencia. En francés, un heraldo de este sueño fue Valery Larbaud, primer traductor de Joyce, amigo de Reyes, escritor y lector en varias lenguas cuyo “heterónimo” A. Barnabooth soñaba con una suerte de esperanto lingüístico capaz de atravesar las fronteras. Ese sueño literario ha tenido en las letras europeas diversas manifestaciones: una de las más vanguardistas –que cito porque tiene a mi parecer una semejanza con Ríos– es la de Pierre Guyotat, cuya saga novelística, a partir de la novela Edén, Edén, Edén, arriesga no sólo una demolición de las formas verbales tradicionales sino una recreación de la vida cotidiana. Pero es acaso en el orden lírico, en la poesía, donde hay que buscarle a Ríos una familia intelectual de mayores afinidades… Pienso, en el caso de la poesía mexicana, en la obra asombrosa y translingüística de Gerardo Deniz, quien, fiel al sueño del esperanto y de la torre de Babel, cultiva un idioma políglota donde, además del ruso, el alemán, el inglés y el griego, dialogan los lenguajes de la ciencia y de la música.

En las Américas españolas esta tradición expresionista e impresionista de la palabra tendría un desarrollo incomparable en las obras de Miguel Ángel Asturias, Leopoldo Marechal, José María Arguedas, José Lezama Lima y –contemporáneos de Ríos– Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Julio Cortázar, Carlos Fuentes; en España, Alfonso Grosso, Juan Goytisolo, Rafael Sánchez Ferlosio…

¿Larva es una novela que cuenta la historia de dos amigos que pasan una noche en blanco en Londres? ¿O es más bien un experimento, un campo de ejercicios y entrenamientos, un gimnasio del ingenio donde la historia que se quiere y no se quiere contar va desmoronándose a lo largo de las páginas en un juego incesante de escrituras que se replican y desdoblan hasta el vértigo, la náusea, el sueño y la muerte?

El chiste de esta historia imposible está en seguir las huellas de la parodia herida, de la oda enrevesada y del homenaje subversivo que el narrador bufón va sembrando en cada página, que lo mismo se chupan a los evangelios como si fuesen cigarrillos Faros que escupen vanguardias. La sombra de esa parodia es un músico que toca su gaita lingüística mientras se pierde en la noche del significado inapresable. No, no hay que preguntarle qué ha querido decir sino ordenarle con voz de camarada: Play it again, Julián. ~

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