El amateur

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Simon Leys

Breviario de saberes inútiles. Ensayos sobre sabiduría en China y literatura occidental

Traducción de José Manuel Álvarez-Flórez y José Ramón Monreal
Barcelona, Acantilado, 2016, 576 pp.

Simon Leys (Bruselas, 1935-Canberra, 2014) fue un hombre que se atrevió a estar solo. En una época en la que muchos occidentales admiraban el modelo maoísta, y otros lo justificaban apelando al relativismo cultural, él denunció las atrocidades del régimen. Según Leys, para ello no hacía falta saber mucho: bastaba con escuchar lo que contaban los chinos y con leer un par de periódicos al día.

Simon Leys, el seudónimo de Pierre Ryckmans, fue eso y muchas cosas más. Breviario de saberes inútiles, que apareció en inglés un año antes de su muerte, muestra sus intereses más constantes: la tradición literaria europea, la cultura china, la transmisión y la preservación de la belleza, el mar. Como ha señalado Richard King, salvo en su especialidad, la cultura y la literatura chinas, Leys tenía algo de amateur. En su retrato de Chesterton, escribe: “Ninguna de las actividades que de verdad importan se puede practicar de manera meramente profesional.” Hay un elemento gozoso, donde el amateurismo no es una garantía de dilentatismo sino de seriedad y entrega. El libro comienza con un ensayo sobre el Quijote, que Leys considera una obra anclada en el catolicismo español, y con una polémica con Christopher Hitchens sobre la madre Teresa. Hitchens y Leys, cercanos en otras cosas, parecen incapaces de llegar a un entendimiento. Desde una perspectiva humanista, Hitchens reprocha a la madre Teresa su proselitismo cristiano, mientras que Leys la defiende precisamente por eso, recurriendo a alguna trampa y a varias afirmaciones discutibles (también Hitchens hace alguna marrullería en el debate).

La segunda parte reúne textos sobre aspectos literarios generales y sobre la vida y la obra de autores de lengua francesa e inglesa de finales del XIX y del siglo XX. Leys es un maestro de la anécdota y la cita, de la nota a pie de página; su escritura tiende al aforismo y la paradoja. A menudo, la observación lateral es más memorable que la tesis del ensayo. Enumera errores, o apunta el elemento de acierto de una opinión ridiculizada. Aunque tiene observaciones perspicaces sobre los libros, la mayoría de los artículos son una revisión amplia y erudita de la relación entre un autor y su obra (a menudo a propósito de una nueva biografía o edición), la vinculación entre vida, ética y estética. Los perfiles de Gide, Balzac, Waugh, Simenon o Victor Hugo son esclarecedores y sugerentes (el de Malraux es devastador). La mayoría de los autores de los que escribe son hombres. Elogia a Simone Weil, pero el texto que le dedica habla sobre todo de su influencia sobre Camus y Miłosz. Apunta un malentendido en la interpretación de Conrad como escritor del mar: para Leys es ante todo un novelista europeo, continental, que muestra un mundo moderno de terroristas y conspiraciones.

Dos de los mejores textos tratan sobre autores a los que se sentía en cierto modo próximo. De Orwell (a quien dedicó un libro) destaca “la captación intuitiva de realidades concretas, su enfoque no doctrinario de la política (acompañado por una desconfianza profunda hacia los intelectuales de izquierdas) y su conciencia de la primacía absoluta de la dimensión humana”. El retrato de Chesterton incluye algún elemento desconcertante, como cuando aprueba su angustia por los cambios en la moralidad sexual: el matrimonio gay y el movimiento en defensa de la eutanasia, dice Leys, muestran la pertinencia de los temores de Chesterton.

Culto, irónico, escritor en varias lenguas, conservador, infatigablemente curioso y a veces atrabiliario y cascarrabias, Leys creía que toda la escritura era imaginación, pero también que había un fallo de imaginación entre los occidentales ante las atrocidades maoístas. Su preocupación moral –con frecuencia teñida de un matiz religioso– va unida a una fina sensibilidad lingüística, especialmente visible en textos como los que dedica a las oberturas literarias o a la traducción.

La tercera parte se centra en China. Leys habla de la idea de tradición, de la forma de conservar y borrar el pasado, de la relación entre escritura y lenguaje. Le interesa cómo ha visto a China Occidente; también acomete una tarea explicativa de las diferentes formas de entender el arte. Una de las ideas que destaca de China es la armonía, que idealmente debería ser ética y estética. Leys es consciente de los peligros que supone llevar esta vinculación demasiado lejos, pero la relación es uno de los temas del libro. Es un lector borgiano: sabe que a veces nada es tan iluminador como situar las cosas fuera de contexto. Las fábulas chinas le sirven para describir la literatura occidental; una vieja tradición china encuentra su expresión más feliz en una frase de Flaubert, en una lectura de Stendhal.

La tercera parte es también la más polémica. Hay observaciones sobre lo que ser un experto en China, retratos de Mao Zedong, Zhou y Soon May-ling, los repasos históricos de la revolución cultural y los jemeres rojos, homenajes como el que rinde al padre Ladány y su semanario China News Analysis, interpretaciones de actualidad, críticas demoledoras y denuncias de esa estupidez que, como señala Leys citando a Orwell, solo se puede encontrar en la intelligentsia, ya que “ningún hombre corriente podría ser tan estúpido”. Sobre por qué vio aquello que otros no quisieron ver, Leys escribe: “Lo que las personas creen es esencialmente lo que desean creer. Cultivan ilusiones por idealismo; y también por cinismo.”

Las dos últimas secciones son más breves. La cuarta, dedicada a otra de sus pasiones, el mar, incluye un prólogo a una antología de la literatura francesa sobre el mar y una pieza sobre una novela querida, Dos años al pie del mástil de Richard Henry Dama, así como la descripción de dos aventuras: el viaje de Magallanes y la peripecia de unos náufragos en Nueva Zelanda. La parte de la universidad es casi una coda, la reivindicación de dos ideas que recorren todo el volumen: por una parte del concepto de excelencia, frente a una tendencia supuestamente democratizadora que no refuerza sino que debilita la democracia; por otra, de la utilidad de aquello que parece inútil. La universidad, dice Leys, “es un lugar donde se da a los hombres la oportunidad de convertirse en lo que verdaderamente son”.

A veces las recopilaciones de artículos se consideran libros menores. Pero muchos autores escriben lo mejor de su obra de manera dispersa, y ciertas recopilaciones tienen algo de autorretrato. He empezado diciendo que Simon Leys fue un hombre que se atrevió a estar solo, pero al leer este libro estamos siempre en buena compañía. ~

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