El asombro de la mirada. Convergencia de textos de Albert Ràfols-Casamada

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El asombro de la mirada es, como su propio subtítulo indica, una “convergencia de textos” e imágenes de Albert Ràfols-Casamada (Barcelona, 1923-2009), seleccionados por el poeta y crítico de arte Miguel Ángel Muñoz. En sus páginas se juntan las diversas facetas de un artista tan polifacético como Ràfols-Casamada: pintor, sobre todo, pero también articulista, crítico, aforista, diarista y, tardío pero sobresaliente, poeta, con ese desdoblamiento expresivo que, desde el ut pictura poesis horaciano, han practicado Van Gogh y Salvador Dalí, Picasso y Antonio Fernández Molina, entre otros. Es raro un libro como este, que aúne, con claridad conceptual y equilibrio expositivo, las diferentes manifestaciones artísticas de un creador. En los autores con muchas dimensiones, como Ràfols-Casamada, suele prevalecer alguna, quizá porque ni el público ni la crítica están preparados para reconocer que una sola persona descuelle en varios campos del arte. Miguel Ángel Muñoz demuestra que se puede atender a todas esas vertientes con la misma sensibilidad, y otorgarles el crédito que merecen. Y lo hace subrayando, no su divergencia, sino su nexo común, su radical y subyacente identidad: el impulso poético, la voluntad de urdir una red de imágenes, verbales o visuales, que comuniquen una sola vibración espiritual. Ràfols-Casamada suscribe, en una de las entradas de su diario, la afirmación de Octavio Paz según la cual todas las artes pueden trascender sus límites y no ser sino poemas en estado de perpetua incandescencia: ser un gran pintor quiere decir entonces ser un gran poeta; y añade el autor catalán: “La poesía es un destello que sabemos ver a veces en las cosas. La función del arte es dar cuerpo a esa luz.”

El libro empieza con una diligente presentación crítica de Ràfols-Casamada por parte del responsable de la edición. Muñoz destaca el carácter no figurativo de su pintura, su abstracción geométrica, de un lirismo sin sombras, derivado de la absorción de todas las grandes vanguardias contemporáneas, desde el expresionismo abstracto americano hasta el espacialismo europeo; y el dominio del color –“la gran risotada del color”–, heredada de Matisse, una de las principales influencias de Ràfols-Casamada. El antólogo también subraya la desmesura sutil de su trazo, su preocupación constante por el espacio –en busca del “cántico de lo ilimitado”– y la convergencia en su obra de levitación y gravitación. El crítico de arte habitual suele dejarse llevar por la metáfora, al igual que el catador de vinos recurre a los tropos florales o frutales para definir los caldos que prueba: ambos traducen así al lenguaje de las palabras realidades concebidas con el lenguaje de los sentidos. Muñoz, en cambio, utiliza una prosa empírica, aunque no exenta de irisaciones poéticas, para transmitir, con eficacia y objetividad, datos, análisis y juicios. A este trabajo riguroso solo se le puede reprochar que no haya filtrado un poco más los materiales empleados: en su “Nota a la edición” (p. 22) incluye párrafos ya utilizados en la “Introducción” (p. 17); algo que, por otra parte, también ocurre con los textos seleccionados de Ràfols-Casamada, que describe a Joan Miró (pp. 67 y 68) con las mismas palabras con que retrata a Giorgio Morandi (pp. 71 y 76). Asimismo, habría sido conveniente revisar los nombres y expresiones en otros idiomas, sobre todo en catalán, para que no nos encontráramos, por ejemplo, con que el poeta Marià Manent se convierta en mujer: María Manent (p. 159).

Tras la presentación de Miguel Ángel Muñoz, El asombro de la mirada aporta una selección de artículos de Ràfols-Casamada que revelan el origen de su vocación artística y su concepción de la pintura; una muestra de sus “aforismos visuales”; un conjunto de trabajos críticos sobre algunos de sus pintores favoritos –Miró, Morandi y Esteban Vicente–; veinte reproducciones de algunos de sus cuadros más importantes; una amplia selección de sus diarios, que incorpora entradas desde 1975 hasta 1997, provenientes de Huésped del día. Dietario y de sus cuadernos personales; un conjunto de poemas titulado “Policromía o la Galería de los Espejos. Poesía sobre pintura”, con doce composiciones dedicadas a los diferentes colores, cada uno de los cuales representa, a su vez, a un determinado pintor; y, finalmente, la amplia entrevista que le hizo Miguel Ángel Muñoz en 2003, con ocasión de su octogésimo aniversario. El volumen incluye también diversas fotografías del archivo personal de Ràfols-Casamada y varios poemas visuales.

Un rasgo fundamental se desprende de este múltiple ayuntamiento: la íntima vinculación que tienen la pintura, la poesía y el pensamiento en la actividad de Ràfols-Casamada. Así, tras el artículo “Esteban Vicente en Silos”, leemos el poema “Suite cromática de Esteban Vicente”, como si el ensayo y la poesía se interpenetraran, o intercambiaran naturalmente sus contenidos, en una promiscuidad de géneros muy propia del arte contemporáneo. Lo mismo acredita la entrada de su diario correspondiente al 11 de octubre de 1997: unas notas escritas sobre los colores se transforman aquí en un poema. Ràfols-Casamada entiende la pintura como una gran aventura cromática y arquitectónica, que ha de asegurar un equilibrio magnético entre clasicismo y sorpresa, entre contención y rapto. La esencia de su proyecto estético radica en la mirada, con la que el ser se proyecta en el mundo, o, dicho con más precisión, con la que decanta una realidad exterior que traspone una realidad interior, difusa, inarticulada y musical. “Ver es sentir”, afirma en uno de sus aforismos; y en otro: “Sin pensar, sólo mirando.” Ràfols-Casamada explica muy bien sus ideas, tanto las relativas a los aspectos más recónditos o menos inteligibles de su proceso creador, como las que recaen en la obra de otros artistas, que analiza siempre con amplitud de miras y espíritu integrador. Pese a su indiscutible linaje vanguardista, Ràfols-Casamada no es nunca sectario, sino ecléctico y curioso, esto es, consciente de que los prejuicios impiden apreciar lo que de interesante pueda haber en cualquier trabajo artístico: por eso se sitúa siempre ante la obra, la propia y la ajena, con una virginidad alerta, con una inocencia sagaz. La calidad de su escritura se manifiesta asimismo en su poesía, compuesta enteramente en catalán, que se ha recogido en las dos entregas de Signe d’aire. Obra poètica, aparecidas en 1976 y 2000, ha continuado hasta Cançó. Poemes per a Maria, en 2004, y ha conocido el hito de su traducción al castellano, El color de las piedras, en 2003. Como se puede apreciar en los poemas recogidos en El asombro de la mirada, su lírica, deudora de Salvat-Papasseit y José Ángel Valente, de Ungaretti y Saint-John Perse, es despojada y visual: la pueblan imágenes sin peso pero con densidad, oquedades blancas y silencios sombríos, trazos –o trallazos– que prevalecen sobre la sintaxis: “todo se rompe/ y huye/ es necesario construir/ estructuras/ espacios silencio y luz/ cercle carré”, escribe Ràfols-Casamada en el poema “Azul claro”, inspirado en Joaquín Torres García, otro de sus pintores predilectos, con reminiscencias del horizón carré del cubista Vicente Huidobro. La obra, tanto literaria como pictórica, le sirve a Ràfols-Casamada para intensificar la vida: para dibujar un espacio en el que aprehender una materia encendida, un ser encendido. Fue Bernard Berenson, recuerda Ràfols-Casamada, el que estableció el concepto del arte como ente vivificador en Los pintores italianos del Renacimiento, algo que también han reivindicado otros relevantes escritores contemporáneos, como Antonio Gamoneda. En otro aforismo sostiene Ràfols-Casamada: “No conocer el resultado hasta que por sí mismo se nos revele.” También aquí coincide con Gamoneda, que afirma no saber lo que dice hasta que lo ha dicho. En esto consiste la tradición de la ruptura, a la que sin duda pertenece Ràfols-Casamada: en subordinarse a la obra, en desarticularla y reconstruirla a cada instante, en dejarse permear por sus susurros y sus tinieblas. No otra forma hay de edificar la luz. ~

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