La periodista y novelista Judith Perrignon ha recogido el testimonio de Gisèle Pelicot (1952) en el libro Un himno a la vida. Mi historia (Lumen, 2026). Narrado en primera persona, el texto discurre entre la memoria, el hacer conciencia del horror y la firme intención de seguir adelante. Lo que le ocurrió a la francesa recuerda la frase bíblica “los enemigos del hombre (o de la mujer) serán los de su casa” (Mateo, 10:36): el marido y padre de sus hijos, Dominique Pelicot, drogó y violó sistemáticamente a su esposa inconsciente a lo largo de diez años. No se trataba de un perverso placer de carácter solitario, pues decenas de hombres desconocidos participaban en este rito de dominación, llevado a cabo en el hogar del matrimonio en la localidad de Mazan, en el sureste de Francia. Dominique reclutaba a los violadores a través de un foro en línea llamado “Sin su conocimiento” y les daba instrucciones detalladas sobre cómo ingresar a la vivienda sin hacer ruido ni dejar rastros.
La policía descubrió tan graves delitos porque en septiembre de 2020 Dominique cometió la pifia de grabar un video debajo de las faldas de algunas mujeres en un supermercado; la posterior revisión policial de su computadora dio con más de 20,000 fotos y videos, una extensa documentación incriminatoria que sacó a la luz que el reo convirtió a Gisèle en la principal víctima de sus crímenes sexuales. Este hombre atesoraba sus “trofeos de caza” con fines masturbatorios, como se reveló durante el juicio. La policía local informó a Gisèle de la situación y a partir de ese día ella tuvo que convivir con el hecho incontestable de que su marido la veía como una muñeca sexual y que para Dominique las lagunas de memoria y el aturdimiento de su pareja, producto de los somníferos y ansiolíticos que le suministraba, constituían un simple “daño colateral”. Gisèle se sometió a exámenes médicos para detectar la demencial senil u otra enfermedad degenerativa, con resultados negativos. Sin embargo, los síntomas eran tan pronunciados que sus hijos sugirieron a Dominique que la internara en una institución especializada.
Continuar una vida después de medio siglo de matrimonio, que incluyó un último tramo de diez años de ignominia, requirió de un paso clave: Gisèle tomó la decisión radical de renunciar a su derecho al anonimato y exigió que el juicio fuera público. La víctima, decidida a no ser reducida a esta condición, hizo suya la frase “La vergüenza debe cambiar de bando”, que alude a ese sentimiento difuso de culpa presente en las mujeres que son violadas. Durante el juicio, Dominique confesó todo; no así los otros violadores, que llegaron al extremo de hablar de la edad de la violada como prueba de que no podía gustarles o insinuaron que ella en realidad estaba consciente y participaba de las puestas en escena de su marido. Para su infortunio, el empeño documental de Dominique los inculpó. El juicio concluyó en diciembre de 2024 con la condena de Dominique a la pena máxima de 20 años de prisión y la de los otros 50 acusados a penas de entre 3 y 15 años.
Lo mejor de Himno a la vida. Mi historia es que conocemos a Gisèle en ámbitos privados y sensibles, que podrían explicar su tolerancia con los comportamientos sospechosos de Dominique y con su inestabilidad laboral. La protagonista perdió tempranamente a su madre y compartió siempre este dolor con su afectuoso padre, quien se volvió a casar con una mujer a la que se describe como amargada, cruel y distante, no solo con ella sino también con su hermano Michelle. A pesar de la conducta de su madrastra, Gisèle no la abandona definitivamente, actitud que ella define irónicamente como su “empeño en ser feliz”, el mismo que la lleva a no detestar a su victimario. Invoca sus años felices con él como un necesario trasfondo que le permitirá salir adelante y obvia los defectos del marido en favor de una memoria del pasado que la deje salir adelante. Ella está convencida de que su vida con él no fue una mentira y que la felicidad que recuerda no es un engaño de su memoria para compensar el dolor. Gisèle trae a colación que Dominique no fue un simple farsante sino un hombre que jamás pudo superar una infancia al lado de un padre violento y fracasado que maltrataba hasta los golpes a su esposa y a sus hijos.
David, Caroline y Florian, los hijos de Dominique y Gisèle, no admiten ninguna justificación y aunque tienen buenos recuerdos de su padre, su frustración y dolor les impide tratar de entender. La policía le entregó a Caroline las fotos impropias de un padre que Dominique le hizo estando dormida; por su parte, David y Florian encontraron que su progenitor fotografiaba con una cámara escondida a sus esposas mientras se bañaban y después hacía montajes con imágenes de él mismo desnudo y de otros hombres. El nieto mayor también parece haber sido víctima de tocamientos del abuelo, pero el caso no llegó a nada en tribunales. Gisèle lamenta que las relaciones familiares se deterioraron y espera que la situación vaya para mejor en el futuro. Divorciada, con un nuevo amor y convertida en un ícono global del feminismo, conserva el apellido Pelicot porque no quiere que sus hijos se avergüencen de llevarlo.
Himno a la vida. Mi historia tiene la justa medida de ambigüedad, intriga y traición de una buena novela policial, además de que sigue la milenaria senda del conflicto familiar llevado a extremos de crimen que tiene una larga y dilatada historia. No es una “novela de no ficción” (aunque es un libro tan entretenido como puede serlo un texto que roza el horror con una gran sobriedad) porque su intención es oír la voz de una víctima que logra hacer justicia, en lugar de indagar en la materia indócil de la vida para mostrar que la narración jamás es una verdad sino un artificio. Desde luego, este tipo de libros puede ser acusado de revictimización o de aprovechar una coyuntura para fines comerciales, pero, a mi juicio, no es así: es pertinente que textos como estos lleguen a manos de la lectoría. La violencia sexual no es un hecho aislado, propia de individualidades traumatizadas, sino que se trata de un fenómeno hondamente enraizado en la sociedad. Los hombres poderosos que frecuentaban a Jeffrey Epstein o Dominique y los varones de a pie (de diversas edades, con familia, profesiones u oficios) que violaron a Gisèle Pelicot demuestran fehacientemente que la depredación sexual se esconde tras la fachada de la normalidad.
A lo largo de su vida con su exesposo, Gisèle justificó tanto sus infidelidades como sus peticiones sexuales excesivas o inoportunas partiendo de una certeza: “los hombres son así”. Por fortuna para ella y para otras mujeres, no todos los hombres son como Dominique, aunque no deja de ser inquietante su empeño en justificarlo antes de que descubriera la espantosa verdad detrás de sus conductas inquietantes. En todo caso, más allá de las muy humanas contradicciones de una mujer que pasó por un verdadero infierno, Gisèle Pelicot es una persona admirable con una historia que merece ser conocida y divulgada. Hay que destacar que tuvo el apoyo de la prensa, sus abogados, las feministas, el poder judicial y la policía, pero no todas las mujeres cuentan con este respaldo, lo que nos recuerda que las luchas feministas todavía tienen mucho por hacer en el mundo, sobre todo en el combate de una mentalidad que considera “natural” lo que no es más que violencia de género. ~