El laberinto como problema

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Concebir un antilaberinto. Eso fue lo que Umberto Eco, según él mismo refiere en el prólogo a El libro de los laberintos, le pidió a Paolo Santarcangeli, para una “enciclopedia negativa o Cacopedia, donde los grandes conceptos de la cultura se presentasen vueltos como un guante”. La propuesta que a cualquier hijo de vecino se le ocurriría como antítesis de laberinto sería un camino lineal, donde hallar la salida fuese sencillo. Sólo alguien que ha reflexionado a fondo sobre lo laberíntico hubiera propuesto lo que rubricó Santarcangeli: una montaña de múltiples entradas que condujeran a caminos inclinados como toboganes, por donde el sujeto se deslizara hasta la salida, anulando así la condición fundamental de ese tipo de sistemas: que uno pueda optar, entre varios, por su propio camino.
     Eruditos como el profesor Porqueras-Mayo, que empezó estudiando el prólogo del Quijote y ha acabado entregado al concepto de prólogo en la arquitectura o en la vida cotidiana, o Piero Boitani, que ha consagrado su vida al rastreo de la presencia de Ulises en la tradición occidental, son sombras complementarias a la del autor de esta monumental enciclopedia sobre los laberintos. Como en los dos casos citados, el de quien nos ocupa trasciende la erudición para iluminar transversalmente la cultura occidental. En El libro de los laberintos, concepto y mito se entremezclan, como espacio y tiempo que —más allá de los tres mil años de historia que abarca la leyenda del Minotauro— son unidad desde eras remotas. Al parecer, el embrión se sitúa en la Protohistoria, con la proliferación de las figuras de la espiral y del meandro, simbólicamente asociadas al tránsito que supone la muerte. La evolución de esa iconografía conduce hasta Egipto y los primeros siglos helénicos, cuando el laberinto alcanzó la forma lógica definida que ha ostentado hasta nuestros días.
     La metodología de Santarcangeli es heterodoxa: salta de la mitología a la historiografía —de la mentira creíble a la verdad posible—, mediante resúmenes de mitos de ámbitos culturales diversos, descripciones de los más importantes laberintos del mundo, intentos de sistematización de los modelos geométricos y conceptuales que rigen este tipo de construcciones y conclusiones parciales que son invitaciones a seguir investigando. Se diría que hay en su libro una voluntad de hacer arqueología sin más herramientas que las palabras y las ilustraciones. Éstas aúnan elocuencia y belleza, y los gráficos y las fotografías de vasijas y cuadros no pueden ocultar cierta nostalgia. Una nostalgia que emana del retrato de un asombroso laberinto de Argel, del que no se han hallado testimonios escritos posteriores a 1963, fecha en que ya se anunciaba un proceso de destrucción. Una nostalgia que se observa también en el recorrido virtual por Crocodilópolis: un edificio egipcio de concepción especular, con tres mil salas divididas en dos niveles; al superior podían acceder los visitantes, mientras que en el inferior, vedado, estaban las tumbas de los reyes y de los cocodrilos sagrados.
     De hecho, es en los límites de esa recreación de un mundo perdido donde se encuentra la mayor crítica que puede recibir el volumen. ¿Por qué detiene su exploración histórica en el Barroco? Después de un Medioevo que ha congelado la evolución del laberinto en la alta cultura, el autor habla de su resurgimiento en el siglo xii, cuando se comienza a situar en el centro de la representación simbólico-religiosa. En los siglos posteriores, las manifestaciones laberínticas se suceden en emblemas, catedrales, poemas y jardines, como traducciones del mito del Minotauro a los paradigmas cristianos: el toro es Satán, el centro de la maraña es ocupado por Jerusalén, la ordenación de la naturaleza refleja la del Paraíso… ¿Qué ocurre después del inicio de la desacralización del siglo XVI? El Barroco y la pérdida de todo centro. Las multiplicaciones y los acelerones propios de la modernidad frenan al estudioso italiano, quien apunta algunas tendencias en la parte final de su libro, pero no osa introducirse en la selva de la cultura de los últimos trescientos años. Los jardines románticos, la metrópolis contemporánea, la literatura de Kafka o Internet, por mencionar tan sólo cuatro de las infinitas ramificaciones laberínticas que se podrían haber esbozado, quedan por tanto en el silencio de la elipsis. Una elipsis que se debe a que el misterio se ha evaporado en un doble movimiento: por un lado, el laberinto se ha racionalizado —como evidencia, su uso en pruebas psicológicas—; por el otro, se ha convertido en un juego de niños. A la hora de titular una novela ambientada en el mundo de la segunda mitad del siglo XX, Cortázar tuvo que decidirse entre Mandala y Rayuela, entre lo sacro y lo lúdico: se conoce cuál fue la apuesta ganadora.
     La trayectoria del laberinto es la de la humanidad. Cada ser humano es un hombre-toro encerrado en su prisión; la batalla de Teseo es la nuestra para reducir al Mr. Hyde que todos llevamos dentro. Una imagen tan poderosa como la de Segismundo (monstruo de su laberinto) o la del Sísifo de Camus. Desde la traición de Ariadna, el laberinto ha sido representación del mundo y de su misterio. Ha comunicado la fe en la resolución del enigma de la existencia. Igual que el soneto nos hace creer que es posible ordenar el amor en endecasílabos y en estrofas, el laberinto ha sugerido lo propio con la vida. En él confluyen los temas del viaje, el destino, el Más Allá, la razón, Babel o la ciudad; y formas de representación tales como la arquitectura, la escultura, la jardinería o la danza (cuentan que a su regreso Teseo bailó con los jóvenes que se habían salvado del Minotauro, tomados de la cintura, movimientos que imitaban las bifurcaciones del laberinto). Como tantas respuestas universales, la del laberinto es falsa. Problema sin solución. En ello radica su hechizo. ~

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