El recital de realidad

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Philip Larkin

Poesía reunida

Versiones de Damián Alou y Marcelo Cohen.

Edición a cargo de Damián Alou

Barcelona, Lumen, 2014, 298 pp.

Al hablar de arte y de literatura hay un malentendido frecuente que confunde realidad y vida. Lo que yo creo que deberíamos entender por “vida” tiene por lo general poco que ver con eso que vemos al mirar por la ventana. La vida es más bien lo que sucede dentro de nosotros cuando observamos esa realidad. Esta sencilla pero importante distinción explicaría por qué es tan inexacto considerar poetas realistas a muchos cuya materia prima no es en absoluto lo real, tan habitualmente prosaico (aunque pueda estar escrito en verso), sino lo vivo (que tiende a surgir y expresarse a través de la poesía, aunque sea en prosa).

La poesía realista sería, pues, otra cosa. Al principio de su inolvidable Léxico familiar, Natalia Ginzburg descubría que los poemas pueden ser “sencillos, hechos con nada, hechos con las cosas que se ven”, pero esa declaración de amor por lo simple sería sin duda insuficiente para el caso de Philip Larkin, un magnífico ejemplo de poeta que, concentrándose en lo estrictamente real, escarbaba con agudeza en lo visible hasta llegar mucho más lejos, alcanzando conclusiones de valor universal que han sabido explicar como pocas el espíritu contemporáneo. Lo cotidiano está lejos de ser superficial, vino a decirnos, y se puede excavar en una pequeña anécdota hasta dar con los minerales más insólitos, sorprendentes y necesarios. Exponiendo las cosas que pasan y hurgando un poco en ellas, sin extraviarse, pueden llegar a escribirse poemas tan legendarios como “Referencia al pasado”.

Así, pocas reuniones de la obra de un poeta resultarán tan inquietantemente parecidas a la vida real como esta de Larkin que acaba de organizar Damián Alou para Lumen. En ella se prescinde del primer libro que publicó, El barco del Norte (The North Ship, 1945), al considerarse todavía “prelarkiniano” (es decir, anterior al hallazgo por parte de Larkin de su propio espacio poético, de su propia voz, cuando todavía, como explicó él mismo y luego se ha repetido hasta el tópico, andaba fascinado con Yeats y no había leído a Hardy), y se reproducen completos los tres, ya “canónicos”, que publicó después: Engaños (The Less Deceived, 1955, que Álvaro García ya tradujo para Comares como Un engaño menor en 1991 y que ahora vierte Alou), Las bodas de Pentecostés (The Witsun Weddings, 1964: se reproduce la traducción que el propio Alou publicó en Lumen en 2007) y Ventanas altas (High Windows, 1974, según la versión de Marcelo Cohen, ya publicada, también en Lumen, en 1989), junto a un apéndice de poemas dispersos y presentado todo con el estupendo prólogo que Alou puso a su traducción de 2007, osada pero certeramente titulado “La poesía de una experiencia” y especialmente brillante en sus tres primeras páginas.

Culto sin pedanterías, profundo sin solemnidades, afanoso de exactitud y de claridad elegante, parece imposible ser menos iluso que Larkin. Con cierta frialdad, y sobre todo con distancia irónica, lo de este poeta es emoción pudorosa (“emoción tapiada”, la llamó Álvaro García en su excelente presentación de Un engaño menor), que no por contenida resulta poco intensa, aunque, lejos de quedar subrayada, se tienda a enfatizar todo aquello que la disfraza. La poesía de Larkin pocas veces merece ser calificada de descarnada, pero es constitutivamente desengañada, aunque a menudo también expectante: algo de esperanza queda mientras observa cómo la vida se va yendo por el desagüe, y por eso trata de capturar un poco en sus rimas, aunque ese poco contenga su enorme porción de amargura serena, la confirmación de cierta resignación preventiva.

Puede llegar a ser amargo, casi cruel, con la vejez (“Los viejos bobos”), la enfermedad (“Edificio”) o el miedo a la muerte (“Albada”), pero no es un poeta atormentado y, más que angustiarse o torturarse, suele encogerse de hombros. Su tema predilecto es el de las afrentas del tiempo, tanto en lo general como en lo particular, y muy especialmente en lo que respecta a la imposibilidad del amor (desde la impugnación del matrimonio en “Nombre de soltera” hasta el doloroso callejón sin salida ni esperanza de “Hablar en la cama” o de “Carretera cortada”, poema este último que, por su simbolismo e incluso su sintaxis, recuerda a Emily Dickinson). Y aunque gustó mucho de escribir poemas en forma de monólogos ajenos (que algo tienen de autorretrato indirecto, por persona interpuesta: en “Vidas” o, sobre todo, en “Mr. Bleaney” y “Dockery e hijo”, donde leemos la impactante impresión de que llega un día en que quienes no han sido padres se encuentran ante “una nada tan difícil de tutelar como un hijo”), también hay alguno indisimuladamente autobiográfico que da cuenta de una visión muy poco amable de su propio pasado (“Recuerdo, recuerdo”), aunque se nota que prefiere opciones como la del curiosísimo y genial “En la hierba”, donde el clásico paso del tiempo y la nostalgia por los mejores años son expresados a través de dos viejos caballos que un día compitieron gloriosamente en el hipódromo.

A veces tiende al aforismo (“¿Para qué sirven los días? / Los días son donde vivimos”: “Días”; o cuando explica que para determinados pueblos “la vida es una muerte lenta”: “Sin nada que decir”) o a la metáfora cruda (“un viento constante / y cargado de arena: el tiempo”: “Piel”) y en otras páginas cede un tanto a la tentación de ponerse estupendo, aunque, por si acaso, de un modo inmediatamente matizado por el humor (“Si me invitaran / a crear una religión / haría uso del agua”: “Agua”), o bien se rinde a cierta trascendencia natural, paisajística pero también cósmica (como en ese gran poema que es “Primera visión” o, de nuevo con algo de espíritu burlón, en los remates de “Olvida lo que pasó” y “Ventanas altas”). Alou hace muy bien en insistir en que, como conviene, solo ha mantenido la rima original en los poemas en los que es necesaria para acentuar su carácter humorístico, ya sea impostadamente infantil (“Sapos”), o bien más sarcástico (“Naturalmente, la Fundación correrá con los gastos”), o más desolador (Egoísta es el hombre”), o de aire más epigramático (“Por poco”)…, pero lo cierto es que a la vista del resultado acaso debería haber reconsiderado esa decisión, pues lo que leemos resulta más cacofónico que gracioso.

A la hora de escribir poesía cualquier tipo de afectación comienza a ser felizmente anacrónico, y a ello han contribuido poetas como Larkin, ejemplo sublime de “poeta normal”, alguien que, si se parecía un poco a sus poemas, no solo no fue un genio sino que no tuvo nunca la más remota voluntad ni la más diminuta voluntad de serlo, lo cual, si no a la genialidad, ayudó a aproximarlo a la maestría. Su obra ha inspirado perceptiblemente la de otros poetas posteriores decididos a prescindir de toda sofisticación, y es, ante todo, una de las más valiosas versiones literarias que se han conseguido de ese “incesante recital / entonado por la realidad”. ~

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