Entomología de lo cutre y otros adjetivos

Vidas baratas. Elogio de lo cutre

Alberto Olmos

Harper Collins

Madrid, 2021, 208 pp

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El lenguaje nos trae modas tan omnipresentes y llamativas como las hombreras o los vaqueros lavados con lejía. De un día para otro nuestro vocabulario se aliña con términos que se expanden a gran velocidad, ya sea en inglés o castellano –lo cool, lo hipster, lo friki, lo cutre…–, y que nos sirven para definir fenómenos y atmósferas cotidianos. Por eso, desde hace más de una década, el mercado editorial ha comenzado a publicar ensayos cuya misión es sacarle el máximo jugo sociocultural a estos términos tan expresivos e indagar en las causas de su nacimiento y empleo tan frecuente. Rastrear en la genealogía de este tipo de textos nos llevaría a las Notas sobre lo camp de Susan Sontag, publicado en 1964, al que seguirían en los ochenta On Bullshit: sobre la manipulación de la verdad, de Harry Frankfurt (Paidós Contextos) o La conquista de lo cool de Thomas Frank (Alpha Decay), entre otros. El más reciente e ibérico es Elogio de lo cutre, de Alberto Olmos (Harper Collins), del que nos ocuparemos en profundidad.

Como niños curiosos y temerarios que no temen sacarles las piezas a sus juguetes para entender cómo están hechos, los autores de estos ensayos se dedican a husmear y a darle vueltas a los motivos del consenso que parece haber cuando usamos estos adjetivos. Simon May, autor de El poder de lo cuqui (Alpha Decay), comparte con el resto de los autores la actitud de antropólogo entusiasmado que se enfanga en su trabajo de campo para encontrar respuestas a preguntas como esta: “el intento de sonsacar la sensibilidad, el estilo, el tenor, la forma de ser que lo Cuqui expresa, ¿qué luz puede arrojar sobre la época y las culturas en las que tiene un papel tan preponderante?”.

Centrándonos en el ensayo de Olmos, cuya principal novedad es que pone en el punto de mira un término en castellano libre de la influencia angloamericana a la que estamos más que acostumbrados, encontramos en él un orgullo hacia lo cutre ya desde el título. Estamos ante un elogio de este término tan nacional-popular –Gramsci estaría encantado– que posee una infinita capacidad de materializarse en objetos, espacios y ambientes, y también ante una búsqueda del porqué de su omnipresencia en la vida cotidiana de España.

Alberto Olmos emplea el yo para llevarnos de la mano por diccionarios, hemerotecas y obras de pensadores como Bourdieu y Veblen en busca de las distintas acepciones y de la evolución de este adjetivo que, como el autor afirma, fue empleado por primera vez en la literatura española en 1785 en las páginas una obra filosófico-espiritual del jesuita Ángel Sánchez, donde consideraba “cutre e inhumano” a quien esconde dinero tras un ladrillo en lugar de compartirlo con su prójimo.

Olmos considera lo cutre como patrimonio español y nos llama a sentir orgullo hacia todo lo que implica esta sensibilidad. Es decir, a dejar de actuar como colonizados, siempre en busca de lo que nos llega de fuera. Aunque en algún momento pueda parecerlo, lo cutre no equivale a “lo cañí” ni tampoco es exactamente igual a lo rancio o a lo costroso. Para definir el fenómeno de la cutrez y llegar a su esencia, el autor se pregunta por las relaciones que el término tiene con otros colindantes, estableciendo definiciones y comparaciones tan subrayables como estas: “Lo costroso es el barroco de lo cutre, su depravación” o “Lo kitsch sería cutre si lo cutre se siguiera fabricando. Pero en lo cutre hay, sobre todo, una gran pereza fabril, una suerte de reciclaje sin aspavientos ni ánimo proselitista”.

En su historia sentimental del fenómeno de la cutrez, el escritor no escatima en párrafos dedicados a objetos que han acompañado a varias generaciones de este país en comedores escolares y apartamentos de la playa: la vajilla Duralex color ámbar sería el ejemplo por excelencia. También dedica espacio a esas marcas baratas normalmente de producción nacional que intentan emular a sus homólogas tan deseadas.

Olmos tiene una mirada ejemplar para el costumbrismo, para detectar lo que todos hemos experimentado en lugares como una casa en una playa ignota que ha quedado semiabandonada por quienes la heredaron de algún pariente: “En una casa cutre como Dios manda […] de todo tiene que quedar solo un poco cuando llegas. Es un equilibrio mágico entre la provisión y el abismo. Así, queda solo un rollo de papel higiénico, solo un centímetro de Fairy, solo una cerilla en la caja de cerillas.”

Lo cutre se muestra en este libro como una experiencia eminentemente sensorial, y crece en ambición en capítulos como el octavo (“Fabricantes familiares: un viaje personal”), en el que Olmos se cala las gafas de semiólogo y realiza un análisis en profundidad del empaquetado y diseño de la marca de bizcochos Noel, que conoce desde su infancia, así como de las gaseosas Olmos, producidas por su familia segoviana.

La intensidad del libro llega a su clímax en el análisis detallado de aquel pisito de Vallecas donde vivía Pablo Iglesias, el mismo que Ana Rosa Quintana visitó y mostró a los espectadores de Telecinco en 2015, antes de la llegada del primero a la vicepresidencia del gobierno. En aquel programa también asistimos a las costumbres gastronómicas del politólogo –Olmos nos lo recuerda paladeando los detalles a través de los que argumentará cuán cutre era todo aquel entorno–, entre las que brillaba con especial fulgor el salmorejo de bote con que untaba sus tostadas para el desayuno.

Por todo lo dicho hasta ahora, nos encontramos con un libro calificable como “muy español”, al que quizá le sea difícil encontrar editores en mercados extranjeros, pero eso precisamente lo hace tan atractivo, pues está dialogando con un “nosotros” en el que pueden reconocerse lectores de perfiles y ámbitos socioeconómicos muy diversos. Solo alguien que resida en un gueto de lujo y que carezca totalmente de capacidad de observación se sentirá ajeno al universo que explora Olmos en este ensayo, un texto que, esta vez sí, necesitábamos leer para reparar en uno de los pocos fenómenos que actúan como pegamento social –quizá no Supergen, sino más bien alguno comprado en el Todo a 1 Euro– de este país. ~

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