Esto no es música, de José Luis Pardo

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En la portada de Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el disco de los Beatles, aparecía como es bien sabido una nutrida muestra de los personajes que eran populares en todo el mundo, o por lo menos en Occidente, a finales de los años sesenta: estaban ahí representantes de la cultura popular como Mae West, Marlene Dietrich y Marilyn Monroe, Stan Laurel y Oliver Hardy, el boxeador Sonny Liston y Bob Dylan, pero también miembros insignes de la alta cultura, como Sigmund Freud, Karl Marx, C. J. Jung, Albert Einstein u Oscar Wilde; y hasta de la política, como un Adolf Hitler finalmente eliminado, y Gandhi. Naturalmente, no faltaban los cuatro Beatles, pero a su lado aparecían –y esto es importante en Esto no es música– sus cuatro réplicas en cera del museo de Madame Tuseaud, un bello certificado de su popularidad.

Cuando José Luis Pardo vio por primera vez esa portada, siendo un adolescente, advirtió –como sin duda habrían advertido sus padres y su abuelo, gente de izquierdas– “no solamente la arrogancia de cuatro jóvenes prácticamente iletrados que, por haber tocado el cielo de la popularidad masiva debido a un golpe de suerte, se comparaban en fama a Jesucristo o a Mozart en cuanto a influencia, sino también la deliberada impresión de desjerarquización, de igualación… [Un] ataque contra la meritocracia que, no por casualidad, procedía de cuatro jóvenes de familias trabajadoras de Liverpool”. Cuarenta años después de ver la portada por vez primera, Pardo reelabora sus impresiones de entonces en estas casi quinientas páginas, de las más suculentas que ha dado el ensayismo español en mucho tiempo. Y hay que advertirlo: es un sofisticadísimo tratado sobre  filosofía de la historia.

A efectos históricos, pues, Esto no es música toma la portada del Sergeant Pepper’s como un mapa del nuevo mundo, nuestro mundo. Se trata de un lugar posterior a la Segunda Guerra Mundial –aunque tiene sus raíces en la decadente Europa del siglo XIX y los pujantes Estados Unidos de principios del XX–, anglosajón y capitalista, donde el comunismo es un episodio lamentable pero con un notorio talento para acuñar discursos e imágenes populares que el mercado exprimirá. Todo sueño revolucionario está a punto de terminar –el disco es de 1967, ya sabemos lo que pasó al año siguiente– y en cuanto a ordenación social ya casi no hay más opción plausible que el Estado del Bienestar, que es al mismo tiempo un triunfo de todos y un fracaso de los grandes discursos de la derecha y la izquierda. En ese contexto, cuenta Pardo, la portada del Sergeant Pepper’s debió molestar por igual a conservadores y socialistas: los primeros sin duda advirtieron en ella una subversión irrespetuosa de las líneas separatorias que definen la sociedad –clase baja, media y alta; cultura popular y cultura elevada–, pero los segundos se debieron dar cuenta de que no proponía un modelo cultural alternativo, una nueva forma de orden social que sustituyera a la tradición: “Aquella portada de los Beatles sugería que la división cultural (la jerarquía de los productos del espíritu) era el trasunto simbólico de una división social (la jerarquía de los poderes económicos) radicalmente arbitraria e injusta”, pero al mismo tiempo “las canciones de los Beatles […] no eran en absoluto políticamente subversivas”, no eran “‘un episodio más’ de la lucha (simbólica) de clases, un producto de la cultura de masas mediante el cual éstas mostraban su oposición a la ‘alta cultura’ y, por tanto, perpetuaban su antagonismo, sino una invitación a operar fuera de este esquema”.

¿Qué había pasado? Pues que la primera generación de beneficiarios del Estado del Bienestar –esos chicos británicos de clase trabajadora de posguerra que por primera vez en la historia tal vez pudieran, gracias a la educación gratuita y la seguridad social, engrosar las élites de su país– decidió en lugar de eso dejarse el pelo largo, tocar la guitarra y reírse de los símbolos sagrados al mismo tiempo que los perpetuaba. Prefirieron hacerse famosos y ganar dinero, deshacerse de toda autoridad moral que no fuera el mercado, escenificar, en definitiva, una revolución más genuina y radical que la de los marxistas: deshacerse del padre amante y severo –el Estado– como hace la protagonista de “She’s Leaving Home”. El objetivo histórico de quienes vivían en zonas ciegas como el Liverpool industrial no era pues hacerse con el poder como quería Marx, sino conseguir una voz que les permitiera contar su propia vida al mundo, narrarse a sí mismos. Aquello, efectivamente, no era música: era una expresión del malestar en la cultura de masas.

Antes de llegar aquí, Esto no es música traza un inmenso arco que comprende por supuesto a Platón, Hegel y Nietzsche, pero muy especialmente a antecedentes de los Beatles como Charlie Parker tocando el saxo y el alucinado Lucheni asesinando a la emperatriz austrohúngara, a Napoleón conversando con Goethe y al propio Pardo llorando el día en que le obligaron a ir por primera vez a la escuela.  Y les retrata en el momento en que, lo supieran o no, estaban haciendo historia –“Hay historia porque los hombres salen de casa”– y en la misma medida moldeando el modo en que esa historia se contaba. Los solos de Parker ocupaban el único espacio narrativo que le quedaba a un negro como él en los Estados Unidos de los años cuarenta; Lucheni se ahorcó en la cárcel cuando sus vigilantes le prohibieron escribir sus memorias de mísero anarquista –“los que eran como él perecerían ahorcados en alguna caverna sin dejar huella en el universo de la representación”, aunque luego no fuera así–; Napoleón le pegó una patada a la poesía ante el poeta Goethe y decretó que a partir de entonces lo que importaría sería la política. Y es de suponer que Pardo, arrastrando su mochila entre sollozos para el primer día de colegio, de alguna forma ya tomaba notas para Esto no es música. En cualquier caso, este arco abarca los modos de hacer historia y contar historias en la modernidad, de la dialéctica hegeliana a la eclosión pop, y en consecuencia es un relato de la oposición entre la alta cultura (y la supuesta organización social que la sustenta) y la cultura popular (y su supuesta e inexistente proposición de un nuevo orden). Y la constatación de que la victoria por goleada de la segunda no sólo no ha acarreado ninguna revolución, sino que ha propiciado unas mutaciones que tal vez nadie deseara: mercado libre para los habitantes de las zonas ciegas y desdén por el Estado y su moral por parte de los triunfadores. Tras dos siglos de denodados esfuerzos, parece que el sargento Pepper mató al Bienestar de una vez por todas. ~