Exiliada del pasado

Tiempo de llorar. Obra reunida

María Luisa Elío

Renacimiento,

Sevilla, , 2021,, 224 pp

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De un tiempo a esta parte, editores, críticos e investigadores han emprendido una ardua tarea de recuperación de la literatura escrita por mujeres. Reivindicaciones hay muchas, y algunas muy justas, pero, hay que decirlo, no siempre de la misma calidad literaria que la que se revela en esta edición de Tiempo de llorar de María Luisa Elío.

Los tiempos que corren han sido testigos de la reaparición de escritoras en lengua española muy leídas en su momento y después injustamente olvidadas (ejemplos sobran; si nos pusiéramos a contar podríamos remontarnos hasta María de Zayas). También están las que vivieron a la sombra de sus maridos, como Zenobia Camprubí, Elena Garro o María Teresa León, esposas de Juan Ramón Jiménez, Octavio Paz y Rafael Alberti, respectivamente. Y, por último, están las que apenas publicaron en vida y ahora comienzan a ser alcanzadas por la fama póstuma. Diversos proyectos editoriales, como la colección Vindictas de la UNAM (que publicó también una antología del mismo nombre junto a Páginas de Espuma), se han centrado en dar voz a las mujeres de otras épocas primando su valor literario; otros han decidido sumarse a la ola del feminismo sin apenas criterio editorial, estético, relegando a las autoras a esa zona gris de la literatura donde no hay pena ni gloria. De entre todos ellos, la labor iniciada por la editorial Renacimiento merece una mención especial: Luisa Carnés, Concha Méndez, Cecilia G. de Guilarte, Manuela Ballester y María Martínez Sierra son algunos de los nombres que acompañan a Elío en la colección Biblioteca del Exilio, que reúne, entre otras, las obras de mujeres exiliadas durante la Guerra Civil española.

Quizás el lector asocie a María Luisa Elío con Octavio Paz o Gabriel García Márquez, quien le dedicó a ella y a su marido, José Miguel García Ascot, también exiliado en México, su novela Cien años de soledad. O tal vez la haya descubierto recientemente a través de la mentada antología Vindictas, donde figura junto a otras mujeres latinoamericanas merecedoras de atención, como Armonía Somers o María Luisa Puga. Lo cierto es que Tiempo de llorar nos trae de vuelta una voz singular, nítida, de una belleza y complejidad sorprendentes, que recuerda los ecos de otras voces de exiliadas, pero que aporta una visión particularmente amarga de la guerra: la de una niña de siete años.

Declara Soledad Fox Maura en el prólogo a esta edición: “Todos somos unos exiliados de la infancia, del pasado. Pero no todos somos creadores, ni nos dedicamos a escribir obras como Tiempo de llorar, centradas en el tema de la imposibilidad de recuperar el pasado.” La afirmación es atinada, pero parcial: más que la imposibilidad de recuperar el pasado, el cráter del libro reside en la dificultad para conciliar el pasado con el presente. Porque en la literatura de Elío ambos se superponen, se viven a la vez, se padecen a la vez, en un esfuerzo por habitar el recuerdo y aferrarse al presente, a lo verdadero, a esa realidad tangible que es su hijo Diego.

Tiempo de llorar y las demás obras compiladas en este volumen –Voz de nadie, el guion de la película En el balcón vacío y Cuaderno de apuntes– son una variación incesante del mismo tema: el paso del tiempo. Aunque Tiempo de llorar es sin duda la más lograda, las restantes no desmerecen la atención del lector, pues dejan entrever una aguda sensibilidad, una gran capacidad para fraguar imágenes poéticas, una pasión por enmarcar gestos, detalles, recuerdos, postales de otra época. Para Elío, el pasado es, por un lado, el palimpsesto sobre el que se escribe el presente y, por otro, la evocación de alguien más, alguien que es y no es ella, en un tiempo sin tiempo, congelado para siempre, donde aún es niña, donde juega con sus hermanas, donde no ha perdido todavía la inocencia: “Casi todo lo pienso como si fueran los pensamientos de otra persona, me parece raro que se trate de algo que viví yo.”

Se adscribe Elío a las llamadas “escrituras del yo”, que reúnen, etiquetas aparte, diarios, autobiografías, memorias y epistolarios, en este caso, de exiliadas republicanas de 1939. Por su tono, recuerda a otras obras dignas de lectura, como Memoria de la melancolía de María Teresa León o Éxodo. Diario de una refugiada española de Silvia Mistral, seudónimo de Hortensia Blanch Pita, también exiliada en México. Tal vez por no estar destinados a la publicación, o no a priori, los textos de esta naturaleza comparten una honestidad que roza lo angustiante, pues buscan explicar lo vivido, ensayar una identidad, revisitar el pasado, tratar de entender el recuerdo: “Es ayer otra vez sin haber llegado a ser hoy”, anota Elío.

Hay un evento capital en la vida y obra de María Luisa Elío: el regreso a Pamplona. Ya en las primeras páginas del libro se intuye una nostalgia transmutada en desdoblamiento: “Trataré de no ver, desde ese momento, a nadie que haya conocido a mis padres. Nadie volverá a decirme en pasado cuánto los quería. Aquí, en España, no están muertos. Lo están en México. El recuerdo de ellos en Pamplona es de ellos vivos y nadie me lo cambiará.” La narradora habita, simultáneamente, un pasado que se superpone al presente, un presente que desdibuja el recuerdo. Volver no es ir, es irse. Es dejar atrás el yo que se ha quedado atrapado en la memoria; es dejar ir los recuerdos que la han definido a lo largo de treinta años; los pedazos de su infancia que han condicionado su otra vida, la que ha fraguado en México, junto a su hijo y sus hermanas: “Regresar a Pamplona siempre sería regresar a lo imposible, porque no había regreso que me hiciera regresar totalmente.”

Las otras obras, menores en comparación con Tiempo de llorar, permiten, paradójicamente, ensanchar la lectura de esta última. Desde Voz de nadie hasta Cuaderno de apuntes, pasando por En el balcón vacío, recorremos un universo literario personal, íntimo, que duele no por estar escrito en primera persona sino por estar vivido y sentido en primera persona: las tres muertes de su padre, el sufrimiento de su madre, el fugitivo rojo, el balcón vacío, el tránsito de Pamplona a Francia, el exilio en México. Y, sobre todo, de nuevo, su incapacidad para aprehender el tiempo, a pesar de su empeño: “Lo sabrás, sabrás que un instante es todos los días, todos los días que me queden por vivir, todos los días que te queden por vivir.” Por ello, precisamente porque se trata de una recopilación muy completa –que, además, incluye la publicación por primera vez del guion de la película En el balcón vacío (1961), con claros tintes autobiográficos–, quizás el único reparo que podríamos tener como lectores es el descuido en el tratamiento de la edición, que ameritaba una revisión exhaustiva y minuciosa, algo que, como delatan las erratas que aparecen de tanto en tanto, no parece haberse llevado a cabo.

Escribe Elío que “lo triste deja una huella, una marca, una cicatriz”. Tiempo de llorar es una huella imborrable, dolorosa, pero llena de vida.~

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