Fin, de David Monteagudo

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La anécdota es archiconocida: un juez, una maestra de educación física, un mercenario, una anciana solterona, un héroe de la Primera Guerra Mundial, un cirujano, un playboy, un ex inspector de policía, el infaltable mayordomo y su esposa cocinera coinciden en la llamada Isla del Negro, frente a la costa de Devon, convocados por una misteriosa pareja de anfitriones de apellido Owen que no obstante brilla por su ausencia en cuanto los invitados llegan a su destino. El ambiente es ominoso: hay copias de una célebre copla infantil en las habitaciones de todos los huéspedes; hay diez figurillas de porcelana en la mesa del comedor de la mansión que aloja a este microcosmos social; hay, luego de la primera cena, una voz “inesperada, sobrenatural” que surge de un gramófono oculto y acusa a los convidados de la muerte de distintas personas; hay una lancha que suele llevar provisiones a la isla y que sin ninguna explicación interrumpe sus viajes, una tormenta feroz que se desata para acrecentar el aislamiento. El mecanismo narrativo es ya clásico: uno tras otro, acorde con los versos de la copla infantil, los personajes son asesinados hasta que la isla se vuelve un cementerio marino, símbolo de un apocalipsis en miniatura. La novela es Diez negritos (1939), de Agatha Christie, y hasta la fecha ha vendido cien millones de ejemplares, lo que la convierte en el título más exitoso de la literatura policiaca y en uno de los libros más populares de la historia.

Sorprende que las notas merecidamente elogiosas que ha recibido Fin, debut del lucense David Monteagudo (Viveiro, 1962), soslayen su indudable parentesco con una de las grandes novelas de la Christie, que a setenta años de su publicación mantiene el vigor intacto. (Sorprende también, aunque en menor medida, que Babelia no incluyera Fin en su listado de los mejores libros en lengua castellana de 2009: la crítica española sigue apostando por una narrativa digámosle tradicional y se muestra reacia a reconocer –salvo excepciones– a los autores que se salen del molde para explorar la literatura “de género”.) Las notas en cuestión definen con tino a Monteagudo como un continuador de la línea de terror apocalíptico representada entre otros por Stephen King y Cormac McCarthy, en especial –por supuesto– el McCarthy de La carretera (2006); hermanan Fin con La piel fría (2002), de Albert Sánchez Piñol, otra primera novela que vino a ratificar la buena salud de la que goza la herencia gótica y fantástica; trazan el perfil de un obrero en una fábrica de cajas y cartones de Vilafranca del Penedès que hace una década descubrió su vocación literaria y desde entonces se dedica a alimentarla con la lectura de clásicos. Pero de Diez negritos no hay señal, y Fin reactiva con destreza el dispositivo ideado por la autora que amenizó la hora del té en Inglaterra con venenos exóticos.

La anécdota es sencilla: nueve personajes se reúnen en un refugio montañés de la España profunda para pasar un fin de semana y cumplir con una brumosa promesa realizada veinticinco años atrás; siete son amigos de aquella época (Amparo, Ginés, Hugo, Ibáñez, Maribel, Nieves y Rafa), y a ellos se suman la joven mujer de Hugo (Cova) y la prostituta que Ginés ha contratado para fungir como su novia (María/Eva); el último integrante de esta decena que acabará siendo trágica es quien ha convocado a la reunión: Andrés el Profeta, relevo del matrimonio Owen de Diez negritos, a quien no conoceremos sino por alusión hasta el final. Al inicio el ambiente es relajado, lleno de bromas y referencias generacionales (ABBA y Michael Jackson, Fama y Pink Floyd: The Wall), pero se irá cargando de una tensión in crescendo: hay rencores que afloran en estallidos de violencia verbal; hay el recuerdo de un mal rato que el Profeta pasó gracias a sus siete amigos y que nunca se aclara; hay, luego de la primera cena reducida a alcohol y tentempiés, “un resplandor muy blanco […] que dura apenas un segundo” y corta la energía eléctrica, afectando también automóviles, relojes digitales y teléfonos celulares. A partir de este incidente –viene a cuento The happening (2008), de M. Night Shyamalan–, los negritos de Monteagudo empiezan a internarse en un territorio cada vez más incierto, cada vez más cataclísmico, sobrevolado por la presencia inasible del Profeta. La incertidumbre se intensifica merced a la geografía fantasmal que cruzan los protagonistas: hay topónimos que, aunque existen en la realidad (Peñahonda, Somontano, Villallana), evocan más bien una España paralela, un mapa del apocalipsis regido por un centro neurálgico llamado simplemente La Capital. Conforme avanza su periplo, salpicado de apariciones animales que evidencian una Naturaleza que ha vuelto a reclamar sus dominios –la estampida de cabras monteses en un desfiladero es uno de los pasajes más inquietantes–, los sobrevivientes de la hecatombe que jamás se descifrará enfrentan un destino quizá peor que el asesinato: uno tras otro, acorde con un diseño insondable, se esfuman de la faz de la tierra, sea en un sleeping bag, en la piscina de una casa deshabitada, junto a uno de los cientos de coches abandonados a la intemperie o durante una guardia en el mirador de la carretera mccarthyana donde ocurre buena parte de la acción.

Construida en gran medida a través de diálogos, la angustia que causa Fin se acentúa al advertir que hay un undécimo personaje oculto hábilmente en la trama. Es el narrador transformado en espía que viene del distanciamiento más frío, suerte de cámara creada para filmar la catástrofe: “Ahora estamos detrás de Eva, a unos cuantos metros de ella. Sabemos que a sus pies se extiende la ciudad, aunque nosotros, desde nuestro punto de vista, todavía no podemos verla […] Transcurre un interminable minuto. No sabemos lo que Eva está pensando. Ni siquiera vemos su cara. Pero de pronto adivinamos en ella una quietud, una tensión especial, como si algo fuera a suceder en cualquier momento.” A la vez que remite al observador múltiple de Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides, esta figura es uno de los mayores hallazgos de David Monteagudo: el espectador ideal para dar fe de un fin del mundo que se convierte en un principio muy promisorio. ~

 


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