Agonizar en Salamanca. Unamuno, julio–diciembre de 1936, de Luciano G. Egido

AÑADIR A FAVORITOS

La
escena ocurrida en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, ese
12 de octubre de 1936, cuando don Miguel de Unamuno dio al traste con
la Fiesta de la Raza a la que había sido invitado en
representación del generalísimo Francisco Franco, es
uno de los momentos emblemáticos del siglo XX. Garrapateada en
el reverso de una carta que llevaba consigo y que le había
escrito la suplicante mujer de un pastor protestante por cuya vida no
pudo interceder, la intervención de Unamuno contiene y conjuga
el drama entero de los intelectuales fascinados y repelidos por la
tiranía moderna. Famoso por su admonición central
–“vencer no es convencer”– y más célebre aun
por la respuesta luciferina del general Millán Astray, que
golpeaba la mesa con su única mano hasta que pudo interrumpir
al filósofo y gritar “¡Muera la inteligencia! ¡Viva
la muerte!”, el discurso de Unamuno es una frontera en el tiempo,
el momento en que los académicos decimonónicos, de
alguna manera inocentes en su adicción erudita por Marx o por
Nietzsche, se descubren culpables y empiezan a vivir agónicamente,
como diría el propio Unamuno. Del paraninfo salió el
autor del brazo de Carmen Polo de Franco para morir apenas ochenta y
tantos días después, el 31 de diciembre. 1936 no fue
cualquier año: se iniciaban la guerra en España y las
purgas en Moscú.

Agonizar
en Salamanca
, del novelista
salamantino Luciano G. Egido, es un libro que va camino de
convertirse en la obra clásica sobre la sorprendente agonía
de Unamuno, su lucha, victoriosa al fin, por justificar toda su
paradójica filosofía en un gesto imborrable que lo
colma de sentido.1
Egido cuenta, y cuenta muy bien, ese último acto en la vida de
Unamuno, en el cual será destituido dos veces como rector
vitalicio de la Universidad de Salamanca: el 22 de agosto por la
República, mediante decreto firmado por el presidente Manuel
Azaña, y el 14 de octubre por el régimen sedicioso, que
además lo hizo expulsar de la Universidad misma, del
Ayuntamiento y del casino, adonde el viejo –se diría que
Unamuno es el viejo por antonomasia– se presentó la tarde
del 12 de octubre y de donde lo echaron sus aterrados contertulios.

Hasta
la víspera, Unamuno había colaborado de manera pública
y entusiasta con la rebelión. El filósofo abandonó
horrorizado la causa de la República cuando la vio desvirtuada
por el Frente Popular, cuyas tropelías anticlericales le
causaron un horror pánico originado, también, en el
vehemente antimarxismo del viejo, y en su execración
personalísima de la persona de Azaña, a quien llegó
a recomendar el suicidio como acto patriótico. La Segunda
República representaba para Unamuno la anarquía de las
masas, el dominio de Bakunin, la consumación del nihilismo que
extraviaba al español, el culmen de sus dolores, una afrenta
íntima.

En
el motín africano del 17 de julio creyó ver Unamuno un
pronunciamiento a la usanza de aquellos del siglo XX que habían
coloreado su infancia en el País Vasco. Pero se despertó
bien rápido de su sueño don Miguel, tal cual lo sugiere
Egido, y se acicaló para recibir en la cara el golpe helado
del nuevo siglo, de sus persecuciones y matanzas inverosímiles.
Ya en abril de 1933, ciertamente, Unamuno había predicho su
propio destino con tanta clarividencia que no es dudoso suponer que
le habría echado una mano: “El que tenga fe en el espíritu,
es decir, en la libertad, aunque perezca también ahogándose
en el torbellino de la contrarrevolución, podrá sentir,
en sus últimas boqueadas, que salva en la historia su alma,
que salva su responsabilidad moral, que salva su conciencia. Su
aparente derrota será su victoria.”

Con
el nervio de las buenos libros breves, entre los que resalta Los
últimos días de Kant
, de Thomas de Quincey,
como modelo de la biografía que se ocupa de dilatar al máximo
los meses, los días y las horas, Egido registra la mudanza en
el paisaje del alma de Unamuno. En agosto, en carta a un amigo belga,
el escritor se acusa filosóficamente de aquello que había
criticado desde la primera página de El
sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos

(1913), de haber deseado “salvar a la humanidad sin conocer al
hombre”.

Mientras
el autor bendecía públicamente a Franco –quien, a
diferencia del general Emilio Mola, le fue simpático hasta el
fin–, la prensa republicana fue pasando del azoro a la indignación
y el 21 de agosto un antiguo amigo suyo, el escritor soviético
Ilya Ehrenburg, lo maldecía en un artículo que dio la
vuelta al mundo. Pero junto a las abominaciones públicas
empezó a trabajar la conciencia, la mala conciencia, de
Unamuno, que a diferencia de otros tantos intelectuales comprometidos
(los hunos y los
hotros dirá
él mismo, refiriéndose a los marxistas y a los
fascistas) se fue quitando la venda de los ojos y, cuando pudo ver,
lo invadió la cólera. En la correspondencia cotidiana y
a través de entrevistas personales, Unamuno expresa la
repugnancia que le causa la creciente represión en la
retaguardia, la furia antiintelectual de los falangistas y aquella
sed de sangre que, en su testimonio, se mostraba con escándalo
en las “vírgenes solteronas” que se presentaban, ganosas,
a presenciar las ejecuciones de republicanos, liberales, masones,
socialistas y comunistas. En esas fechas se entrevista el
filósofo-poeta con Franco, entonces pertrechado en Salamanca,
y le pide clemencia para algunos inocentes. A tiempo se dio cuenta,
él que había predicado la guerra civil de las
conciencias y que por ello se sentía mortalmente culpable, de
que la guerra de los nacionales no era contra el bolchevismo, sino
contra el liberalismo.

Después
del acto en el paraninfo, los insultos contra Unamuno cambian de
bando y son tantos y tan crueles como los lanzados semanas atrás
desde el bando republicano. El fascista se transforma en rojo y aquel
que traía “la infección del medievo en su sangre
reaccionaria” se convierte, de un día para otro –y
vaya día–, en la personificación del encubierto y del
encubridor, del hipócrita y del falso amigo, “el
pseudointelectual liberal masónico”. Los falangistas
llamaron a despojar al anciano de su propia filosofía. José
Antonio Primo de Rivera, el hijo del dictador que Unamuno había
combatido en los años veinte, consideraba como propio y
nutricio el pensamiento de Unamuno.

El
mérito de Egido, en Agonizar
en Salamanca
, no es tanto la reconstrucción de los
hechos, sino la puesta en escena del drama que se desenvolvía
en la mente del escritor vasco durante los días posteriores al
12 de octubre. “Yo soy liberal; yo no puedo combatir al
liberalismo; yo no puedo cambiar mi liberalismo por ninguna de las
zarandajas de ahora –le dice a un amigo falangista–; me acongoja
el porvenir de la inteligencia entre nosotros. Aunque el mundo entero
se orientase a favor de los regímenes antiliberales, por eso
mismo yo sería liberal, cada vez más liberal ¡Cómo
iba yo a colaborar en la doctrina fascista en España!”
“Estoy solo como Croce en Italia”, le dice a otro. Pide al nuevo
rector de Salamanca que le mande un bedel en busca de los libros
tomados en préstamo a la biblioteca universitaria. No los
quiere devolver personalmente para no exponerse al ridículo o
ultraje de verse seguido en la calle por el policía que le han
puesto en la puerta de su casa. A un corresponsal le explica que “el
grosero catolicismo tradicionalista español apenas tiene nada
de cristiano…”

Se
murió Unamuno mientras platicaba con un discípulo, y
murió en estado de perfección y por más que su
publicitada egolatría (o yoísmo) hubiera soñado
ese desenlace, nada, sino esa intrahistoria a la que él se
confió, habría podido prefigurar un final tan noble.

Se
pueden leer muchas cosas acerca de Unamuno, sobre el melodrama de la
excepcionalidad ibérica, el trance del católico que no
se atrevió a ser protestante, sobre el desprecio contemplativo
de la ciencia y el quijotismo evangélico, la dudosa calidad
liberal de su liberalismo y sobre su equívoco lugar, primero
en la izquierda y luego en la derecha. Pero nadie, ninguno de los
intelectuales que atravesaron los años treinta del siglo XX,
llegó tan puntualmente a la cita y ningún otro hizo tan
bien lo que tenía que hacer como Unamuno. Ya se escribirá
su gran biografía, esa que siempre nos hace falta para poner a
juicio el sentimentalismo y la retórica obsequiosa que su
figura atrae y cultiva. Mientras llega ese libro, Agonizar
en Salamanca
, de Luciano G. Egido, es una respetuosa
estela en su memoria. Muerto Unamuno, dijo José Ortega y
Gasset en su nota necrológica, se impuso en España un
silencio atroz. El mismo silencio que cubriría Europa, de este
a oeste, durante los años que siguieron. Podría decirse
que aquel silencio comenzó tan pronto como callaron a Unamuno
en Salamanca. ~