Gloria del pobre hombre

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Fernando Pessoa

Libro del desasosiego

Traducción, prefacio y notas de Antonio Sáez Delgado

Edición de Jerónimo Pizarro

Valencia, Pre-Textos, 2014, 496 pp.

No se puede decir que lo inventara él, porque si nos ponemos rigurosos la modernidad ha engendrado poco en cuestión de géneros, pero lo cierto es que, con este Libro del desasosiego, Fernando Pessoa consiguió un verdadero hito en ese territorio literario que podríamos designar con la etiqueta, casi paradójica, de “diario íntimo de ficción”. Pocos modernos fueron más significativos y talentosos que él (o que sus otros yoes), y pocos libros dan mejor cuenta de una amargura profunda que ya no tiene que ver con la crisis de fin de siglo (sobre la que Francisco Fuster, al hilo de El árbol de la ciencia, acaba de ofrecer una buena síntesis en Baroja y España. Un amor imposible) ni con la de entreguerras, aunque buena parte de los fragmentos de la primera sección fue escrita mientras todavía caían las bombas sobre Europa o en los años siguientes, de estupor, cautela y reconstrucción. La infelicidad de esos dos personajes que Pessoa se inventó para ofrecer estas páginas (o tres, si junto a Vicente Guedes y Bernardo Soares tenemos en cuenta a ese innominado compilador –¿“Fernando Pessoa”?– que edita y prologa el libro) procede de una desesperación metafísica, de un tedio y una inanidad que no tienen que ver con la Historia ni con lo social, sino con lo escatológico, lo filosófico o, sobre todo, lo biológico, y el absurdo de la vida que aquí es expresado resulta tan inmenso, misterioso e inextricable como el propio universo.

La primera parte, la de Guedes, escrita entre 1913 y 1920, es todo un tratado (y apología) de la inacción, y alcanza su cumbre en los numerosos fragmentos en los que se aborda el tema de la actitud del soñador, de aquel para quien incluso el simple acto de tumbarse a fantasear ya supone un esfuerzo titánico, y que no intenta ni acomete nada no tanto por pereza como por ser trágicamente consciente de la inutilidad profunda de toda empresa humana (“No vale la pena vivir. Solo vale la pena mirar”). Quien en el prefacio del libro nos presenta a ese gris empleado de comercio que lo habría escrito, descendiente del escribiente Bartleby y predecesor de Gregorio Samsa, lo describe inolvidablemente como un “dandy del espíritu [que] ha paseado el arte de soñar a través de la casualidad de existir”), y sus reflexiones producen, efectivamente, un desasosiego que el libro quiere explícitamente provocar pero que es más desagradable y en ocasiones incluso indignante que inspirador. Resulta fatigoso porque contagia un tanto su congoja, y aunque todo venga envuelto en un estoicismo resignado que es más bien impasibilidad (“No quiero nada más de la vida, sino presenciarla. No quiero nada más de mí, sino presenciar la vida”), lo cierto es que lo que más sale a la superficie es una angustia poco suavizada y paralizante, un dolor verdadero, totalitario y definitivo.

Muy superior es el siguiente bloque, atribuido a Bernardo Soares, “ayudante contable en la ciudad de Lisboa”, y escrito en una segunda fase de redacción del Libro que va de 1929 a 1934, un año antes de la muerte de su fantasmagórico autor. Siendo casi igual de desengañado, y por tanto desolador, tiene una actitud algo más desenfadada e incluso se permite sus muy particulares concesiones al humor, a menudo expresado de forma aforística. Se define como “un corazón exaltado y triste” y habla en su “autobiografía sin hechos”, en esa “historia sin vida”, de la opresiva rutina laboral y callejera como de “un drama que solo consiste en el escenario”. A veces toca fondo y llega a escribir de la “náusea” que le produce “la insultante cotidianeidad de la vida”, describe el cuerpo humano como un “montón de estiércol” o lanza aquella célebre sentencia, convertida en verdadero lema de los pesimistas, que cree que “el corazón, si pudiese pensar, se pararía”, pero en general es levemente más luminoso, en parte por su prosa, notablemente mejor que la de Guedes (Pessoa había evolucionado mucho en esa década que medió entre el final de la primera parte y el comienzo de la segunda), pero también por su espíritu y su actitud, algo más dulcificadas y menos agónicas que las de Guedes, y que por tanto hacen que su perspectiva resulte más convincente, dejando hueco a una lucidez, una hondura y una sabiduría que aquí y allá andan cerca de los pensadores esencialistas norteamericanos, todo lo cual contribuye a reconfortarlo y permite encontrar entre sus penas y zozobras una pizca de luz.

Fernando Pessoa constituye un eslabón poético portentoso entre su admirado Walt Whitman y Juan Ramón Jiménez (y a este último se asemeja, además, en el oceánico caos de textos póstumos inéditos que tanto ha desafiado la paciencia de los investigadores). Aparte de lo desnudamente whitmanianos que son los sublimes poemas de Alberto Caeiro (el principal poeta creado por Pessoa, maestro del resto), a lo largo de toda su obra, y también en este Libro del desasosiego, se pueden rastrear ciertos ecos del genio de West Hills: sin ir más lejos, cuando en el prefacio se nos dice que “este libro no es de él: es él”, es imposible no acordarse del “Quien toca este libro toca a un hombre” de las Hojas de hierba. Y en el último párrafo de esa misma introducción se habla de la “aristocracia interior” que el falso compilador percibe en Guedes, y con ello obtenemos un precedente estupendo para la teoría de Jiménez sobre la “aristocracia de intemperie”, a lo cual se podrían añadir más paralelismos entre las obras en prosa poética de ambos, y muy especialmente en esa escritura todavía modernista que el de Moguer había escrito o estaba escribiendo al mismo tiempo que se iban tejiendo y ordenando en Lisboa las diferentes piezas de este incompleto rompecabezas filológico, que en español ya había conocido en 1984 la clásica edición de Ángel Crespo para Seix Barral y, en 2002, la traducción para Acantilado de Perfecto E. Cuadrado (nombre que, por casi inverosímil, parecería un heterónimo pessoano más), y que ahora reaparece entre nosotros reordenado cronológicamente por Jerónimo Pizarro y traducido y perfectamente presentado por Antonio Sáez Delgado en esta impecable nueva edición de Pre-Textos, tipográficamente ejemplar.

Ya sea en las páginas, más agrias, de Guedes, ya en las de Soares, más inteligentes, encontramos a una criatura que deambula como recluida en unas pocas calles y que sin embargo se encuentra fundamentalmente extraviada en el universo, que es el físico y también el de su propia e hipersensible conciencia de sí mismo y de los frustrantes límites entre la realidad y el deseo, entre lo que de hecho es la existencia, según su punto de vista, y lo que somos capaces de imaginar que podría ser. Y, sin embargo, “los Dioses, si son justos en su injusticia, nos conserven los sueños aun cuando sean imposibles, y nos ofrezcan sueños buenos, aunque sean modestos. […] Que los dioses me cambien los sueños, pero no el don de soñar”. ~

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