La diaria faena de hacer tierra

Canciones en voz baja

Alicia García Bergua

Bonilla Artigas/UACM

Ciudad de México, 2021, 108 pp.

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En el breve prólogo a Los zapatos en círculo (2020), la antología poética de Alicia García Bergua, Carmen Villoro dice que la suya es “una poesía autobiográfica”, una especie de “álbum de fotografías” en el que se capturan “escenas cotidianas procesadas al interior de los versos, cernidas firmemente entre silencios” y a través de los cuales se “descubre el desamparo de la condición humana” y “nuestra ineludible soledad”. Su libro más reciente, Canciones en voz baja, confirma esa caracterización.

En Canciones en voz baja, una vez más, si algo intimida y desconcierta al lector es la cruda exposición –a la que ha de enfrentarse como invitado inadvertido– de la intimidad familiar y anímica del sujeto poético deliberadamente confesional y autobiográfico que nos habla. La mayoría de los poemas están escritos con una extraña simplicidad, una frontalidad a ratos engañosamente prosaica tras la cual, sin embargo, siempre nos sorprende un hallazgo verbal que activa la tensión interna de la totalidad del texto, haciéndolo entidad orgánica y experiencia poética. Una inesperada resonancia reverbera en el lector, como efecto de una tramada construcción, en la que según confiesa la voz poética “los poemas, se cargan de algo / que nunca oso decir desde un principio”.

El tono dominante en todo el libro es el de una voz ganada por una intensa y cotidiana lucha con la soledad: “Mi soledad es honda, / viene desde mi infancia, / su agujero se ajusta solo a mí.” Ahora bien, el ahondamiento de esa experiencia es resultado también de la constante pugna: con el dolor incurable producido por las ausencias; con el paso del tiempo y el anclaje a la nostalgia; con el legado familiar y sus incidencias en la vida emocional y psíquica; con la inevitable pregunta por el ser; con los sueños y pesadillas que la habitan; con la degradación del cuerpo y la comprensión de su condición animal; pero asimismo con el deseo de encontrar en el presente el necesario sosiego y plenitud que le permita vivir, viendo más allá, reconciliada con el hecho de existir íntegramente en el orden natural. Una súplica latente por alcanzar dicho estado, asordinada pero intensa, como una canción “en voz baja”, “con miedo de levantar la voz”, subyace en todo el poemario. Quizás el poema “Oración” sea una buena muestra de esto. Allí se dice: “Que haya un motivo, / una voluta que se haga remolino / y levante mi vista de este piso. / Que levante la cabeza sin pensar / y se crucen otras miradas, / otros aires más allá / que no he visto / y nunca he respirado.”

Los 81 poemas que conforman el libro se distribuyen en tres partes numeradas y, aunque no hay ningún título o epígrafe que sirva como indicador del criterio seguido para tal partición, sí parece imperar una distinción temática o en todo caso de focalización en cada sección. Canciones en voz baja transcurre en una suerte de progresión que parte de la niñez y va ofreciéndole al lector indicios de las características y tensiones del ámbito familiar, así como de los distintos miembros que constituyen ese mundo (padre, madre, hermanos, abuelos, primos, amigos cercanos); todos, aunque ausentes, están radicalmente presentes en la subjetividad de la voz poética. Las huellas de esa historia familiar, nacida de la fatalidad de una pareja de exiliados catalanes, víctimas de la Guerra Civil española, a quienes la vida lleva a buscar refugio y a establecerse en México, encarnan en el sujeto que nos habla, marcado por la impronta de un exilio que deviene existencial, desde el que se reitera la necesidad de “hacer tierra” como manera de sobrellevar esa carga.

En la segunda sección, las figuras del hermano y el marido muertos parecen predominantes, aunque no exclusivas, pues son evidentes los vasos comunicantes que permiten que los núcleos temáticos que hemos señalado “fluyan” constantemente entre las distintas partes del libro. Paulatinamente va emergiendo cada vez con más fuerza la conciencia de otras presencias que ayudan a aliviar el peso de tales vacíos. En particular, aparece la poesía como una necesidad para suplir la ausencia del marido, al decirnos que “cada poema es un fuego que enciendo / para esta frialdad con la que pasa el tiempo / y siento al despertar siempre sin ti”. Pero también alcanza mayor relieve la noción de que el poema es una forma de conciencia del cuerpo y de lo animal: “Quizá la poesía sea una lengua única / que se habla en cada idioma, / y sea la conciencia elemental del animal que somos, / un animal que puede jugar con el lenguaje. / Quizá la falta de poesía en cada uno / sea también motivo de catástrofes, / de frías decisiones de matar, / de no ser semejantes, / de no asumir el cuerpo / como lugar común.”

En la tercera sección la naturaleza asume un rol preponderante, especialmente lo arbóreo. Basta observar la portada para apreciar la importancia que tiene en este libro la imagen del árbol (palabra, por lo demás, notoriamente recurrente en el último apartado). Bajo su follaje pareciera darse cierta distensión, un mayor despojamiento y una mayor aceptación de la vida y su inevitable fugacidad. Acerca de los árboles se dice: “No quiero hablar aquí de sus raíces / que aceptamos como algo inevitable, / quiero hablar de sus ramas / matizando la luz cuya crudeza ciega, / y de su sombra que enfría la hoguera / que atizamos por tan solo vivir.” En ese aprendizaje de lo simple, del mero gozo de seguir vivos, la figura del perro innominado es una aleccionadora y cercanísima compañía, presente desde el primer poema del libro, cuya forma de estar en el mundo es manifestación de un saber animal ante el cual cede finalmente nuestra soberbia, pues al vivir “simplemente espera / lo que el día le ofrece a cada paso”.

Todo lo dicho tal vez baste para afirmar que Canciones en voz baja es un libro conmovedor, cercano al diario y al álbum de familia, de una rara hermosura y una singular rudeza. Un libro cuyo valor estriba en el desafío que nos propone desde su franca sencillez, al hacernos partícipes de una intimidad que en última instancia se hará también experiencia compartida, en la medida en que cada lector pueda verse expresado en ella. ~


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