La fábula de Amatlán, de Julio Derbez

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Terrible y en más de un sentido insondable, la política mexicana se ha tornado asunto propio de la caricatura, el chacoteo, la parodia. Sus aconteceres brotan en campos por necesidad lejanos a quienes le sirven de tema y pretexto, de fin presunto y razón de ser: los millones de mexicanas y mexicanos que pueblan discursos cuya novedad única ha sido su desembozado propósito de no decir nada (cfr. el "informe" presidencial reciente), nada que pueda ser discutido, puesto en la mesa del debate democrático. Desde ese territorio se pone entre paréntesis lo que tiene que ponerse en la contienda de las ideas (del todo distinta de la del marketing electorero en imparable boga), y se explicita el desdén a los ciudadanos, su memoria, sus urgencias, sus esperanzas y sus capacidades libres. A la luz de estos hechos debe nacer la crítica, en la hora actual una crítica radical que incluya las preguntas por la ausencia de crítica o de su medianía, sus trampas o su torpeza, según sea el caso y según se vea. Con lucidez, el autor de esta versión de la historia política de la actualidad cumple esta tarea. Su fábula es venturosamente opuesta al juego facilón del chiste o del chisme: se despliega, con lograda coherencia, de acuerdo con el orden de los hechos concretos, de los que tiene pleno conocimiento.

Ha hecho bien Derbez al situar su historia en el escenario de una monarquía. Por más que el gobierno en funciones se haya empeñado en reiterar y enfatizar en y por todos los medios la palabra "cambio", no habría duda, por ejemplo, de que la esposa del gobernante ha cumplido un papel sin falta lamentable de suspirante ante el boato, las glorias y las consabidas clemencias y caridades del poder omnímodo, y el papel de aspirante, alarmante y también penoso, al trono mismo. ¿Alguna diferencia con el poder de un solo partido que gobernó durante setenta años y pico, como no se cansan de recordar el presidente y sus empleados? Derbez plantea el asunto con perspicacia: en el fondo hay que saber cómo es que pudieron llegar tan arriba las ambiciones de la reina Sahag (nombre del personaje en esta historia). Más allá de los rasgos de carácter, de ciertas facultades intuitivas, de una voluntad a prueba de todo de aquella mujer, es necesario pensar aquí en las notas esenciales de su marido, el rey Fish, cuya actitud habría cursado precisamente en sentido inverso a la de su consorte: desde el comienzo de su gestión, luego de triunfar en las elecciones gracias a la confluencia de diversos factores (justamente expuestos en la obra), el presidente se desencantó. Un caso notable: bueno para la bravata y la lucha, el hombre que llegó al poder no está interesado en aquel campo donde el enemigo es ubicuo, multiforme, inaprehensible. Lo que ocurriría, y el libro de Derbez lo pone en evidencia con gracia bastante, es que la política mexicana habría llegado a un nivel de empobrecimiento de veras de excepción. Al recordar el autor aquel episodio de opereta/rock de Elton John (bien llamado en el libro El Tontón) en el Castillo de Chapultepec, el lector no desmemoriado es remitido a la intención presidencial de hacer de Los Pinos una especie de Casa Blanca con servicio turístico; al registrar alguno de los dislates culturalosos del presidente, Derbez lleva a la evocación no sólo de los muchos en que aquel personaje ha incurrido, sino de su proclividad a la improvisación, a un "me basto solo" que diría a las claras, a mi juicio, algo que está en la base del fracaso sexenal: la idea, por llamarla así, de que si los anteriores políticos pudieron partir el queso durante un periodo tan dilatado, por qué no yo y mis compañeros de ruta, presuntos hombres y mujeres de bien, educados en el trajín democrático, o en el tecnocrátrico ejercicio de medidas eficaces sin remedio.

Pero no sólo es la pareja real la que es puesta en crisis bajo la mirada nada complaciente de un autor de pluma bien afilada, que manifiestamente evoca a Augusto Monterroso y a Jorge Ibergüengoitia. Aparecen por aquí otros personajes singulares, como uno que quizá sabía demasiado (encargado de los asuntos del exterior), otro que representaría la figura en ascenso de Felipe Calderón, o como los representantes de las otras fuerzas políticas, uno soso hasta el fastidio, otro aguerrido, uno más atrapado en las redes del poder no perdido del todo. En el fondo todo se encamina al final explícito: la política mexicana, así como está, se dirige hacia un muro o un desfiladero.~

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