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Al austriaco Robert Musil lo condenaron al exilio en Suiza. Al angloindio Salman Rushdie le persiguen con una fatwa que pide su muerte por haber escrito una novela blasfema. A Joseph Brodsky lo echaron de la Unión Soviética por vago y decadente. Al egipcio Naguib Mahfuz le prohibieron publicar sus libros y le acosan. Al checo Josef Skvorecky le acusaron de publicar un libro contrario al socialismo y tuvo que exiliarse en Estados Unidos. Al sudafricano Breyten Breytenbach, a quien J. M. Coetzee presenta como una suerte de desdichado Thomas Bernhard, le metió en la cárcel el gobierno del apartheid. Borges sufrió pena menor: fue degradado a inspector de gallineros. Los nazis mataron a la madre de Aharon Appelfeld y a su padre lo enviaron a un campo de concentración: tuvo que pasar los años de la guerra, en los que era un niño, vagabundeando y ocultando su condición de judío hasta que consiguió llegar a Israel. Costas extrañas no tiene un motivo unitario, pero uno de los asuntos centrales del libro es la reflexión de J. M. Coetzee sobre los escritores perseguidos y castigados. Y, cómo no, una indagación sobre las relaciones entre la ética y la estética.
     En Costas extrañas, aparentemente una colección de ensayos dispersos, hay una serie de temas recurrentes, preocupaciones frecuentes en la obra del Premio Nobel sudafricano.
     El más evidente ahonda en el arte de la novela. Muchos de los textos de Costas extrañas están dedicados a novelas, aunque también hay escritos sobre poesía o sobre ensayo histórico o sobre libros de viajes. J. M. Coetzee analiza Robinson Crusoe, y el resto de la obra de Daniel Defoe, para rechazar su carácter realista. J. M. Coetzee no cree que Defoe sea un escritor demasiado interesante, pero ha encontrado en él y en su Robinson una explicación de su propio mundo, como puso de manifiesto en su novela Foe (Mondadori). También desmonta la consideración de “naturalista” para el escritor holandés Marcellus Emants. Y entra en el taller de Dostoyevski, en un texto que conviene leer recordando El maestro de Petersburgo (Mondadori), la novela donde un Dostoyevski no menos verdadero por imaginario vuelve a San Petersburgo para averiguar las circunstancias de la muerte de Pavel, su hijastro. Se pregunta si existen dos tradiciones distintas para la novela: una oriental que no estaría ligada al seguimiento de los personajes y otra occidental organizada en torno a los personajes. De no saber combinar ambas con suficiente destreza acusa a Salman Rushdie y también a Naguib Mahfuz. Y de una manera parecida opera cuando J. M. Coetzee cuestiona los planteamientos teóricos, tan cambiantes y a menudo tan ridículos, de Nadine Gordimer sobre la novela en África: un asunto al que dedica un estupendo texto en Elizabeth Costello (Mondadori), que ataca impecablemente el relativismo cultural. J. M. Coetzee indaga en los narradores para desentrañar los vínculos entre su teoría y su práctica: en las anotaciones obsesivas de Robert Musil en sus cuadernos y en el papel social de Turgueniev y en el misterioso convencimiento que lleva a Josef Skvorecky a su renuncia a escribir.
     Como algo más que un apéndice a sus notas sobre el arte de la novela, aparece la reflexión sobre la recepción de los textos literarios. J. M. Coetzee analiza las traducciones de Kafka al inglés y cómo la influencia de Max Brod sobre los traductores ofreció durante demasiado tiempo un Kafka estrecho y reducido a un ámbito religioso. Explica cómo Dostoyevski se vio obligado a rehacer continuamente sus escritos para sortear la censura, y cómo resulta imposible reconstruirlos a través de sus anotaciones sin transformar a Dostoyevski. Robert Musil no pudo terminar su novela más ambiciosa, El hombre sin atributos, que acabó publicándose de una manera chapucera. La influencia declarada de Milan Kundera, y de sus “testamentos traicionados”, es notoria en estos ensayos. J. M. Coetzee tiene muy claro cómo debe editarse, traducirse o presentarse una obra literaria para no mostrar a un escritor distinto del original. Y no sólo se traiciona una obra con malas ediciones, también las malas películas la distorsionan: su análisis de la Clarissa de Richardson y de la adaptación televisiva para la bbc lo ratifica estupendamente.
     J. M. Coetzee hizo una tesis doctoral lingüística, con parámetros matemáticos, sobre Samuel Beckett, un escritor que escribió en su lengua y en otras, o quizá en todas al mismo tiempo. En Costas extrañas es permanente esa preocupación por la lengua de los escritores: Rushdie abandonó su lengua para escribir en inglés y también Breytenbach abandonó su lengua y también abandonó su lengua Apelfeld y el propio Coetzee renunció al afrikaans para adoptar el inglés, como explica en Juventud (Mondadori), el segundo volumen de sus memorias.
     El colonialismo es otro de los temas recurrentes de Costas extrañas: el de España en América, el de Reino Unido y Holanda en África. Y no es raro, porque aparece obsesivamente en las novelas de J. M. Coetzee: la granjera atrapada de En medio de ninguna parte (Mondadori) es una colona y la profesora de lenguas clásicas atrapada de La edad de hierro (Mondadori) es una colona, e ilustran trágicamente el hecho colonial sudafricano. Pero es en sus artículos sobre Nadine Gordimer y Breyten Breytenbach, y en menor medida en el dedicado a Doris Lessing, donde J. M. Coetzee expone con más claridad su opinión sobre el colonialismo, o, más apropiadamente, sobre la descolonización. En más de un sentido, la mejor novela de J. M. Coetzee, Desgracia (Mondadori), es una novela sobre la descolonización: sobre la subversión de los valores de justicia y cultura. El sueño fracasado de la Ilustración, que creía en el buen salvaje y en la educación, es un moscardón que zumba en muchos de los textos de J. M. Coetzee.
     J. M. Coetzee se pregunta a menudo en Costas extrañas si existe relación entre la teoría que defienden los escritores y sus obras. La teoría de J. M. Coetzee y la práctica de J. M. Coetzee están íntimamente ligadas. Bien ligadas. –

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