La verdadera historia del laberinto, de Gabriela Vallejo Cervantes

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LIBRO DE FANTASMASGabriela Vallejo Cervantes, La verdadera historia del laberinto, Era-INBA, México, 2002, 137 pp.

La primera novela, ese subgénero inevitable, suele ser o una confesión o un recetario. Cuando un escritor decide novelar suele tener ante sí ese sendero que se bifurca. Mientras la confesión descansa sobre los humores, el recetario presupone suficiente narrativa. En La verdadera historia del laberinto, como suele suceder con las buenas novelas, Gabriela Vallejo Cervantes (ciudad de México, 1964) apostó por mantener la tensión entre el  mundo y el yo. Estamos ante una novela de fantasmas que, para nuestra ventura, no se anuncia como tal; una obra donde el narrador borró cuidadosamente sus huellas, logrando que privase la intimidad entre el lector y la escritura.
     Gabriela Vallejo sabe que el laberinto, metáfora en sí mismo, sólo requiere de ser poblado por una imaginería. La verdadera historia del laberinto ocurre, esencialmente, en un hotel del centro de la ciudad de México, edificio cuya historia, y la de sus inaprensibles moradores, va recorriendo varias décadas del siglo pasado. Una joven mujer china se ve involucrada en la muerte accidental de su marido, quien la habría comprado a su familia. Tras esa imagen primera, la puerta del laberinto queda clausurada a nuestras espaldas. Sin frenesí, ajena a cualquier jugueteo con el suspenso, Vallejo propone tres o cuatro historias que circundan el hotel, regenteado por un enano y objeto de las fantasías o de las vivencias de un detective existencial que busca en ese laberinto su propia individualidad.
     El texto es moroso y a veces da la impresión de que la autora está a punto de perder los hilos de la narración, que de tan sutiles se le escapan. A manera de epígrafes, aparecen citas de un libro primordial, La verdadera historia del laberinto, de Jeremías Barth, y de otras obsolescencias bibliográficas. El juego de cajas chinas, o si se prefiere, la servidumbre voluntaria ante la llamada metaficción, acaso sobre en un libro que parece no necesitar de esas muletillas. Pero llegó la hora de preguntarse —o al menos yo me lo pregunto— si la interpelación a Borges dejó de ser una influencia para convertirse en una convención. Aceptar o rechazar esta o aquella convención artística es un derecho del lector, mientras que exigir una literatura sin convenciones es una tontería. Y es muy probable que los lectores contemporáneos no alcancemos a ver muertas, o ridiculizadas, las convenciones literarias que gozaron de buena prensa durante el siglo XX.
     No creo que La verdadera historia del laberinto tenga mucha significación como estructura dramática; la novela vale por la densidad de sus atmósferas, que funcionan a la manera de una sucesión de fotografías a punto de velarse. La mujer china es un fantasma que, a diferencia del mandarín de Eça de Queiroz, carece de picardía decadentista. Es un despojo que va a reunirse con las magistrales prostitutas que pueblan el Hotel Suecia, cuya locación en el Distrito Federal es una arbitrariedad que confirma lo visto en La penumbra inconveniente (2001) de Mauricio Montiel Figuieras: para esa generación de narradores la ciudad ya perdió todo prestigio paisajístico. Es un escenario de teatro pobre o, si se prefiere, una instalación posmodernista, cuyo atrezzo puede modificarse en un abrir y cerrar de ojos.
     Al laberinto, el universo ectoplasmático construido por Vallejo, deberá enfrentársele un demiurgo, que al final sólo resulta otro doble romántico, cuyos monólogos, más que sus aventuras, hacen del libro un  relato fantástico que apela a la caja de Pandora como solución. Los tópicos y las convenciones de Gabriela Vallejo se sostienen gracias al poder equilibrado y sugestivo de un lenguaje que, no en pocas ocasiones, vacila entre las libertades de la prosa poética y la economía de la narración. Ignoro si esta oscilación maltrate el libro, aunque parece evidente que Vallejo comprendió que indicarle al lector la salida del laberinto habría sido una vulgaridad.
     Acaso consciente del predominio de la atmósfera sobre la forma en su novela, Gabriela Vallejo decidió, acercándose al final de La verdadera historia del laberinto, poner sus cartas retóricas sobre la mesa:
      
     

Este relato está hecho de factores falsos. De rumores. De historias de diarios dentro de una caja. Me lo he dicho muchas veces: no se puede hacer verdadero lo inexistente, lo que no se sabe a ciencia cierta, y menos aún deformar los personajes esperando que se vuelvan otros. Intercambiables. El riesgo es la monstruosidad, y aun allí no hay más que dos salidas. A pesar de mis invenciones, de mis muchos engaños, incluyendo los que me hago a mí mismo, sólo existen dos puertas transitables para salir del laberinto: el principio y el fin. Un hilo muy delgado, casi imperceptible, permanece tenso entre los dos extremos. Esa mínima línea hace que la referencia básica no se pierda, que sigamos reconociéndonos las caras aunque olvidemos los nombres. Es la constante.

      
Este párrafo es, al mismo tiempo, un gesto de impotencia y una declaración de inteligencia. En esa ambigüedad, La verdadera historia del laberinto puede leerse como un reloj de arena que el lector podrá manipular a placer, aceptando esa caída en el tiempo que Gabriela Vallejo Cervantes le propone. ~