La muerte del padre

Gabo y Mercedes: una despedida

Rodrigo García

Literatura Random House

Ciudad de México, 2021, 136 pp.

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A todos les ha pasado o les va a pasar: la muerte del padre. Hay mil formas de asumir esa pérdida. Con dolor, con alivio, con indiferencia, con satisfacción, con esperanza. Si el padre es, además, una celebridad el asunto se complica. Hay una parte pública y una parte privada. A veces estas partes coinciden, otras veces no. Hay que sobrellevar las condolencias, “el circo”. El carnaval en torno al muerto. Los fastos funerarios. Las cenizas (demasiado íntimas) expuestas en el Palacio de Bellas Artes. El olor de las coronas. Los abrazos de los amigos no vistos en mucho tiempo. Los discursos de los presidentes. Una mañana, Rodrigo García, en el desayunador desierto de su casa, ve un pequeño arcoíris sobre la silla del padre. Su risa, su trabajo, sus libros. La vida sin él. Su ausencia.

“El miedo a la muerte lo tiene todo el mundo, pero más que miedo a la muerte misma es miedo al tránsito. Por eso creo que los más felices son los que se mueren de un infarto fulminante”, dijo García Márquez a la revista Semana. El tránsito del nobel colombiano fue suave y lento. Murió en una cama de hospital instalada en su casa del Pedregal. Una enfermera advirtió que el corazón había dejado de latir. La instrucción de no reanimarlo era muy clara. Fue avisada la familia. El primero que lo vio fue Rodrigo: “Entro a la habitación y al comienzo observo que mi padre se ve igual que hace menos de diez minutos, pero después de unos segundos me doy cuenta de lo equivocado que estoy. Se ve destrozado, como si algo lo hubiera fulminado –un tren, un camión, un rayo–, algo que no le causó más heridas que arrebatarle la vida. Rodeo la cama y me acerco a él y maldigo en voz baja.” La muerte como un rayo invertido: no te fulmina la luz, sino su devastadora ausencia. La persona deja de existir y solo queda el cuerpo. Envolverlo en un sudario. Dejar que se lo lleven los hombres funerarios. La camioneta que sale con trabajos por la gran cantidad de gente reunida frente a la casa. Más tarde verlo sobre una mesa, perfectamente maquillado, “me recuerda el busto de un patricio”. Acuerdan incinerarlo esa misma noche. Sin curas ni ceremonias. “Las órdenes de mi madre son claras: háganlo esta noche, tan pronto como sea posible.” La entrada al horno, el fuego, la nada. “Para mí es perfectamente claro: es como si de pronto se apagara la luz. Sin embargo, surge la duda de que a lo mejor me equivoco”, dijo García Márquez treinta años antes de su muerte.

La muerte es una constante en los libros de García Márquez. La de Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada: “¡Santiago, qué te pasa! –Que me mataron, niña Wene –dijo. Tropezó en el último escalón, pero se incorporó de inmediato. Hasta tuvo el cuidado de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las tripas. Después entró en su casa y se derrumbó de bruces en la cocina.” Mi favorita, la muerte de Bolívar en El general en su laberinto: “Cruzó los brazos contra el pecho y vio por la ventana el diamante de Venus en el cielo que se iba para siempre, las nieves eternas, la enredadera nueva cuyas campánulas amarillas no vería florecer el sábado siguiente en la casa cerrada por el duelo, los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los siglos, volvería a repetirse.” La primera, en un cuento (“La otra costilla de la muerte”) publicado en junio de 1948, sobre el miedo que siente un hermano de su gemelo muerto y cómo mantienen un vínculo después de la muerte. “Durante los días en que su hermano estuvo enfermo no tuvo esta sensación porque el rostro demacrado, transfigurado por la fiebre y el dolor, con la barba crecida, se había diferenciado altamente del suyo.”

El recuerdo del hielo frente al pelotón de fusilamiento y la muerte de Aureliano Buendía y de Pilar Ternera en Cien años de soledad. La muerte pantagruélica de la Mamá Grande, con su funeral caribeño convertido en un carnaval infinito. La muerte solitaria y tétrica del general en El otoño del patriarca. La muerte muchas veces narrada y una sola vez, inexorable, sentida. “Lo que más me duele como escritor es que es la experiencia más importante de la vida de uno sobre la cual no podré escribir una novela.”

Tuvo “una muerte muy dulce”. Como el título del libro autobiográfico de Simone de Beauvoir. La hija frente a la madre, asistiéndola unas semanas antes de que muriera arrasada por el cáncer. Un retrato casi clínico, frío, hospitalario, crudo y cruel. Como la muerte del padre en Patrimonio, de Philip Roth. Intenso y desolador, relato sin anestesia. La muerte del padre y con ella el comienzo de su propia muerte. La desolación por el deceso del padre en Beber un cáliz de Ricardo Garibay, magnífica lección de estilo. La lenta y desgastante muerte de los padres de Rafael Pérez Gay en Nos acompañan los muertos. El hijo que ve al padre desmoronarse. Que ve cómo la hiedra de los años se le enreda en las piernas y no lo deja caminar, que le aniquila la memoria, que ni oye ni ve. Lenta llega la muerte.

En Gabo y Mercedes: una despedida, Rodrigo García hace un magnífico esfuerzo de contención. Cuenta sin desbordarse. Para millones de personas Gabriel García Márquez fue el autor de Cien años de soledad. Para su familia fue un escritor. Para sus hijos, un padre. Para Rodrigo, escritor también, la figura de su padre es al mismo tiempo entrañable e indescifrable.

El libro es también, lateralmente, el libro de Mercedes, la mujer de García Márquez. Su fortaleza. Su muerte es narrada en tono menor. “Como la pandemia no me permitió viajar, la vi con vida por última vez en la pantalla resquebrajada de mi celular, y luego, cinco minutos más tarde, cuando ya se había marchado para siempre.”

La muerte es un hoyo negro. De pronto el corazón deja de latir y la vida se apaga. No hay mariposas amarillas. Solo una profunda e inacabable oscuridad. ~