Las palabras no son las cosas

La pérdida de voluntad en el agua

Alan Valdez

Tierra Adentro / FCE

Ciudad de México, 2021, 78 pp.

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En mis momentos más cínicos, considero que la originalidad es imposible, o al menos está tremendamente sobrevalorada. El arte nos demuestra esto una y otra vez, al despertar formas antiguas de hacer y recontextualizarlas, o al mezclar elementos de varias corrientes disciplinarias y realizar algo que, si bien no es nuevo, despierta otras posibilidades creativas. Un buen ejemplo de esto podrían ser los videojuegos que From Software, la compañía japonesa dirigida por Hidetaka Miyazaki, ha lanzado desde principios de la década pasada: en ellos se congregan los cánones del RPG (la capacidad de crear una historia personal y recorrer el mundo del juego desde ella), las estructuras del juego de acción, y los sistemas de recuperación de partidas de videojuegos antiguos, en los que tu personaje no debe empezar el juego desde cero al morir, ni regresa al mismo mapa de antes; lo que tiene que hacer es recorrer un camino desde donde comenzó la partida, recobrar los bienes que perdió con la muerte, e impulsarse con determinación para seguir adelante. A pesar de su dificultad, vista por algunos como excesiva, los juegos de esta compañía han sido un enorme éxito crítico y comercial, al punto de haber creado, a partir de retazos de otras concepciones genéricas, su propio género: el llamado soulsborne.

Los videojuegos de Miyazaki, como las películas de Vadim Kostrov, las mejores canciones de Bad Bunny y La pérdida de voluntad en el agua, libro escrito por Alan Valdez (Chihuahua, 1992) y ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2020, esbozan una imagen más o menos clara sobre las ansiedades y los miedos que tocan a las generaciones más jóvenes, en un mundo que parece hostil y una circunstancia precaria, puntuada acaso por pequeñas victorias que aprendemos a disfrutar. Donde los personajes del estudio japonés tienden a ser derrotados por gigantes hostiles una y otra vez hasta lograr sobreponerse, y los personajes que retratan los jóvenes autores ruso y puertorriqueño habitan somnolientos por un presente continuo, determinado por el estancamiento económico y la ansiedad social, las palabras de Valdez encuentran un espacio de reflexión en premisas formales que él no inventa o reinventa, pero que le permiten un espacio creativo singular. Donde Kostrov usa la docuficción, o Bad Bunny el reguetón, Valdez hace suya la forma del poema-río, muy popular en la generación mexicana de los cincuenta, y la utiliza para llevarla a lugares más efectivos para la imaginación contemporánea.

Presentado como un largo poema que alterna entre prosa y verso, con largas secciones cantabili al estilo de Vicente Huidobro o Allen Ginsberg, La pérdida de voluntad en el agua es un artefacto narrativo que utiliza el verso como plataforma para contar una historia de relaciones, memorias, ansiedades y encuentros, ligados por las transformaciones del agua. Formalmente, se aproxima a las prácticas de escritores mexicanos de medio siglo, como José Carlos Becerra (con sus largos poemas narrativos que extienden una imagen hasta sus últimas consecuencias) u Homero Aridjis (poco leído en nuestra generación), a cuyos experimentos de poema narrativo Perséfone Mirándola dormir me remitió el libro de Valdez en un primer momento. Sin embargo, la escritura del joven norteño no se queda solamente en la recreación de estructuras probadas o en su instrumentalización como un modelo de libro probado, “premiable”, pues la forma y la intención de La pérdida de voluntad en el agua están profundamente ligadas: la estructura basada en las transformaciones del líquido nos lleva, con fluires y pausas, por las memorias de una voz poética que reflexiona sobre sí misma, y habita el mundo de Nueva York a Chihuahua a Acapulco siempre con una misma tristeza, pensando la finitud de las cosas al tiempo que la experiencia vital: “Esa mañana fui a mirar el río congelado / y me paré sobre él / o él se paró sobre mí. / Y los dos escuchamos una grieta afirmándose / como un objeto que cae y ya no recupera su figura.”

Donde en el género soulsborne los antagonistas son monstruos gigantes, representativos de ansiedades personales o de cambios irrevocables en el mundo, a lo que se enfrenta la voz poética del chihuahuense es aquello que el filósofo Timothy Morton llama “hiperobjetos”: acontecimientos enormes que no se pueden ver, pero existen y amenazan la vida en la tierra. Gestos como el agua que decae, el río que se seca o amenaza por desbordarse, o el invierno que dura más de lo que debería, enuncian a los grandes antagonistas climáticos de nuestro mundo contemporáneo, y posicionan el espacio vital-relacional que Valdez relata como una especie de reencuentro con la necesidad de vivir a pesar de todo. Inundado por una melancolía masculina, puntuada por canciones invernales de Father John Misty y Sufjan Stevens, el escritor se enfrenta con los elementos de la palabra escrita como un intento de crear un espacio vacío que figure como un universo contingente, “el acto de fe que mora en el silencio”. La masculinidad, cristalizada como un hiperobjeto que acompaña a la violencia, como aspiración de juventud y como cuestión a problematizar, es otro de los temas recurrentes de este libro. A lo largo de él, aparecen niños que entierran semillas, hombres que las desentierran, sicarios que amagan a un pueblo, cuerpos muertos en el desierto, figuras en la nieve, tíos que se alejan en caballos y la voz poética, también masculinizada, que se aleja del barullo para escribir un sueño: “este sueño”.

Efectivo, por momentos, en realizar una poesía densa y autorreflexiva, y por momentos como un artefacto novelístico que cuenta fragmentos de una historia personal con ecos de Virginia Woolf o John Banville, La pérdida de voluntad en el agua atesta el potencial creativo de su autor, su capacidad de ver hacia adentro y encontrarse con una realidad que puede ser motivadora, hermosa, pero también decepcionante: “Qué esperaban de la poesía / si el cielo sobre el que estoy me lo ha vendido United.” En todos estos gestos, en las preocupaciones temáticas que el libro exhibe, podríamos empezar a rastrear una poética específica a la comunidad literaria millennial del norte de México. En el libro de Valdez existen vasos comunicantes, por ejemplo, con el psicodrama religioso-sexual visto a través del prisma filosófico de Esteban López Arciga, con la deconstrucción radical de los universos cotidianos de Iveth Luna Flores, o con el sentido del humor y el oído musical de Arturo Loera, por mencionar algunos; estas lecturas, como la del joven chihuahuense, dibujan un norte múltiple, con una relación precaria con el mundo estadounidense, geografías, objetos y espacios que se repiten, y con la mancha indeleble del crimen organizado, hiperobjeto que empezó en nuestra infancia y que no ha cesado en nuestras vidas adultas.

Al constelar este libro por medio de referentes artísticos de distintas disciplinas y latitudes, para terminar centrándolo en el contexto de la región geográfica de la que el autor proviene, me gustaría cimentar la escritura de Valdez (acaso como a toda escritura generada en el México de nuestro tiempo) como una especie de soulsborne. Mediante la escritura literaria y la visión del mundo sensible, actividades hostiles y periféricas tanto frente al discurso neoliberal como frente a la propaganda populista, quienes escribimos ahora nos encontramos asediados en todo espacio por amenazas constantes, precariedades y necesidades para solventar la vida cotidiana que son, hasta cierto punto, suplementadas por estructuras estatales y privadas como becas, premios o residencias. Sin embargo, detrás de estas institucionalidades se esconden otras tensiones, como la necesidad de orientar la pluma a cierta estética, evitar tocar unos temas y tocar otros, privilegiar ciertos modelos de la escritura o del libro sobre otras ideas que nos sería mucho más interesante trabajar. La pérdida de voluntad en el agua, libro híbrido que no se rige por la clásica estructura narrativa que en muchas ocasiones se exige a los ganadores de premios, poema narrativo o novella poética si se ve desde otro prisma, nos permite acceder a una posibilidad de la escritura que, si bien ya existía y había sido desarrollada por otros autores en circunstancias más o menos similares, no había tenido acceso al mainstream literario por medio de un premio. Más allá de algunos momentos excesivos, de descripciones sobradas y de ciertas articulaciones de sentido que buscan lo filosófico y caen en lo reiterativo, podríamos decir que en este libro se encuentra una promesa para el horizonte literario futuro en México. Queda también imaginarse, después de este experimento, cuáles son los próximos caminos que Valdez emprenderá en este páramo sediento. Sean los que sean, La pérdida de voluntad en el agua es una forma de emprender el camino sin tropezar. ~

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