La noche del cazador

El debate en torno a La noche más oscura se ha centrado en la tortura, y otros aspectos polémicos y perturbadores apenas han llamado la atención.
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Una de las cosas más sorprendentes de La noche más oscura es que el debate se haya centrado en la cuestión de la tortura, mientras que otros aspectos potencialmente polémicos apenas han generado discusión. Entre ellos se encuentran la violación de la soberanía nacional de Pakistán y (atención: spoiler) la ejecución extrajudicial de Osama Bin Laden, por no mencionar que, mientras suben hacia la habitación donde se encuentra el tipo alto que podría o podría no ser el número uno de Al Qaeda, los miembros de las fuerzas especiales matan a varias personas (aunque, como conviene a nuestro tiempo, muestran cierta ternura hacia los niños que viven en la casa: una cosa es dejarlos huérfanos y otra pegarles un grito). Se pueden esgrimir argumentos como el comportamiento permanentemente desleal de Pakistán, o la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar, aprobada por el Congreso en septiembre de 2001, que permitía al presidente de Estados Unidos emplear la “fuerza necesaria y adecuada” contra los responsables de los atentados del 11-S; se puede defender que otras alternativas habrían sido más sangrientas o que era un acto de guerra. Se puede añadir que Bin Laden y sus compinches sabían que eran objetivos de Estados Unidos, y que debían saber que ponían en peligro a sus familias. Pero, en todo caso, el asunto parece tener alguna arista más de las que han aparecido en la mayoría de los medios estadounidenses, donde, con una admirable profusión de datos y puntos de vista, se ha discutido sobre todo si la tortura fue o no fue útil para encontrar a Bin Laden. El argumento de la eficacia no me parece válido, del mismo modo que no me convencería el supuesto poder disuasorio de la pena de muerte, que establece una relación totalitaria entre el individuo y el Estado. La frase de Thomas de Quincey se ha cumplido con insólita precisión: “Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente.”

Arcadi Espada ha escrito en su blog: “Bigelow conduce al espectador a interesarse moralmente por la tortura, ocultando el principal problema moral de la operación contra Bin Laden: es decir, la justificación o no del asesinato político. Las arcadas y vahídos que convulsionan a la señorita de la CIA son los mismos que convulsionan al presidente Obama, y ese es el punto de intersección preciso entre los dos. La tortura queda circunscrita en la película a un mero asunto del pasado repulsivo, a un asunto de Bush”.

La película de Kathryn Bigelow arranca con una pantalla en negro, donde oímos grabaciones de las víctimas del 11-S, llamando a los servicios de emergencia, enfrentándose a la inminencia de la muerte. La narración hace una elipsis de dos años, hasta una cárcel secreta de la CIA, donde se somete a un miembro de Al Qaeda a un interrogatorio que incluye el ahogamiento simulado, golpes y vejaciones. El procedimiento narrativo es sencillo y eficaz: esa herida en blanco y negro conduce de forma inmediata a las acciones posteriores.

La noche más oscura se enfrenta a los problemas que afrontan otras películas basadas en hechos reales (o, como se dice al comienzo, “basada en testimonios de primera mano de hechos reales”). Lo que vemos nos interesa porque pensamos que es verdadero; la forma del relato impone también el uso de la licencia poética. Se amalgaman personajes para dar interés dramático y se simplifican los conflictos. En la representación de la tortura, se mezclan las técnicas incrementadas de interrogación –en la expresión orwelliana de la CIA–, que estaban apoyadas por un gran aparato pseudocientífico y burocrático y provocaron el escándalo de agentes del FBI, con humillaciones que se daban en otros lugares, como Abu Ghraib. El montaje establece conexiones con algunos atentados y deja fuera otros acontecimientos y datos. Por ejemplo, el prisionero al que se tortura al comienzo, Ammar, que da la primera pista sobre el correo de Bin Laden, tiene cosas en común con Ali Abdul Aziz Ali: como el personaje real, Ammar es sobrino de Khalid Sheikh Mohammed, el cerebro de los ataques, y ha dado dinero a los terroristas. En la película se asume que nunca va a salir de prisión. Steve Coll ha escrito:

La verdad sobre Ali quizá sea más interesante. Ha sido un participante activo y desafiante en los procedimientos judiciales de Guantánamo y sus abogados han pedido permiso de los jueces militares para presentar pruebas en su defensa, que mostraría que fue torturado cuando se encontraba bajo custodia de la CIA, y para obtener información sobre la identidad de los funcionarios de la agencia que lo interrogaron. La petición ha sido rechazada, porque lo que le ocurrió a Ali cuando estaba en las prisiones de la CIA está clasificado. La representación indirecta que ofrece La noche más oscura sobre los abusos a Ali pueden ser el único reconocimiento que el prisionero real recibe en público antes de que se le condene a muerte. Pero la película no hace nada por reconocer su conexión con esa realidad.

Al igual que algunos personajes centrales del imaginario estadounidense, como el capitán Ahab o Ethan Edwards en Centauros del desierto, Maya, la protagonista de La noche más oscura, está obsesionada por la caza. Se ha criticado la traducción española del título. “Zero dark thirty”es un término de jerga militar que hace referencia a altas horas de la noche, después de las doce y antes del alba. “La noche más oscura” es una adaptación fea e infiel, pero ese cruce entre El día más largo y la noche oscura del alma de Juan de la Cruz resulta sugerente: la agente, encarnada por Jessica Chastain, tiene algo virginal y desexualizado; es una especie de Madre Coraje vengadora de Estados Unidos.

La noche más oscura, que pretende establecer el relato canónico de la muerte de Bin Laden, combina momentos espectaculares (por ejemplo, la incursión en la casa de Bin Laden) con una deficiente explicación política y pobreza cinematográfica. Es una película más ambiciosa y potente que otra producción de 2012, Argo, donde Ben Affleck cuenta la liberación de unos estadounidenses atrapados en Irán. La historia de partida –la CIA inventó una película para sacarlos, haciéndolos pasar por miembros del equipo– es magnífica. Aunque tiene más de una cosa tosca o discutible –como la ñoña historia familiar del protagonista y alguna licencia excesiva en el clímax del filme–, y aunque parece un intento de rehabilitar a Carter, hay al menos dos cosas que Argo hace mejor que La noche más oscura. La explicación del contexto internacional es superior: no intenta convertir la política mundial en un tablero sentimental de orgullo herido. Y no se olvida del sentido del humor ni de una reivindicación, leve pero esencial, de la libertad: el símbolo de que la misión ha sido un éxito es que se pueden tomar bebidas alcohólicas en el avión, cuando la nave abandona el espacio aéreo de la República Islámica de Irán.

 

 

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