Leer a Josué

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Josué Ramírez

Random

México, Ediciones Sin Nombre, 2011, 94 pp.

 

Dos amigos salen de una cantina a caminar por la ciudad: no borrachos pero sí ebrios según lo exigía Baudelaire. El golpe del exterior, viniendo de la semipenumbra de la cantina, es fuerte: la ciudad se impone como un animal vivo y desafiante. La ciudad exige un diálogo a los paseantes.

Esa exigencia de la ciudad, de un presente grandioso y contaminado, cruel y bello al mismo tiempo, generoso y ojete, es entendida por el poeta Josué Ramírez como una responsabilidad. Ética, sí, pero sobre todo artística. El poeta no es un vate aislado de la marea social sino un interlocutor que debe tomar la palabra y echarla a andar. El poeta como antena que recibe una señal, se carga de electricidad y transmite algo, jamás guardándoselo para un placer silencioso y onanista.

Y la ciudad, por supuesto, transmite un ritmo que se contagia. Es de un lirismo prosaico (si se me permite la expresión) que avanza sin corregir y sin voluntad de perfección: pura energía, pura electricidad, pura descarga. Algo de ese manar se percibe en la poesía de Josué Ramírez, como si fuera el amanuense de una potencia superior que lo desborda y rebasa. No quiero decir con esto que Ramírez se resigne a escribir al dictado de otro poder, o que su poesía se asemeje al libre fluir de la consciencia del surrealismo, no: es un escritor al mando de sus formas, pero esas formas son deliberadamente sueltas y adiposas como la megalópolis.

El término random tiene mucho que ver con todo esto. ¿Pero no es una osadía juntar años de trabajo bajo un vocablo que invoca al azar? No, justamente es el autor diciéndonos que no hay coto ni cuadrícula ni programa para el decir poético. Es un azar que no se domestica pero que termina siendo, curiosamente, fiel. Un azar con el que contamos. Random. Mondar. Dramón. Don Mar. Una palabra en la que caben, azar, raza, otras palabras. Random como una semilla genésica, como una pura potencia cuyo crecimiento nadie puede anticipar.

Y en ese río, en esas aguas más o menos turbias, el poeta hace un aparte y nos regala un poema con cintura de avispa:

 

A mí me impele

al paso

la sabrosa manera

de comer frutas

las mujeres que conozco.

 

Es el lirida que ha bebido galones de Vallejo, de Lezama, de Girondo y de Paz, y que se ha embriagado con ellos hasta alcanzar la única lucidez posible, la del santo bebedor que siente pasar sobre su cabeza el ala de la locura.

Josué Ramírez nos ha entregado a lo largo de los años poemas en los que no hay ornato sino la entrega total de un fidelísimo amante de la poesía. Es miembro de una secta salvaje que lo dejaría todo, ahora mismo, si así se lo pidiera la grandísima puta que lagobierna. Con la poesía, todo: esla lente a través de la cual este carnal otea el universo desde que se despierta y hasta que se cae desmayado a las cinco de la madrugada. Con la poesía, todo: leer a Ramírez es a veces atestiguar el torrente de palabras que flotan en el aire pixelado de nuestra existencia y que, ahí, frente a nuestros ojos, toman forma, van encarnando, a veces con dolor, a veces con placer, en poema. Leer a Ramírez eshabitar la gestación y el parto del poema, como si su cabeza fuera un taller al que nos fuera dado entrar mientras escribe, tecleando con fuerza y nicotina y whisky y no pocos gramos de lucidez. Leer a Ramírez es dejarse atravesar por un cuchillo cebollero de emponzoñada dulzura, es habitar un terrible y tierno mundo en el que todo se levanta mientras todo se destruye.

Creo que estos días del mundo requieren a un poeta como él, un ciudadano en llamas, un hijo aventajado de la urbe que destila poemas como si transpirara. Un poeta que conecta, sin apenas esfuerzo, el cielo de las alcantarillas con los desagües del firmamento. Un detective salvaje, pues, increpando a todas nuestras madres y al mismo tiempo llevado hasta las lágrimas por un rayito de luz en la mañana.

Random es un testimonio de vida, nomás, de un saber estar que incluye en esa sabiduría a la equivocación y al delirio, siempre al servicio de esa tirana bellísima que llamamos poesía y que tal vez termine por llevarnos a todos a la chingada en un viaje inolvidable, irrepetible y que no podía ser de otra manera. Estoy convencido de que Josué es un ángel en un cielo tormentoso y amenazante. O un demonio, da igual. Un poeta que jamás ha dejado de sonar su lira porque la vida se va en eso y en no mucho más. ~

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