LTI, de Victor Klemperer y Castellio contra Calvino, de Stefan Zweig

AÑADIR A FAVORITOS

QUEMADME  A MÍ  TAMBIÉNVictor Klemperer, LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, Editorial Minúscula, Barcelona, 2001, 410 pp.Stefan Zweig, Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia, El Acantilado, Barcelona, 2001, 252 pp."Tal vez sea superstición", escribió Thomas Mann a Walter von Molo, "pero ante mis ojos los libros que de algún modo pasaron la censura en Alemania entre 1933 y 1945 se me antojan carentes de todo valor e incluso indignos de tenerlos entre las manos." Tal vez sea algo arbitrario, sí, pero es un criterio tan válido como otro cualquiera, aunque tampoco conviene caer en el "efecto Baudelaire": está prohibido, luego es bueno. En cualquier caso, acaban de traducirse y de publicarse por vez primera en nuestro país dos libros que en su día tuvieron problemas con la censura y que, por ofrecer claves para entender no sólo el pasado, sino también el momento presente, merecen toda nuestra atención: LTI. La lengua del Tercer Reich, de Victor Klemperer, y Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia, de Stefan Zweig.
     Durante años Klemperer, en la clandestinidad, fue consignando las expresiones más características de la LTI o Lingua Tertii Imperii, cuyo vocabulario es fiel reflejo de la pobreza espiritual de toda una época. En su interesantísimo ensayo, nacido de los apuntes de entonces, Klemperer reflexiona acerca de cómo se comporta el hablante bajo un Estado totalitario, el cual "hace del lenguaje su medio de propaganda más potente, más público y secreto a la vez". El nazismo, dice Klemperer, se introducía "en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente". En un empeño que le hace diferente de la mayoría de los hombres, que suelen aceptar el infierno y se vuelven parte de él, hasta el punto de no verlo, Klemperer se propuso "poner en evidencia el veneno de la LTI". Un método que recuerda al Estupidiario y al Diccionario de prejuicios de Flaubert, quien se dedicó a recopilar palabras y frases que mostraban las opiniones de la mayoría, opiniones que, aunque gozan de aprobación general, no hacen más que poner en evidencia la vacuidad no ya del saber, sino del decir humano. En ese sentido, Klemperer señala que en Mi lucha Hitler "predica la estupidez de las masas y la necesidad de mantenerlas en la estupidez y disuadirlas de cualquier reflexión". Ödön von Horváth, otro autor de la época también comprometido en la tarea de desenmascarar la jerga del Tercer Reich, la jerga de la muerte, va aun más lejos, al afirmar que el objetivo de cualquier Estado es el embrutecimiento del pueblo, pues a ningún gobierno le interesa que el pueblo sea inteligente: "todo gobierno es enemigo de la razón, esto es, de la razón de los otros. El gobierno es tanto más fuerte cuanto más firmemente procure que el pueblo sea embrutecido". Una más que probable explicación al hecho de que nuestro sistema educativo sea cada vez más pobre. Volviendo al Diccionario de prejuicios, según Flaubert contendría "todo lo que hay que decir en sociedad para ser un hombre decente y amable", un estúpido ideal, que lo repite todo, sin ningún espíritu crítico.
     La célebre afirmación de Adorno, según la cual después de Auschwitz era imposible escribir poesía, cobra aun mayor sentido cuando se estudia un fenómeno como éste, el de la corrupción de una lengua hasta el punto de contaminar a las víctimas y de necesitar generaciones enteras para recuperarse, para eliminar todas y cada una de las sustancias tóxicas. Klemperer confiesa que, buscando superar los horrores de los registros domiciliarios, las detenciones, los malos tratos, etcétera, se aferró al lenguaje, estudiándolo, en un esfuerzo que todo escritor debería tener en cuenta. "Cuando, para los judíos creyentes, un utensilio de cocina se ha vuelto impuro desde la perspectiva del culto, lo purifican enterrándolo. Muchas palabras del habla nazi deberían ser enterradas por mucho tiempo —algunas para siempre— en una fosa común." El libro de Klemperer se publicó en la República Democrática Alemana en 1947. En el resto de Europa ha tenido que esperar algo más para salir a la calle.
     Tampoco Stefan Zweig fue ajeno a la preocupación de aquellos años. Prueba de ello es su determinación a la hora de animar al individuo a la resistencia intelectual, que se puede rastrear desde muy pronto en buena parte de su obra. Testigo del crecimiento de una ideología caracterizada por un feroz egoísmo nacionalista, que llegó a convertirse en una dictadura que amenazaba al individuo y despreciaba al ser humano, Zweig sintió, como muchos contemporáneos suyos, la necesidad de salvaguardar la libertad y la justicia. En algunas de sus biografías históricas quiso prevenir contra un presente que llevaría a Alemania y a Austria al hundimiento en lugar de hacia el futuro. Si bien Fouché, María Antonieta y María Estuardo no son más que meros retratos históricos, biografías noveladas, con Triunfo y tragedia de Erasmo de Rotterdam, una obra de corte mucho más ensayístico, Zweig inicia una nueva vía, proponiendo una lectura diferente: la reflexión sobre la propia época.
     En mayo de 1935, Jean Schorer, párroco calvinista suizo, escribe a Zweig, acompañando la petición de una de sus feligresas, para instarle a escribir la biografía de Sebastian Castellio, un notable humanista francés, entonces y aún hoy desconocido, que se atrevió a enfrentarse a Calvino a raíz de la quema de Servet en la hoguera y que escribió el primer tratado en defensa de la tolerancia, antes que Hume y Locke. "Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre", son las imperecederas palabras de Castellio. Jean Schorer, uno de los sucesores de Calvino en la cátedra de Ginebra, asegura a Zweig que un libro sobre ese luchador formidable, sin duda el más valeroso frente al inhumano poder de Calvino, no sólo causaría sensación, sino que sería una verdadera buena obra. El escritor austriaco se muestra interesado, por considerar que se trata de un inmejorable punto de partida para una lucha que, afirma, también es la nuestra, desde el momento en que la tiranía ha vuelto a encenderse en el mundo, buscando enmudecer las conciencias. Y aunque detesta la política, consciente del enorme peligro que supone esa tiranía, cree imprescindible recuperar la memoria de todo aquel que, aun vencido, se haya alzado en contra de la injusticia y en defensa de los oprimidos.
     El 12 de marzo de 1936, Zweig escribe a Schorer: "Al fin, tras múltiples dificultades, he terminado el Castellio." Y en una carta a su mujer asegura que el libro era para él uno de los más importantes de toda su obra. Después de leerlo, Ernst Weiss, médico y escritor austriaco, expresa en una carta al autor su admiración ante el coraje demostrado por parte de Zweig. Lo que señala, dice, no es una excepción. Tales libros deberían ser inmortales, concluye. También Thomas Mann, entusiasmado con el libro, comenta: "Siempre lo mismo. Resulta desolador y al mismo tiempo es un consuelo." Y es que, como dice Zweig en el Castellio, "el espíritu siempre sabrá resistirse a cualquier servidumbre", con lo que "la independencia moral de la humanidad a la larga resulta —¡eterno consuelo éste!— indestructible". Triste optimismo, pues, como expone Todorov en El hombre desplazado (Madrid, 1998), el fin de un régimen totalitario se decide en la lenta evolución de la mentalidad social. La verdad acaba triunfando sobre el error, si bien ha de pasar demasiado tiempo para que eso se produzca.
     La primera edición del Castellio no pudo venderse en Alemania. Todos los ejemplares fueron confiscados. Desde 1933 las obras de Zweig habían sido prohibidas, lo que no deja de ser un honor. Hitler y sus secuaces volvían a emplear los métodos utilizados por Calvino en el siglo XVI para acallar la voz de la conciencia y de la tolerancia, representada por Castellio. En la Suiza alemana el libro provocó un fuerte rechazo: el 21 de mayo de 1936 se celebraba el 400 aniversario de la Reforma de Calvino, en aquellos días gloria nacional suiza. La edición francesa, planeada para 1936, tuvo que esperar hasta 1946. Dos años después, Zweig y su Castellio, por mucho que el autor hiciera todo lo posible para no herir a nadie en su confesión religiosa y para no juzgar el calvinismo únicamente por el caso Servet, fueron atacados por los calvinistas y Jean Schorer juzgado como instigador de la obra. Se encendió así una controversia digna del siglo XVI. La segunda edición alemana tuvo que esperar a 1954 y aun entonces el libro, que no buscaba más que ensalzar el triunfo de la libertad de conciencia, fue calificado de panfleto.
     Ante un libro como éste, el lector no debería quedarse en la mera superficie, atendiendo tan sólo al enfrentamiento, ya de por sí interesante, entre Calvino y Castellio. Una mala lectura puede condenar a una obra a un olvido que no merece. Castellio contra Calvino no se limita a retratar una controversia teológica. Zweig lo concibió como una advertencia. Y a lo largo de sus páginas, los paralelismos entre el ascenso de Calvino y el de Hitler son más que evidentes. En cuanto al lector actual, haría bien en buscar las equivalencias con su propia época. Basta un ejemplo, en apariencia banal, pero que refleja que la represión llega a ocuparse hasta de los más nimios detalles, como es la elección y trascripción de los nombres, no sólo en lo que respecta a toponímicos y calles, sino también a los de cualquier ciudadano. Klemperer dedica a este fenómeno un capítulo entero de su estudio sobre la jerga del Tercer Reich, demostrando que el régimen totalitario lo que hace es convertir en norma lo que hasta entonces podía ser una moda o una costumbre. El propio Zweig aborda la cuestión en la Ginebra del siglo XVI: "a los ciudadanos en otro tiempo libres no se les permitirá siquiera la elección del nombre con el que bauticen a sus hijos". Actualmente en el País Vasco, entre otros hechos mucho más graves que han provocado la emigración de nada menos que una décima parte de una población que se siente amenazada de muerte, muchas personas no pueden recibir el correo en su propia casa por la simple razón de que escriben su apellido o su nombre con c en lugar de con k o porque, recalcitrantes, se empeñan en escribir la u que en castellano ha de colocarse entre la g y ciertas vocales. Por desgracia hacen falta demasiados años y muchas más víctimas para que todos, sin excepción, denunciemos una situación insostenible. Como dice Zweig, se trata de "una lucha que habrá de ser siempre renovada, bajo nuevos nombres y nuevas formas".
     Una lucha para la que Kressmann Taylor, en su libro Paradero desconocido (RBA, 2000) —el intercambio epistolar entre un judío estadounidense que vive en San Francisco y su antiguo socio, un alemán que ha vuelto a su país—, sugiere una curiosa variante: la víctima, un no nacionalista, se convierte en el verdugo del feroz nacionalista, su antiguo amigo, convertido en nazi. Alertada por lo que según sospechaba debía de estar ocurriendo en Alemania, Kressmann Taylor —seudónimo de Katherine Kressmann— se dedicó a analizar documentos sobre Hitler, a leer sus discursos y los escritos de sus consejeros, lo que una vez más demuestra que en el lenguaje está la clave para entender el presente. Siguiendo la propuesta de Paradero desconocido, quienes apoyan a los terroristas etarras podrían empezar a recibir cartas en las que sus apellidos aparecieran, por ejemplo, con ch en lugar de tx y en las que el destinatario se despidiera con algún abrazo desde esta España a la que tanto y tan bien quieren. Como es obvio, también Paradero desconocido, aunque vendió miles de ejemplares en Estados Unidos poco después de publicarse (1939), conoció el silencio de una Europa dominada por Hitler. Un silencio de nada menos que sesenta años.
     "Quemadme a mí también". Así se titula la carta que en mayo de 1933 y desde el exilio envió el escritor Oskar Maria Graf a todos los periódicos "respetables" del momento, después de que el Tercer Reich lo incluyera en la lista blanca de autores que podían ser leídos en la "nueva Alemania", con lo que, a excepción de su obra más importante, Somos prisioneros, sus libros eran recomendados como exponentes del "nuevo" espíritu alemán. Habiendo perdido poco antes casa, trabajo y patria, para escapar a la amenaza del campo de concentración, Graf, indignado por su aparición en esa lista, lo que calificó como una deshonra, reclamaba el derecho a exigir que sus libros no fueran a parar a las manos manchadas de sangre y a los cerebros corruptos de las bandas de asesinos de la camisa parda, sino, como los de tantos autores prohibidos por el nazismo, a las llamas. Querer compartir la misma suerte que Else Laske-Schüler, Ödön von Horváth o Ernst Weiss, por citar algunos ejemplos, es un gesto que le honra por la valentía que supone en un momento como aquél. Las obras de esos autores, confiscadas y quemadas, desaparecieron de las bibliotecas y de los hogares alemanes durante tantos años que sólo poco a poco han podido recuperarse del anatema lanzado contra ellos. Ahora que podemos, sigamos el consejo de George Steiner y velemos porque se conserve y descifre la ceniza de los libros quemados, porque el pasado, ese pasado que puede convertirse en presente, únicamente es fructífero si nos induce a buscar nuestra propia transformación.
     El empeño de Zweig al escribir Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia, que no fue otro que recuperar la memoria ejemplar de un hombre admirable, el único capaz de denunciar los terribles atropellos que se estaban cometiendo en su ciudad a la vista de todo el mundo, podría aún hoy acabar en fracaso. Zweig insiste en que esa discusión histórica sobrepasa con creces las circunstancias de la época y reconoce que "aquel que eleve su voz contra quienes detentan y administran el poder en cada momento, contará siempre con pocos adeptos". El silencio, las medias tintas a la hora de juzgar manifestaciones políticas de peligrosísimas consecuencias, parecen preludiar el regreso de las llamas de otro tiempo. Esas llamas que, como Oskar Maria Graf, sólo algunos se atreverán a reclamar impotentes cuando ya hayan devorado a muchos de nuestros semejantes. –

    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: