Mapas y poder

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Desde los mapas extraterrestres hasta la cartografía del ADN, pasando por los mapamundi, los planos urbanos, la representación de las regiones cerebrales… La universalidad de los principios cartográficos permite enfrentarse a la plasmación gráfica de cualquier entidad física. En nuestro presente: mediante la infografía, los satélites, los ordenadores. Antaño: con todos los materiales que el ser humano ha empleado en su aprendizaje técnico de modos de escribir. Comenzar por el primer plano conocido (petroglifo de Bedolina, c. 2000-1500 a.C.) y acabar con el GOES (Geostationary Operational Environmental Satellite), ése es el recorrido que asume realizar Norman J. W. Thrower en Mapas y civilización. Para ello, asume una perspectiva que permite observar de soslayo cómo los mapas son un reflejo social y cultural de la historia de la humanidad, al tiempo que se comenta el desarrollo científico (matemático, geográfico y técnico) necesario para el avance de la cartografía.
     La historia de la representación cartográfica es también, como la de tantas otras disciplinas, la historia de cómo Occidente ha conseguido su dominio global. Según parece, un mapa de la Ciudad de México con un recuadro de la costa, impreso en Alemania en 1524, se basa en un original indígena de dicha área, pero la deuda —obviamente— nunca fue reconocida. El asentamiento de los jesuitas en China en el siglo XVI llevó a la incorporación de los logros de ese país a la cartografía europea: otra apropiación en toda regla. Escribe Thrower: “A lo largo del siglo XIX, tanto los chinos como otros pueblos asiáticos aceptaron las ideas occidentales de latitud y longitud, las proyecciones cartográficas y el hecho de que Asia constituyera una parte más pequeña de la Tierra de lo que había creído previamente”; en esa asunción de la realidad hay una renuncia. Y una futura dependencia. La palabra “levantamiento” —topográfico— lleva implícita no sólo el espíritu occidental del progreso entendido como conquista del medio (levantar en el sentido de erigir), sino también un eco de explotación de la geografía casi imperialista.
     A medida que avanzan las páginas de Mapas y civilización, uno no sólo descubre en su lectura que los nativos de las Islas Marshall hacían cartas náuticas con hojas de palmera y conchas; no sólo asiste a la refutación de tópicos (la idea de una Tierra esférica nunca fue olvidada, tampoco durante el Medioevo); no sólo es dotado de herramientas para ver cómo los logros de los exploradores de principios del siglo pasado, desde la Antártida de Amundsen y Scott (1911) hasta el Everest de Hillary (1953), son hitos también cartográficos y tecnológicos. También uno se va percatando de cómo, y vuelvo al tema anterior, se construyen los imperios. Resulta que en las bases de los Estados neoliberales modernos está la alianza entre capital público y privado en lo que a investigación cartográfica se refiere. Así pues, en la actualidad, y como fruto de un largo proceso que se inició en 1879, todo el territorio de Estados Unidos está cubierto por mapas de 1:24000, que se actualizan constantemente mediante fotografías satélite, controles geodésicos y nuevos mapas. No todo el planeta ha sido levantado con esa topografía adecuada para la explotación minera y la ingeniería. Lo está Europa y gran parte de las ex colonias, lo que produce la paradoja de que el levantamiento de la India sea mejor que el de China. El imperio conoce, pues, sus recursos en acto y en potencia. No hace falta, creo, hacer extrapolaciones a los sucesos históricos más recientes.
     En esta pequeña enciclopedia sobre cartografía y humanidad firmada por Norman Thrower se echa de menos tanto un mayor desarrollo de algunos momentos históricos como una mayor profundización en las consecuencias filosóficas, sociales, culturales, etcétera, de los avances cartográficos que se van refiriendo. En otras palabras, sería deseable mayor reflexión en esta obra eminentemente descriptiva; porque el horizonte de expectativas que crea el subtítulo Historia de la cartografía en su contexto cultural y social queda parcialmente defraudado cuando el lector, después de haber presenciado esa contextualización rigurosa (en lo que respecta a datos), desea que se dé un paso más allá. Por otro lado, el tratamiento que merecen algunos momentos estelares de la historia de la cartografía —como los que protagonizaron en el siglo XIV los Cresques en Mallorca, y el séquito de Enrique el Navegante en el sur de Portugal— es a todas luces insuficiente. Otro ejemplo, que aunque pueda parecer insignificante es revelador: la obra Liber Chronicarum (1493) de Hartmann Schedel es mencionada por Thrower con otro nombre y despachada en dos líneas, pese a tratarse de un punto de inflexión determinante en la historia de la topografía de la ciudad (para una panorámica más documentada sobre las descripciones urbanas en el Renacimiento puede consultarse otra novedad: Cesare de Seta, La ciudad europea del siglo XV al XX, Ediciones Istmo). Por tanto, en lo microscópico, Mapas y civilización no es todo lo satisfactorio que podría ser; en cambio, en lo informativo, macroscópicamente, es un libro muy interesante.
     Y también recomendable, sobre todo como summa divulgativa. Sus apéndices (un resumen de los principales sistemas de proyección cartográfica, dos glosarios técnicos y una bibliografía sobre la historia de la cartografía española) son sin duda de gran utilidad. Al cabo, constituye un excelente marco donde encuadrar los intereses humanísticos de cada cual, en un presente en que la tendencia parece ser el spatial criticism. Un título tan significativo como el que Gian Mario Anselmi ha elegido para una antología de textos sobre historia literaria es suficientemente elocuente: Mapas de literatura europea y mediterránea (Crítica, 2002). En nuestro mundo progresivamente virtual, parece necesario educar el cerebro en formas de lectura cartográfica. Mapas y civilización es el mejor comienzo. ~

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