La violencia es una espiral de la que no logramos salir

A veces despierto temblando

Ximena Santaolalla

Literatura Random House

México, 2022, 304 p.

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“Hay que convertir al dolor en aventura”, dijo el escritor y periodista argentino Fabián Casas durante una ponencia sobre la literatura como resistencia. Las palabras son así: hilos que se conectan para que una pueda sobrevivir.

La voz de Casas se tiende como un puente colgante que me permita llegar al otro lado de A veces despierto temblando, primera novela de Ximena Santaolalla (Hidalgo, 1983), ganadora del Premio Mauricio Achar Literatura Random House 2021.

Un puente, aunque turbulento, donde voy encontrando las piezas de este libro-rompecabezas hecho de todas las tonalidades de la oscuridad humana. Las conocidas y las insospechadas. Un puente para transitar el dolor.

La novela de Santaolalla entrelaza los relatos en primera persona de militares responsables de asesinatos, violaciones y violencias sistematizadas en Guatemala durante 1982 y 1983 con los de víctimas, sobrevivientes y familiares de este genocidio. El resultado es un tejido que permite descubrir, desde las distintas voces e historias en el tiempo, todos los matices de la violencia en una sociedad.

A veces despierto temblando, página 174: “Bienvenida al país donde el Estado logró matar a cien mil personas en tiempo récord, ¡menos de dos años!, amontonando más muertos que en las dictaduras de Dominicana, Chile y Argentina juntas, bienvenida a donde violamos a cuarenta y cinco mil personas en año y medio, donde robamos bebés, niños y niñas, ¡bienvenida al país del genocidio maya!”.

Es Aura, una de las protagonistas de la novela, que habla con Aura (ella misma) para extirparse de los ventrículos una explicación sobre su propia existencia. Una voz que recorre el libro cuando Aura niña, cuando adulta, cuando Aura violada, cuando sobreviviendo, cuando Aura cayendo a precipicios, cuando Aura, también, un día, es posibilidad.

Lo que piensa Aura en la página 174 es una síntesis también. Un párrafo nuez que empuja a entender la anécdota del libro, que sirva para detener el vértigo de oler el amasijo de violencias que ejercen, viven, son, replican, justifican, aplican, someten cada uno de los personajes. Un párrafo con datos para establecer el contexto.

Mucho más adelante la propia Santaolalla se pone en voz para decirse, decirnos: “Durante la dictadura del genocida Efraín Ríos Montt (23 de marzo de 1982-8 de agosto de 1983) fueron asesinadas / desaparecidas alrededor 100 000 personas […]. De ese número, alrededor de 2 000 eran maya ixil y representaban 33% de esa etnia, lo que significa que el Estado exterminó a 33% de la población maya ixil (y a 1.5% de la población total de Guatemala, en menos de año y medio)”.

Y sigue: “Hablar más de Guatemala, eso quiero. Hablar tanto como de otras dictaduras y genocidios; hablemos de ese país que comparte 871 kilómetros de frontera con México, frontera ilusoria que entrelaza cientos de miles de amores, amistades y crueldades”.

En A veces despierto temblando el contexto importa. No se trata, como en otros casos literarios, de un ambiente que ayude a ubicar a los personajes en un determinado tiempo o espacio. Tampoco es un personaje que acompaña, con descripciones del lugar y el momento, a los distintos relatos de esta novela. El contexto aquí lo es todo. Porque el territorio, las fechas, las miles de personas abiertas por la violencia, las torturas, el encierro, el olor a mierda, la piel quemada, los tablazos existen. Los personajes, existen. Sus nombres, sus vidas, sus oscuridades, sus asesinatos, son. Guatemala, 1982.

Son Aura, Ocelote, Dedos, Estrella, Chinchilla, Gavilán, Lucía, Pablo, Victoria. Muchos más. La lista de personajes la exhibe Santaolalla al final del libro. Pero no se trata de listas, sino de todo lo que le pasa a esas vidas por muchos años. De 1976 al 2012, por ejemplo. Cada quien su vida pero todas intrincadas en el mismo hoyo negro.

Andado el primer tercio de la novela, hay más confusión que certezas. Todo pasó al mismo tiempo: la historia, las historias, el ambiente, las emociones y la razón atenta para resolverlas, los personajes y sus vínculos y sobre todo, sus voces. Ocurren sus voces. Porque esta es una novela donde escuchamos a casi treinta personajes. Cada uno a su manera, igualito que en la vida, habla como le da la gana, como Dios le da a entender, como su tierra le ha enseñado, como su saliva le va alcanzando. Pero no nos confundamos, no es, simplemente, una novela coral, es un estruendo sonoro imposible de no escuchar. La oralidad hecha páginas con tal ahínco que los ojos se hacen oído mientras leen. No hay coro, hay caos.

Este caos remite a otros hallados en la literatura de los últimos años en México. Libros, como el de Santaolalla, donde la violencia es espiral, donde las personas que la habitan resisten, sobreviven, continúan su caminata por lo que algunos llamamos vidas. De entrada, Temporada de huracanes (2017), de Fernanda Melchor, una novela que pronto será serie audiovisual dirigida por Elisa Miller y donde La Matosa, un lugar miserable inventado por Melchor, es el espacio donde el machismo es daga y calor y furia y puro dolor sin resolver. O Furia, primera novela de la escritora oaxaqueña Clyo Mendoza, una turbulencia literaria donde dos soldados han matado tanto que ya ni recuerdan cuánto, así que prefieren evocar pedazos eróticos y fragmentos de amor que han quedado en sus vidas. La violencia es una espiral de la que no logramos salir.

“La literatura es una forma de digerir el mundo”, ahora son las palabras de la escritora chilena Sara Bertrand las que me ayudan a seguir sobre el puente de Santaolalla.

Conforme paso las hojas, cada vez más rápido, cada vez más sumergida, cada vez más curtida en eso que duele, pienso en Santaolalla. Quisiera preguntarle, ¿cuánto tiempo investigaste?, ¿cuántos documentos leíste?, ¿cómo transformaste tantas miles de voces en este puente? Quiero llegar al final. Entender. Digerir el mundo, ese mundo, éste también.

A veces despierto temblando no es una novela fácil. Por ningún flanco. Es una novela indispensable por todos los flancos. Es un amasijo de dolores provocados por la violencia que está integrado de manera impecable. Porque hace mucho que debiéramos entender que la violencia no se trata de víctimas y victimarios, no es un sistema binario: buenos-malos, norte-sur, nosotros-ellos. Es la consecuencia de heridas que se mantienen abiertas hace cientos de años. Violencia genera violencia. Al infinito.

Lo dice Lucía, otra de las protagonistas del libro: “Un dolor que no tiene solución se llama trauma”. También Estrella, una mujer militar de infancia perdida: “Vivo entre mutilados. Envuelta en manojos de orejas, piernas y brazos a medio enterrar. Estamos todos atrapados, ¿no te das cuenta? Nuestras vidas son un laberinto de ratas intentando salir, pero repetimos el mismo camino caduco. Y sí, te imaginas bien, perdí la esperanza”.

Y luego el Dedos, también militar, pero torturador, enamorado, futuro padre: “¿Cuál es la cura para el odio?”. El Ocelote, una noche: “Nos entrenaban, como dicen ellos, a ser armas de matar. Usar el cuchillo, el palo, las cachas. Nos entrenaban a beber del dolor ajeno”.

Es así: las cloacas del universo habitan en el alma. Aunque también las posibilidades. Somos una especie hilvanada con la misma dosis de dolor, heridas nunca sanadas y remedios. Con Santaolalla, lo que pasa es que no hay metáfora, es todo existencia. Porque ella escribe su novela después de investigar, meterse en los documentos, los testimonios, acudir a las vidas de víctimas y sobrevivientes. Su literatura no es metáfora porque todo cuanto dice su libro sucedió. Y el dolor se toca, y arde, y enoja, y cansa, y enoja de nuevo, y se entiende. Allí, entonces, el dolor que genera A veces despierto temblando te ha llevado a cruzar el puente donde sí, aunque parezca imposible, comienza una nueva posibilidad de ser y estar.

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